Tanto en Platón y Ovidio como en Erich Fromm y Roland Barthes, desde diversas perspectivas y cada uno con sus intereses particulares, el amor es objeto de reflexión, y las “historias de amor”, me avergüenza esta obviedad, ocupan infinidad de páginas de la literatura universal, desde la antigüedad hasta el presente: Safo, Dante y Petrarca, Neruda y Elton John. El descubrimiento del amor; la exaltación y la pérdida de la persona amada; el amor y el deseo sexual; el amor-pasión que busca y exige la muerte de los amantes; el amor ya sosegado que se contenta con la estabilidad de su mundo; el amor al prójimo, a la naturaleza, a Dios. “Love is in the air” y “No se puede vivir del amor”. ¿Para qué y por qué, entonces, seguir hablando o escribiendo el amor?
Con Hay un solo amor (Il y a un seul amour, 2020), Santiago H. Amigorena, nacido en Argentina y radicado en Francia desde hace más de cinco décadas, dueño de una fecunda obra como novelista, guionista y director de cine, no pretende –ni tendría por qué hacerlo– responder explícitamente al interrogante que cierra el párrafo precedente. En todo caso, las preguntas de las que parte su escritura son otras y muy distintas, dan por sentada la acuciante, ineludible e inherente necesidad de hablar (y de escribir) sobre el amor que sentimos los hombres y las mujeres, especialmente cuando problematizamos el amor, cuando el amor se vuelve un problema. “¿El amor tiene una historia? ¿Puede ser estudiado, anotado, disecado?... ¿El amor se merece, se gana?... ¿Se puede aprender a amar?... ¿Y se puede amar dos seres al mismo tiempo, como se aman dos dibujos, como se aman dos cuadros?”, son algunas de la larga concatenación de cuestionamientos que se (le / nos) hace esa voz que abre, pletórica de interrogantes, el libro: “Camino y me hago estas preguntas, que te hago a vos también”.
Aunque, desde su contratapa, el pacto de lectura que propone Hay un solo amor es claramente autobiográfico –porque se nos informa que estamos ante la narración de una vivencia (“experiencia”)–, en el fragmentario texto conviven yuxtapuestos pasajes que permiten asociarlo con el ensayo, la reflexión, las confesiones, la narración, la lírica, además de, es lógico, las denominadas “escrituras del yo”; junto a comentarios sobre el arte pictórico y el de escribir, y citas de La experiencia interior, de Georges Bataille, libro fetiche que acompaña al “yo” durante esa estancia en el Museo Picasso de Paris. Porque de eso se trata, o en otros términos, esas son las condiciones que ponen en marcha la escritura: un hombre (Santiago Amigorena) “debe” pasar una noche en el museo, alejado de su pareja desde hace tres años, Marion, y la distancia que se impone entre el amante y la amada, sumada al temporal encierro en esa artística cárcel, sacan a la superficie las dudas e inseguridades que pone en tensión esa ausencia traumática, cuando el amor y la persona amada parecen ocupar todo el entramado de sentimientos, ideas y el pasado del “yo”.
En ese marco, custodiado por dos estatuas de Giacometti y dibujos de Picasso, con una bolsa de dormir sobre una cama plegable y un pequeño escritorio, disponiendo de la libertad de pasear entre obras de arte –una práctica familiar para ese “yo”: “Escribí mucho sobre la pintura, contemplé cuadros durante largo tiempo”–, de leer, de escribir y de dormir (y soñar y dejarse estremecer por las pesadillas), comienza a desplegarse un discurso en el que se reúnen y condensan, se intersecan e intercalan, se aíslan y se asocian recuerdos sobre visitas a otros museos y los descubrimientos que le depararon (“Vermeer, ese pintor que mi adolescencia veneró”), meditaciones sobre el lenguaje, las palabras y la literatura (“El límite al que me confronto siempre cuando escribo –hacer existir a alguien más que yo mismo en la escritura”) y, especialmente, sobre esa historia de amor que se ha propuesto “contar (según) mi manera de ver, mi manera de vernos, de vernos a los dos: vos, tal como sos solamente a mis ojos, yo tal como nunca seré a los tuyos”, la historia de amor entre el “yo” y esa mujer compleja, ambigua, misteriosa y fatal que lo obnubila y lo obsesiona: Marion. Desbordante de referencias artísticas –en un sentido amplio–, de intertextos y de secuencias que relatan, describen, auscultan e indagan ese amor, el amor, y un amor que se confunde (o se funde) con el arte, Hay un solo amor nos convida a compartir o rechazar su premisa. Después, para quien quiera verlas, están el final de la noche, la vuelta a casa, “a nuestra cama” y las “conclusiones”.
En una época de urgencias concretas e inmediatas en la cual la humanidad y los valores se degradan, la consigna de escribir sobre la experiencia de pasar una noche en el museo puede resultar un superfluo pasatiempo aristocrático. Sin embargo, en un contexto coaptado por la vulgaridad y la ignorancia, el odio al otro y el desprecio a la inteligencia, escribir sobre el amor y sobre el arte, hacer arte, hacer literatura, es una forma de exorcizar a los triunfantes demonios del presente. Volver a pensar, a sentir, a hablar de amor (a una persona, al arte), aunque sea desde una mirada subjetiva e individual, es reivindicar lo poco que hoy nos distancia de las bestias, sean humanas o no.
Todo un detalle de la edición, un gesto de cortesía para los desmemoriados o los diletantes en la densa selva de la pintura, es la inclusión, en la página final, de un código QR que nos conduce, teléfono celular o tablet mediante, a visitar la considerable cantidad de pinturas y esculturas que se mencionan en el texto, no todas domiciliadas en el Museo Picasso de París. Una gentileza, necesaria. Como hubiese sido incorporar la imagen, la voz, la escritura, una secuencia fílmica de Marion. No la real, o sí: la creada por Amigorena. Porque, después de todo, desde la dedicatoria hasta el (punto) final, la mujer amada es la razón, el motivo, de toda esta escritura, incluso tanto o más que las pinturas, en mi opinión.
8 de abril, 2026

Hay un solo amor
Santiago H. Amigorena
Traducción de Manuel Ventureira
Serapis, 2026
76 págs.
Crédito de fotografía: H. Bamberger.