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La línea oscura

Pedro Juan Gutiérrez


Silvio Mattoni


El escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez preparó una antología de sus poemas que abarca casi un cuarto de siglo y le puso un título ambivalente: La línea oscura. Por supuesto, hay poemas que podrían admitir el adjetivo, oscuros como la frecuencia de la borrachera y el sexo imprevisto, como la sensación de soledad en las noches cuando todo el mundo duerme en la casa, si es que hay una casa y si hay alguien ahí. Pero quizás la línea sea más importante que el tono. Y esa línea dibuja con ineludible lucidez los rasgos del que escribe, su mirada retrospectiva o introspectiva, constante, que no se perdona los supuestos deslices y abandonos, aun cuando esos abandonos sean la definición más precisa de un yo. Puede que el yo de Gutiérrez sea solo un personaje, necesariamente un personaje, como un sátiro ebrio al que llama John Snake, que se parece demasiado a un héroe de viejas películas o a los nómades investigadores que encuentran chicas en cada pueblo. Pero su precisión excede al personaje, siempre piensa sobre el sentido de las cosas después del entusiasmo, que puede ser tan fingido como el efecto del alcohol en la cabeza del que teme la llegada de la noche.

En la amplia antología, hay algunos poemas en prosa. Uno se titula: “Mi corazón impasible”, y parece describir esa especie de angustia que no se debe al cansancio del cuerpo, a las repeticiones de sus estímulos, ni a las obsesiones que vuelven en forma de palabras reiteradas, sino a la miseria y a la falta de significado aparente de las vidas ajenas, incluso de una ciudad o un país que no se pueden nombrar sin traer reminiscencias de naufragios, de catástrofes a fuego lento. ¿A qué se ha vuelto impasible el poeta en su docena de libros? “Ya no me duelen ciertas escenas”, escribe. Y sin embargo anota, nombra: “los mendigos sucios, algunos tienen lepra, las putas con sida, la gente destrozada que se emborracha en los portales”. Impasible, el sentimiento del poeta se enfrenta a su noche. Aunque nada se hubiera endurecido tanto, ni necesitaría hacerlo, si el dolor no se presentara tan obviamente. Usando la viejísima metáfora se piensa: “Mi corazón indetenible y compasivo que navega en medio del huracán”. Pero sabe que al final cada uno está solo, en su propio rito de tránsito. “Nadie imagina estas ceremonias de ron, poesía y muerte al atardecer. Nadie sabe cómo llega la noche. El devastador significado de la muerte se disuelve en la oscuridad. Y yo insisto una y otra vez en ese largo viaje”. También se trata del atardecer de la vida, cuando un deseo de repetición está acaso menos cerca de decidirse a la destrucción, a su íntima meta.

El viaje, la línea que no se conocía todavía, empezó en los poemas sobre la juventud, aunque sean explicaciones de la madurez. Entonces, “en el invierno de 1970 al 71/ al sur de La Habana”, recuerda Gutiérrez, “mi país hacía grandes cosas para el futuro”. La ironía quiere que el poema describa las tareas de un muchacho reclutado por el ejército, junto a muchos otros, para talar bosques y selvas, sin parar, y gastar el resto de sus fuerzas boxeando, pero aún quedaba aliento para las preguntas, el sinsentido de todo, que iban a ser poemas, incluyendo el que cuenta todo eso, el que revisa la paradoja del futuro, la crueldad de su falacia, y su repetición: “Mi vida entera la he pasado, como todos,/ haciendo grandes cosas para el futuro./ Yo empecé a los dieciséis años/ a hacer grandes cosas para el futuro”.

Pero el futuro siempre se adelanta. Gutiérrez viaja, como puede deducirse de poemas sobre España o Estados Unidos, sobre Alemania o Suecia, aunque se destacan los recorridos insoslayables, pautados, en la época soviética, en aviones a hélice que tenían que cargar nafta en Canadá, Irlanda, Berlín oriental, Varsovia, para llegar a su destino ruso. En uno de esos viajes culturales o turísticos o políticos, porque siempre alguno podía bajarse en Canadá y desertar pero la mayoría seguía el recorrido alegremente –“Yo era muy juguetón en esa época. Fue divertido ser cándido, joven y desinformado en medio de la guerra fría. Y alegres. Éramos muy alegres.”–, Gutiérrez se acuerda de una foto de Pasternak, cuando le dieron el Nobel y el gobierno no lo dejó viajar a recibir el premio. Recuerda la mirada intensa del poeta ruso, también novelista, más famoso por sus novelas como le pasó al mismo Gutiérrez. Pasternak tenía una pala en las manos y estaba en su dacha. Pasaron años, las grandes cosas del futuro siempre se asoman con su peculiar inminencia. Gutiérrez, que era periodista, hacía entrevistas a cosmonautas rusos en 1985. La base de entrenamiento estaba en las afueras de Moscú, ahí donde posaba Pasternak sin soltar su pala, quizás necesaria en el invierno para despejar la entrada de la dacha cuando nevaba. Gutiérrez escribe: “Había muchas dachas/ en aquellos campos fríos y enlodados,/ con niebla y restos de nieve”. Se le ocurre preguntar, porque la mirada tenaz del poeta ruso lo acompañaba desde hacía mucho tiempo: “¿Dónde está la dacha de Pasternak?/ Y me respondían:/ ¿Quién es Pasternak?/ Y sonreían con inocencia y candidez”.

Más allá de la inocencia, nadie sabe quién es uno que acaso escribió, porque no podía hacer otra cosa. Gutiérrez termina su antología citando a un poeta polaco: “¿Ganar? ¿Perder? ¿Para qué? Si el mundo nos va a olvidar de todos modos”. Y si algún día, en veinte o cuarenta años, alguien llegase a Cuba y preguntara por la cabaña donde vivió en su vejez Gutiérrez, leyendo, escribiendo y pintando, tomando su ron al atardecer, revisando recuerdos como fotos viejas, no es improbable que le pregunten: “¿quién es Gutiérrez?” Lo importante tal vez está en el que lo busca todavía, sin inocencia ni candidez, con la insidiosa curiosidad del que no puede prescindir de los poemas.

17 de junio, 2026

La linea oscura. Nebli.jpg

La línea oscura. Poesía escogida (1994-2018)
Pedro Juan Gutiérrez
Ediciones Nebliplateada, 2026
428 págs.

Crédito de fotografía: Ramón Espinosa.


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