A los cincuenta años, después de más de veinte de trabajar en una oficina ministerial, el señor Bougran es jubilado anticipadamente de su puesto por invalidez moral, categoría que no necesita para su aplicación de otra justificación que la firma de su jefe.
Bougran está formado en una lengua administrativa, se interesa por el vocabulario a utilizar, por los protocolos correspondientes, recurre a las analogías, desmantela los razonamientos sencillos, escribe con frases imprevisibles, atenuantes, habitadas por diversos giros, a veces evasivos, propios de las chinoiseries jurídicas. Los empleados nuevos no estudian los textos que tienen entre manos, no se preocupan por la lengua, escriben como si escribiesen una carta personal, de manera llana, empobrecida.
Como en el Bartleby de Melville, hay algo de ejemplar en el personaje de Bougran. El fin de su lenguaje es el fin de su vida. Nunca será un tránsfuga de la lengua. Aunque quizás lo más ejemplar de este relato, lo que lo vuelve casi intemporal, es que la lengua de Bougran, esa lengua que desaparece, quizá no sea la lengua de Huysmans. Es como si Huysmans pusiese en escena la desaparición de una lengua, o de un estilo, desde la lengua o el estilo que precisamente la está haciendo desaparecer. Cuando se dice que Huysmans es “decadente”, o “decadentista”, ¿de qué lado está la decadencia, del que se hunde, o del que emerge? ¿Su literatura es decadente o es una resistencia a la decadencia de la literatura?
Huysmans lee el presente como si fuese el pasado. Haciendo equilibrio sobre una línea delgadísima, mira hacia atrás y hacia adelante; hacia atrás porque está a punto de tener una conciencia cabal de la forma que lo contiene, y hacia adelante porque parece estar dándose cuenta de que lo que está observando es lo que viene. Su pensamiento conceptual es muy seguro, muy claro, y esto se traduce en una dinámica narrativa afiladísima. No hay psicologismo ni elucubración de hipótesis ni meditaciones en tercera persona: pensamiento y relato son una misma cosa, pensamiento del relato y relato del pensamiento.
“El retiro del señor Bougran“ es una de las cuatro magnificas nouvelles que seleccionó y tradujo Raúl Cuello, escritas entre 1880 y 1888 y originalmente publicadas de manera dispersa. “Nouvelles” es un término no muy utilizado en castellano (de hecho, ignoramos si tiene traducción), que designa un género a mitad de camino entre el cuento y la novela, y que describe muy bien la especificidad formal de desarrollo y expansión de estos relatos. Tienen un tiempo singular, una economía propia. No la de la velocidad fijada de los cuentos, ni la del derroche casi gratuito de la novela. Hay una tensión viva, que también es una distensión, una amabilidad.
El Código (Civil) y el dinero son grandes protagonistas de estas nouvelles, como si dijéramos incluso, más que protagonistas, narradores. ¿Qué dinero? El del avaro. El de Huysmans es un mundo de seres crueles y miserables, aburridos, desesperanzados, o todavía peor.
En “El dilema" un abogado y un contador se ponen de acuerdo para aplastar a una joven soltera embarazada, quitándole su derecho a heredar. “A cuestas” narra las peripecias de un joven burgués, voluntario, enfermo de diarrea camino al frente de guerra. “Lo mejor no existe para la gente sin un centavo. Solo les sucede lo peor”, leemos en “A la deriva”. ¿Quién es dueño de su destino?
En Huysmans, como en Zola, que lo recibió en el seno del naturalismo, el relato está bien controlado por un narrador que es casi un médium. Lo que narra no es lo que a él le parece sino lo que debe suceder. Al escritor naturalista le gustaría decir que quien narra es la historia misma. Contra lo que cuenta la historia no se puede hacer nada.
Pero quizás hoy no sea tanto que importe la inexorabilidad de lo que sucede sino aquello que la impulsa. Podemos prescindir de la enseñanza de la inexorabilidad, incluso en su alcance social, pero de lo que no podemos prescindir es del impulso que la pone en marcha.
El naturalismo es una exacerbación de la condicionalidad narrativa. Es una forma de comprender la manera en que suceden las cosas que exhibe su propia autoridad. Demasiada autoridad, diríamos, porque inevitablemente aparecerá un Huysmans, salido de su propio riñón, para señalar su amargo error.
De hecho, si en Zola lo que debe suceder se expresa de manera trágica, en Huysmans está a punto de volverse cómico, cuando no lo hace abiertamente. Es casi a la parodia del condicionamiento narrativo del naturalismo a lo que asistimos. Eso le da también a estos relatos cierta banalidad, cierta superficialidad liberadora. No estamos lejos de la novela decimonónica, pero tampoco estamos lejos de la carcajada vanguardista.
Es el espíritu de la poesía romántica sometido a la prosa periodística.
Escribe Huysmans: “¡Aprovechemos el tiempo que nos queda antes de la definitiva invasión de la gran vulgaridad del Nuevo Mundo!”.
14 de abril, 2026

Un dilema y otras nouvelles
Joris-Karl Huysmans
Traducción de Raúl A. Cuello
Partícula, 2026
182 págs.
Crédito de fotografía: Frédéric Boissonnas y André Taponier.