“Cuando al fin se desquició del todo porque iba a tener que abortar, concibió la idea más demencial que a una mujer ocurrírsele pueda: amar. ¿Cómo puede amar una mujer? Amando a alguien que no sea ella misma. Amaría a otra persona”. Así comienza la novela de Kathy Acker publicada originalmente en 1986 y que Anagrama reeditó en 2025 con traducción de Marcelo Cohen. La mujer es Don Quijote, que fue un caballero, que fue un sueño. El sufrimiento y el desquicio se imbrican desde la primera página empujando a la voz a narrar las más desopilantes aventuras que persiguen un botín: hallar el amor. Pero, ¿cómo? Empuñando la errancia del caballero.
¿Está dormida? ¿Sedada? ¿Alcoholizada? ¿En medio de un delirio? La voz avanza estremeciendo la linealidad temporal, el cariz de las imágenes y la uniformidad del personaje –que es siempre y a la vez nunca Don Quijote (de acá en más: DQ)–. Su errancia aloja, justamente, un sentido doble: el ir y venir de un lado a otro y el devenir continuo de la subjetividad que la sostiene en el movimiento entre etiquetas: knight –caballero que en inglés resuena a su vez como night (noche)– no es ni mujer ni varón, ni humano ni perro, más bien, todo eso y nada. “A la deriva a la deriva”, dirá, y esa es quizás la aventura que, lejos del triste caballero, la afirma como una Don Quijote postpunk. El juego de palabras que solapa caballero y nocturna condensa, a su vez, una dimensión política clave de la escritura: tanto la ambigüedad como el sonido y las formas importan. Es en este sentido que las exploraciones sonoras insisten, por ejemplo, en la triplicación de diálogos enteros o al acuñar términos como "élyoella" y "perrohumano".
En las tres partes que conforman la novela –“El comienzo de la noche”, “Otros textos” y “El fin de la noche”–, la caballero-nocturna sondea los males que aquejan a perros y mujeres en un mundo definitivamente hostil. ¿Cuáles son las pruebas a afrontar? Una de las primeras: sobrevivir a la infección provocada por el aborto: “a veces hace falta pasar pruebas tan peligrosas que una enloquece e incluso muere”. Lo que sigue podría leerse como ensoñación o delirio, donde no se ausentan ni los gigantes ni los hechiceros (la religión y Reagan son algunos de ellos), ni las espadas que se desprenden de “jeringuillas”. En su locura, DQ se hace preguntas que atañen al gobierno –“creo que Prince debería ser presidente de los Estados Unidos”–, a las guerras mundiales, la pobreza y el capitalismo. Su deriva atraviesa la cultura americana, el matrimonio, la identidad, el amor heterosexual, la violencia de género, la religión, el placer, alcanzando decisiones geopolíticas hasta narrar cómo tiraban vivos a prisioneros argentinos al mar desde los aviones. Resulta que la búsqueda del amor implica una reflexión sobre el poder o, como se indica en la contratapa, la dialéctica de amo y esclavo.
Si la única sexualidad que poseemos es “imaginativa”, lo que DQ dice proponerse es salvar al mundo “imaginativamente”. Y es, en efecto, su habilidad de ser absurda y de “vivir en las nubes” la que habilita una vía mediante la cual soñar y desear con libertad. Hacia el final, DQ se dirige a otros perros –¿mujeres?– explicando que la locura necesita de un lenguaje: “Esas palabras descansan en los bordes del sentido y no son adecuadamente gramaticales. Pues cuando no hay país ni comunidad el hablante duda qué lengua emplear”. Para despojar a los dueños del mundo de sus posiciones, es preciso salirse del lenguaje conocido a través del canto o estar “chalada”. Como el título, la empresa también se trunca, en la medida en que DQ no puede evitar quedar controlada por los fascismos del lenguaje y debe huir al aullido o al llanto.
Al final de la noche, cuando “se acerca el entristecer”, DQ camina junto a Rocinante, olvidando el chisme de Dios y al mismo Dios en un parpadeo, y avanzando “con la cabeza ladeada como la de alguien que después de pasar mucho tiempo borracho ha perdido toda noción de su borrachera, y después, borracha, desperté al mundo que tenía enfrente”. Las páginas de Acker nos hacen errar en el pliegue donde se tocan el sueño y la vigilia, la fantasía y la realidad, la poesía y el aullido, la historia y el disparate. En esos bordes taimados convergen la revolución, el caos, la violencia, el odio, el amor y la ternura.
6 de agosto, 2026

Don Quijote, que fue un sueño
Kathy Acker
Traducción de Marcelo Cohen
Anagrama, 2025
240 págs.