Ideas que pueden abarcarse de una sola mirada, de un solo pensamiento, y la máxima de Malherbe: D'un mot mis en place, enseigner le pouvoir... Muy bien, bravo, señor Malpasto, pero ¿quién es uno para enseñarle a las palabras a ponerse en su lugar? De las palabras al lugar de uno, del lugar a las cosas, de las cosas al sujeto en el cual se muestran, mejor dicho en el cual se representan, tiene que haber miles, infinitos pasos peregrinos que atravesar; pasos, paisajes imaginarios, horizontes de verdad, figuras de ficción o de no-ficción, poco importa, ya que escribir, hablar tan solo ¿no es en esencia perderse en un laberinto/palimpsesto de pasos gastados, sumergirse en los dominios ideales, fantasmáticos –si bien con regia carta de realidad– cifrados en el lenguaje, en busca de una huella nemónica exacta, una secuencia de sentido que no sea el abrupto non sequitur de todo descabalgar, y en donde la granulosa película de la vida se compendie y se eleve en un único travelling irrefutable, perpetuo?
Despojándola de su aura cinematográfica, esta palabra tan corriente: “película” –que articula oblicuamente todo el relato en Las llanuras–, en tanto proviene de un diminutivo de “piel” (pellis/pellicŭla según la flexión latina) quizás pueda servir para dar una aproximación de lectura a Distritos de frontera de Gerald Murnane; aproximación que ha de recoger, por fuerza, la forma de una pregunta que de algún modo atraviesa todo el libro –y que recorre, en buena medida, toda la obra de este brillante escritor australiano, apenas conocido hasta ahora por unos happy few–: ¿qué es lo que puede haber de cierto, de impronta original, de sensación veraz o de contenido real entre los intersticios, los sutiles patrones de esa translúcida epidermis de la mente que llamamos lenguaje?
¿No parece ésta una cuestión deudora de la filosofía, una cuestión que bien podría remitir a los términos especulativos de un Descartes o de un Wittgenstein? En efecto, sin salirse del todo del marco de una perspectiva realista, sin extraviarse tampoco en ninguna niebla poética o teorizante, ni entrar nunca en una zona turbia de tanteos propiamente metafísicos o fenomenológicos, la escritura de Murnane parece discurrir en esa película mental en donde se ha hamacado la filosofía moderna, desde Descartes hasta nuestros días. Sin embargo, aunque nunca se contamine con ningún argot filosófico, sí resulta evidente que pone en primer plano el problema de la legitimidad, la realidad de lo real, llevando la modulación subjetiva, el solipsismo implícito en todo relato hasta un punto crítico extremo, allí donde el discurso narrativo termina por enmarañarse –y por extraviarse, casi– en los múltiples recovecos y ardides de la conciencia imaginante.
Como lo ha sugerido J. M. Coetzee, basándose sobre todo en el genial A Lifetime on Clouds (traducido en España como Una vida en las carreras, también por Carles Andreu para Editorial Minúscula, en 2018), el trasfondo de este particular constructo puede que sea de origen más teológico o místico, que meramente filosófico o literario, y ello se debería, según arguye el Nobel sudafricano, a una suerte de desvío inevitable en la educación sentimental de un niño cuyas primeras sensaciones han sido animadas por el Santísimo Sacramento y las sombras del confesionario: secuelas del desgaste represivo que debió de producir en el futuro escritor –que a punto estuvo de tomar los hábitos– la profusa imaginería del catolicismo, en su célebre y locuaz hipóstasis irlandesa, aquella que engendró el Finnegans Wake o el At Swim-Two-Birds entre otras genialidades o monstruosidades, y ante la cual se han arrodillado todos los niños de las colonias australianas, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta bien entrado el XX.
En principio, se diría que Distritos de frontera trata, o mejor dicho gira, a la manera de un estroboscopio o de un caleidoscopio, porque todo el microcosmos murnanianesco parece girar como magnetizado por el duende de algún juguete óptico por el estilo, alrededor a ese núcleo de creencias e impresiones residuales que suelen quedar perdidas en las alcantarillas de la memoria de un sujeto que ha recibido una porfiada educación religiosa a lo largo de la infancia y la primera juventud, para luego terminar desengañándose y mandando al diablo todo, o lo que es aún peor: dejando expirar todo ese acervo de sensaciones e imágenes en la más absoluta irrelevancia. En cierta forma, Murnane trabaja con una criba muy fina, recogiendo un material sensorio análogo al que podría, quizás, extractarse de la reminiscencia proustiana, pero en su caso no hay efecto madelaine, ningún detonador epifánico que aclare las brumas del pasado para abrirse a una perspectiva general, depositando de golpe al narrador en un instante privilegiado desde donde puede verlo y entenderlo todo. Al contrario, en su caso, la memoria –se podría decir– no es reminiscente stricto sensu, no es evocadora, lírica, metafórica, sino inventiva, barroca, metonímica; funciona, por lo tanto, con un régimen asociativo muy particular, hilvanado recuerdos muy esquinados, detalles secundarios y hasta banales a primera vista, en los cuales se teje y desteje el tapiz de la propia vida –el discurso autobiográfico como grado cero de la narración– en ese deslinde imperceptible, claramente imaginario, en donde una función se solapa con la otra. Y ¿no sería éste precisamente el límite sutil que define la ontología específica del relato, la gramática pura donde están modeladas todas las biografías, todos los actos y los no-actos de cualquier vida, la verdad donde –en verdad– transcurren todas las historias, sean ilusorias o no?
Con la técnica propia de un ilusionista, el desparpajo de un soñador barroco, Murnane transforma la reminiscencia en una cosa puramente mentale, un puzle muy complejo que se va replicando y modificando en cada libro, un particular circus of myself con ligeros tintes paródicos, en donde la memoria se abandona al juego de la ficción –y viceversa–, y donde narrador entra y sale todo el tiempo del marco convencional de la diégesis, contraviniendo todas las estrategias narratológicas admitidas. Al no haber una frontera clara que distinga el mundo subjetivo del mundo objetivo, los contornos más verosímiles de interpretación también se diluyen, y el presunto “discurso autobiográfico” en el cual podría encuadrarse el conjunto, adquiere un carácter narrativo abierto, inestable, de obra en curso, de maqueta experimental en permanente diversificación reflexiva, sin ningún corolario inmediato predecible.
Ya se sabe, todo el proyecto narrativo de À la recherche... descansa –se podría decir, a groso modo– sobre dos pilares bien definidos: la exacerbación total del mundo subjetivo y la pregunta por la trascendencia, o dicho en otras palabras: la posibilidad de que el pasado, la materia vivida –la materia prima, evanescente de la sensación– pueda reconstruirse desde el presente mediante el recuerdo, como algo verdadero e inteligible, justificando de alguna manera que no todo ha sido vanitas vanitatum, que nuestra existencia no refleja sólo una desnuda fantasmagoría del tiempo, que no somos un simple espejismo neurótico de la propia egolatría... En Distritos de frontera –y en la obra de Murnane en general– dichas certezas o esperanzas, dicha fe cognitiva, dichos espejismos de trascendencia parecen haber caído definitivamente en el pantano de la banalidad; no obstante, ello no quiere decir que se los deseche, por el contrario, se porfía en recuperarlos, de un modo u otro, salvo que no desde un racconto lineal, desde una totalidad idealizada o platónica, sino desde la banalidad misma en donde se encuentran sepultados. La existencia en Murnane se muestra invariablemente como es, o como imaginamos que podría ser, desde el grado cero de la función, esto es en estado de apunte o de palimpsesto o de asombro; los recuerdos son siempre recuerdos de uno mismo, no hay otros; restos de un mosaico personal que no terminan de encajar en ningún sitio: ni en el yo que narra ni el yo narrado, ni en la realidad ni en la ficción.
8 de abril, 2026

Distritos de frontera
Gerald Murnane
Traducción de Carlos Andreu
Minúscula, 2024
136 págs.
Crédito de fotografía: Zan Wimberley.