En 1991, Cristina Piña publica Alejandra Pizarnik, primera biografía sobre la poeta de Avellaneda, dentro de la colección Mujeres Argentinas que dirigía por ese entonces Félix Luna para Planeta Argentina. En 1996, César Aira da unas charlas sobre Pizarnik en el Centro Cultural Ricardo Rojas que luego son recogidas en libro, en 1998, con el mismo título que el de Piña, Alejandra Pizarnik, publicado por Beatriz Viterbo –que era, por aquel entonces, la editorial que publicaba muchos de los textos de Aira que comenzaban a emerger en gran número, textos que serían fundamentales dentro de un corpus en expansión– en Rosario. Allí se refiere al libro homónimo anterior y a los otros intentos hagiográficos del club de fans que deterioraban la empresa pizarnikeana. De 1998 también es la publicación del Diccionario de autores latinoamericanos, donde le dedica a Pizarnik una considerable extensión. En 2001, publica en Barcelona, por Ediciones Omega, Alejandra Pizarnik. Un retrato, que no es sino su biografía personal de Pizarnik. En 2022, se reedita, también en Barcelona, aunque por Lumen, propiedad del conglomerado Random House, que a su vez detenta los derechos de publicación de Pizarnik en español, la biografía de Piña, firmada esta vez en co-autoría con Patricia Venti y titulada Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito. En su prólogo, Cristina Piña calificaba, en un paréntesis y en unos términos vagamente borgeanos, a la biografía de Aira de este modo: “El breve texto impertinente y tal vez de mala fe perpetrado por César Aira, publicado en España y sin circulación en la Argentina, pertenece más a las maniobras de construcción de la propia «figura de autor» del narrador que a la bibliografía sobre Pizarnik”. Sobra decir que “el breve texto impertinente y tal vez de mala fe perpetrado” por el pringlense, reeditado en 2025 por Ediciones Seré Breve, en Buenos Aires, es genial, de una lectura menos ripiosa y más amable, más ágil, por cierto, y tal vez haciéndole justicia a la propia Pizarnik, con mucho más humor.
La consignación del lugar y la fecha de publicación no son gratuitos: Aira escribe su biografía pensando en un lector no argentino. De allí, las aclaraciones innecesarias y el tono similar a Te lo resumo así nomás con que hace algunas referencias o digresiones, característica esta fundamental de su poética. El tono, sobra aclararlo, es aireano, incluso tratándose de Pizarnik y sus clichés. Quiero decir: no hay aquí drama ni su lectura aparece contaminada por ese folletín de la clase media, el psicoanálisis, que hicieron de las biografías de Piña un culebrón, de spoilers constantes y bastante trajinados. Así, “su origen judío no significó nada especial para ella”, dirá, por ejemplo, o los “problemas psicosomáticos” que enfrentaba pretendían ser tratados con eficacias mágicas, como el psicoanálisis o los “conjuros poéticos” que Olga Orozco emitía por las noches desde su teléfono, ambas “puerilidades” de igual eficacia y similar status.
Al mismo tiempo, las fuentes de Aira son otras y se vinculan más con el contacto directo con la poeta o con sus allegados y las malas lenguas, en aquel momento: recupera anécdotas que la propia Pizarnik contaba o juicios que tenía, menciona sus predilecciones por ciertos pintores (el Aduanero Rousseau) e incluso la justificación de la elección de un determinado giro en una traducción puntual, sus lecturas favoritas “más de intensidad que de extensión”, recuerda las presentaciones de las ediciones de sus libros en Buenos Aires y sitúa la dependencia económica respecto de sus padres en su debido contexto histórico y no como reflejo de una incapacidad por adaptarse a lo real. Cuidadoso y comprensivo, inteligente lector de las vanguardias, distingue a la persona del “personaje alejandrino” que fue formando: “La dificultad de vivir era genuina, pero ahí justamente intervenía el personaje para verosimilizar a la persona real y justificarla”. Con eso, también desmitifica el insomnio, la vida nocturna o el lesbianismo, alejándolo de la tradición maldita con que tanto se lo ha asociado en el caso de Pizarnik. El personaje es analizado a través de esa lógica aireana, tan disparatada y por veces melancólica presente en sus relatos, pero que, en su exposición, no deja dudas: “En el personaje con el que se identificó operaba una dialéctica intrigante: estaba construido por rasgos secretos y que valían por el secreto, pero el personaje, por ser un personaje, estaba hecho para los demás, era público por esencia”. Si en el inicio enumeré las fechas de publicación de los textos de Aira sobre Pizarnik fue, en parte, para sostener una hipótesis de lectura: la de pensar a este texto y, sobre todo, esta Pizarnik aireana, como el sub-texto o el pre-texto de los otros dos. Es decir, como si Aira hubiese escrito esta biografía a modo de notas de sus clases o expansión del verbete en el Diccionario. La atención dada por Pizarnik a Antonio Porchia y sus Voces, presente en las charlas del Rojas, por ejemplo, es comentada aquí también, haciendo gala de una relación sólo por él comentada, que lo lleva a analizar profundamente la escritura de Pizarnik como un procedimiento (del mismo modo que lo hiciera, por ejemplo, con Roussel en “La clave unificada”).
Derivas del Diccionario, o de una Encarta personal, ese Te lo resumo así nomás que describía puede observarse en sus epítetos, pequeñas biografías o trazos anecdóticos de los escritores, poetas y editores que rodearon a Pizarnik. De Edgar Bayley dirá que fue “el único invencionista recordado, y recordable”, de Aldo Pellegrini, que fue “poeta muy poco notable, ensayista anodino, traductor laborioso. Como traductor tenía una de esas fallas difíciles de localizar: aunque correcto, por algún motivo el texto traducido perdía todo su brillo”. Con Raúl Gustavo Aguirre se detiene, no sin humor, un poco más: “apreciable poeta (más laborioso que inspirado), modesto y encantador, uno de esos hombres angélicos que terminan volviéndose el centro de un amplio círculo porque nadie se decide a hablar mal de ellos. Era empleado público (dirigió la Biblioteca de la Caja de Ahorro) y conservó toda su vida una conmovedora fe en la poesía. Su único rasgo enérgico fue el antiperonismo”.
Como en otros textos críticos sobre la vanguardia, incluso como en su Alejandra Pizarnik, Aira hace hincapié en el proceso para contar esta historia: el proceso del cambio del nombre, el proceso de escritura a partir del plagio, el proceso de escritura dentro del proceso más amplio de la socialización (del que la publicación de libros sería una causa y el empuje por la calidad y el mandato por ser una gran poeta una consecuencia), el proceso de agotamiento de la materia verbal limitada con que trabajó. La calidad, ante todo, es el fin de ese proceso, hecho que la diferencia, en gran parte, de la experiencia surrealista en su menosprecio de la materialización final y por la que dio, ni más ni menos, que la propia vida. Del surrealismo, si es que algo adopta Pizarnik, es su gran sistema de lecturas. Del surrealismo argentino, poco y nada: unos cafés compartidos, números en su agenda, las primeras lecturas y unas amistades más o menos duraderas. Ninguno en aquel grupo, afirma Aira con tino, “hizo una obra-vida capaz de funcionar como un mito personal”, tal y como lo hizo Pizarnik de forma deliberada.
Al leer la biografía de Aira –pequeña aunque certera venganza– aparece la sensación de estar respondiendo, una a una, con pruebas, anécdotas u otra mirada posible sobre los hechos (e incluso con la propia ausencia de datos, evidencia, en última instancia, de la tergiversación de los testimonios hacia lo “poético”), a las características de la vulgata sobre Pizarnik, que se han venido levantando y sosteniendo, de forma continua, y mucho más a partir de la divulgación de sus biografías, que “mezclaron desaprensivamente literatura y realidad”. El malditismo, nudo gordiano de las hagiografías, es colocado en su debido contexto, al borde del ridículo temporal: “si bien el mito del poeta maldito ya estaba al borde del anacronismo, hay que tener en cuenta que en esos años estaba naciendo la cultura de la juventud, y fue como si en Pizarnik se hubieran dado cita dos mundos sucesivos. Fue un eslabón de puntualidad perfecta. Unos pocos años después, habría sido un pastiche”. Además, y por ejemplo, resalta su alta sociabilidad, a comienzos de su carrera, haciéndole frente a “los estereotipos [que] brotan naturalmente de la pluma de sus exégetas”. Y, sin querer queriendo, rescata un heráldico prestigio: el de haber estado ahí, el de haber escuchado lo que contaba Pizarnik, el de haber sido testigo de las historias que sobre su personaje circulaban, el de haber recorrido los mismos lugares que ella en aquel momento y no después, cuando ya era el cadáver sagrado (o maldito, si se quiere) de la poesía argentina. Y, también, el goce bibliófilo de tener las primeras ediciones, las revistas en que aparecieron los poemas y el acceso a cartas hasta ese momento desconocidas o de poca circulación (las de León Ostrov, por ejemplo), a diferentes versiones manuscritas de un mismo texto y a una antología inédita de 1964 por ella preparada de su primera producción y jamás publicada, perdida entre los papeles personales que, algunos años después de editada esta biografía, serían de acceso abierto pero restricto en Princeton. Allí rescata un texto crítico inédito en que analiza su producción inmediatamente anterior a uno de sus virajes poéticos claves, el de Los trabajos y las noches, de 1965. Encuentra Aira expuesto en ese lugar el método de corrección de la poeta: el despojamiento por medio de la poda. Esa materialidad de la escritura, en sus primeras ediciones, también es considerada por Aira, como pocos en la vasta fortuna crítica, con la morosidad propia del deleite –el peso del papel, su gramatura, sus colores y diagramación, las tipografías empleadas, sus tamaños–, asociada al mismo tiempo con “su avidez legendaria por papeles, cuadernos, lapiceras”. Quizás, por ser compartida, como se deja entrever en el paréntesis que le dedica a la “preciosa máquina de escribir portátil con tipos en cursiva, que usó el resto de su vida” y que la poeta compró en su fugaz y traumática visita a Nueva York. De allí, como si se tratara de un silogismo solapado, surge una afirmación repentina, sin respuesta posible: “ella misma fue un objeto de lujo, el último que pudo mostrar la literatura argentina”.
En el fondo, parece querer decirnos, es el único, él, César Aira, que no respetó la voluntad de la autora: “La voluntad de la autora se respetó siempre, al pie de la letra: lo hizo el psicoanalista que prefería poetizarse a tratarla, el público al leer su poesía como una emanación del personaje poético, sus amigos al entrar en el juego del shamanismo trascendental de “la palabra”, y sus biógrafos haciendo la cronología de “la pequeña náufraga” autodestructiva. Es como si la historia que ella contó hubiera sido demasiado buena para mejorarla”. El texto de Aira es la lectura de un escritor sobre la poesía. Así, siguiendo un método propio, el del mito del primer poema, algo arbitrario, aunque justificado, analiza el primer poema de cada libro, comenzando por el libro vacío firmado con el nombre completo del comienzo, calificándolo, al conjunto, además y contra las lecturas establecidas, de “sorprendentemente bueno”. Desarma el dispositivo Pizarnik y estudia sus variantes, en la brevedad conquistada tan rápido, determinante de la calidad y sus valores de perfección y pureza. En ese universo, urdido a posteriori, en que ha quedado presa la poeta de Avellaneda, Aira se detiene también en Inés, la novela de Elena Garro en que Pizarnik es tratada de forma despiadada, si bien es “notable por ser el único testimonio (aun disimulado en una ficción en clave, y aun descontando la descalificación automática que hace la autora de todo el entorno de su ex marido [Octavio Paz]) que no cae en las habituales untuosidades hagiográficas”. Aira, lector del surrealismo también, entiende la vida-obra de Pizarnik como el pasaje de Rimbaud a Lautréamont.
“Y eso es todo”, dice en el último párrafo, con maestría. De hecho, ese último párrafo debería darse en los talleres de escritura y en las cátedras de escritura creativa, si es que tal cosa existe. Allí, resume los tres últimos años, esquivando el bulto del drama, eligiendo no regodearse en los intentos de suicidio y rescatando, sorpresivamente, en una última anécdota, a la figura materna: “La hija contaba con una sonrisa que al despertarse en el hospital de un lavaje de estómago y un coma de varios días, en la penumbra de la conciencia recuperada a medias, oyó el odioso sonido de una transmisión de fútbol a todo volumen, y gritó: “¡Apaguen esa radio, la puta que los parió!”. Y una voz desde la cama de al lado, ofendida: “¡Qué grosera! ¡Con lo educada que es la madre!”. Aun cuando ella no estuviera en sí misma, como había sucedido tantas veces en sus poemas, la madre estaba”. Con humor, con cuidado, con tacto, sin ningún tipo de cálculo por el rédito personal, César Aira escribió una biografía olvidada, pero no olvidable. Si esa hubiera sido la opción, otra hubiera sido la lectura de Pizarnik.
15 de abril, 2026

Alejandra Pizarnik. Un retrato
César Aira
Ediciones Seré Breve, 2026
62 págs.