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Koljós

Emmanuel Carrère


Patricio Fontana


Hace casi dos décadas, en Una novela rusa, Emmanuel Carrère reveló un secreto de familia –el de su abuelo materno, sospechado de colaboracionista y desaparecido en 1944 en circunstancias nunca esclarecidas– y se dedicó a indagar su vínculo con Rusia. Ambas cuestiones remiten allí a otra íntima y fundamental: la relación con su madre.

En ese libro, la madre aparece formulando implícitamente un pedido y estableciendo explícitamente una prohibición. El pedido es que, cuando llegue el momento, el hijo la acompañe en su lecho de muerte. La prohibición es que nunca cuente la historia familiar: “No es tu historia, es la mía”, le dice, a lo que el hijo responde: “Si hay algo que está prohibido contar, comprenderás que fatalmente solo se puede y se debe contar esa cosa”. En Koljós, su último libro, Carrère puede informar, aliviado, que cumplió con el pedido –que estuvo junto a su madre mientras ella agonizaba y moría en un centro de cuidados paliativos–, pero también que, como había empezado a hacerlo en Una novela rusa, transgredió con creces la prohibición de no contar la historia de su familia.

Koljós empieza con la narración del homenaje que la nación francesa le rindió, en los Inválidos, a Hélène Carrère d'Encausse, la célebre madre de Emmanuel, que murió en agosto de 2023 a los 92 años. Desde esa escena inaugural, el libro se remonta al siglo XIX, a los orígenes rusos y georgianos de la familia materna de Carrère y también, aunque más concisamente, a los de su padre. Koljós es a la vez la historia de esas familias y una historia posible de Francia, de Rusia, de Georgia y de la URSS. Pero esto no se debe a que Carrère fuerce un correlato inexistente entre lo biográfico y lo histórico, sino a que la historia de su familia está anudada con la de esos países. No obstante, por encima de todo, desde la tapa en la que se ve a una joven Hélène rodeada de sus tres hijos, el libro es prioritariamente sobre ella: “la persona más importante de mi vida”, según confiesa Carrère.

En sus más de 400 páginas, Koljós tiene algo de laberíntico y, por momentos, resulta demasiado exhaustivo y detallista. Al avanzar en su lectura, se siente a veces el mismo desconcierto que cuando, en un velorio, nos presentan a la familia del muerto, a los amigos, a los compañeros de trabajo, a los vecinos, con el agregado de que, en este velorio en particular, todas esas personas tienen vidas interesantes. Pero Carrère sabe que eso puede ocurrir; por eso, orienta al lector para que no se extravíe. Por ejemplo, sobre el final, cuando alude a Niko Nikoladze, anota: “recuerde el lector que se habló de él al principio de este libro que ya llega a su fin: el gran Niko, el Victor Hugo georgiano, traductor de Shakespeare e importador de la primera ducha”. Y está bien que así sea, está bien que Koljós se presente como unas memorias poco editadas, no del todo ordenadas, apenas corregidas, porque esos rasgos –que, por supuesto, son deliberados y en absoluto azarosos– producen la sensación de acceder a unas memorias en bruto, apenas pulidas por el pudor o el decoro, crudamente sinceras.

Carrère no está solo en su tarea como memorialista. Para llevarla a cabo, cuenta con dos aliados indispensables. Uno es el padre, el protagonista secreto del libro, que durante años, como “detective aficionado”, se ocupó de hacer una tenaz investigación genealógica para reconstruir la historia de la familia de su esposa. El otro aliado es el tío Nicolas, el hermano de Hélène, que como reacción a la mentira en la que ella y la madre lo mantuvieron de niño respecto del paradero del padre, se transformó en un memorialista obsesionado por la verdad y los documentos, de quien el sobrino hereda unas memorias inéditas a las que recurre muchas veces.

Carrère, entonces, puede hacer este libro gracias a una pasión archivística que es de su familia, pero que se extiende también al país donde nació y vive. No todos estamos en las mismas condiciones para recordar, y eso Koljós lo pone en evidencia. Respecto de esta cuestión, sin salir de Francia, podría contrastarse este libro con los que Annie Ernaux les dedicó a varios miembros de su familia, como El lugar, Una mujer o La otra hija. Mientras que en el de Carrère hay exuberancia archivística y exhaustividad biográfica, en los de Ernaux hay carestía documental y lagunas de información. Se trata de dos poéticas de la memoria muy distintas, condicionadas por la existencia, o no, de archivos familiares. El libro de Carrère muestra así cómo la clase social, la nación o el género determinan ineludiblemente la posibilidad de recordar.

En el cierre del párrafo anterior usé a propósito el verbo “determinar” y esto porque sobre el libro de Carrère sobrevuela el determinismo que caracteriza la obra de Émile Zola, otro francés –y no es el único– obsesionado por las genealogías y las familias. Por supuesto, esto no supone afirmar que Carrère comparta por entero la idea –propia de la escuela naturalista que encabezó Zola– de que el individuo nada puede hacer contra la herencia y el medio. Pero en Koljós, aquí y allá, sí da a entender que no es fácil contraponerse a esas dos fuerzas ciegas, que no es fácil hacer algo diferente de aquello a lo que ellas nos conminan. Por eso no es casual que, en el fragmento de Una novela rusa que antes cité, aluda a “esa cosa” que “fatalmente” deberá escribir (estas memorias).

Carrère cuenta que su madre escribió un libro sobre la historia del asesinato político en Rusia en el que se abstuvo de referir que un antepasado suyo participó del asesinato del zar Pablo I (un dato que otro Emmanuel, Macron, no se olvidó de mencionar en el discurso que dio en los Inválidos). La razón de ese silencio fue que Hélène detestaba la primera persona.

Blaise Pascal aseveró célebremente que “el yo es odioso”, a lo que agregó: “En una palabra, el yo tiene dos cualidades: es injusto en sí, en cuanto se convierte en centro de todo; es incómodo para los demás, en cuanto quiere ponerlos a su servicio: pues cada yo es el enemigo y querría ser el tirano de todos los otros”. Carrère no cita a Pascal, pero sí a su madre, que opinaba algo similar: “Mi madre siempre consideró que el 'yo' era algo odioso, y el uso que yo hice de él posteriormente no mejoró las cosas, por decirlo suavemente”. Como en otros aspectos, en este también queda claro que, para escribir sobre su madre, Carrère debe hacerlo contra ella. No obstante, debe decirse también que Koljós es una impugnación tanto de la madre como de Pascal. Y esto porque Carrère, con esa voracidad por las “vidas ajenas” que caracteriza su literatura, testimonia que no todo yo es odioso; que, al menos en literatura, no todo yo necesariamente se transforma en tirano de todos los otros.

Hace más de dos décadas, el crítico Dominique Viart observó que, en la literatura francesa, empezaron a proliferar desde 1980 textos caracterizados por la combinación de lo autobiográfico y lo biográfico que responden a una misma premisa: en ellos, el autobiógrafo reconstruye la historia de un familiar cercano y el vínculo que mantuvo con él para poder explicarse a sí mismo (una anterioridad explica una interioridad). Viart denominó a esos textos “relatos de filiación”. Koljós se suma a ese proliferante grupo de relatos de filiación que detectó Viart, en el que figuran títulos de la ya mencionada Ernaux, de Pierre Michon o de Didier Eribon.

Desde luego, como en todo relato de filiación, en este Carrère reconstruye la historia de su familia para poder explicarse a sí mismo, y en ese sentido sí se pone en el centro y monopoliza las miradas. Contar la vida de su madre, de su padre, de sus tíos, de sus abuelos o de sus bisabuelos le sirve, en principio, para poder discernir qué cosa de cada uno le tocó como herencia: una habilidad, una tara, un hábito, una obcecación, una enfermedad. Como Sarmiento en Recuerdos de provincia, también Carrère parece escribir para poder concluir: “A mi progenie me sucedo yo”. Pero como también ocurre en Recuerdos de provincia, Koljós viene a decir que el egotismo literario puede ser un buen punto de partida para escribir sobre los otros, que en la literatura más rabiosamente autobiográfica los otros pueden tener un lugar destacado e incluso independizarse de ese yo en relación con el cual su vida se cuenta.                 

En los últimos años, mientras leía muchos libros que, como este de Carrère, pueden considerarse relatos de filiación, a menudo me asaltó la idea de que todos ellos tácitamente manifiestan que la entera trayectoria de un escritor puede tener como única razón escribir, llegado el momento, la historia de su familia o la de alguno de sus miembros. Como si toda la obra de un escritor existiera exclusivamente para habilitar el derecho a contar algo tan personal; por ejemplo, que toda la obra de Philip Roth debió existir para que Patrimonio pudiera ser escrito y publicado. Carrère no dice esto abiertamente, pero sí lo sugiere cuando menciona El laberinto del mundo, los tres volúmenes en los que Marguerite Yourcenar narró la historia de su familia: “Más que Memorias de Adriano y Opus nigrum, de Marguerite Yourcenar me gustaban los tres volúmenes que, al final de su vida, escribió sobre su familia". La hipótesis es extrema e injusta, pero de todos modos me atrae: es posible que Carrère escriba otros libros y que esos libros sean buenos; pero este, entre todos los que escribió y escribirá, es el que debía escribir, aquel al que estaba destinado, el que justifica su obra.

15 de abril, 2026

Koljos. Anagrama.png

Koljós
Emmanuel Carrère
Traducción de Juan de Sola
Anagrama, 2026
448 págs.


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