El poema jamás dice lo que dice. Si lo dijera se traicionaría a sí mismo. En todo caso, en lo dicho deja testimonio de su vacilación. De la primera a la última palabra, el poema no es más que una apuesta por lo imposible de decir. A esa suerte de periplo se lo llama obstinación. Otras veces, persistencia. Todo libro puede ser entonces un solo poema y todo poema puede ya contener un libro que no será otra cosa más que la variación sostenida en el tiempo y el espacio de sus páginas. Tal vez por eso, tanto el poema como el libro girarán alrededor de esa suerte que les toca: la persecución de una forma, la nostalgia del asombro. Ocurre que a veces de un poema importa lo dicho más allá de él, eso que no deja rastros en lo escrito, lo que en las palabras se escribe sin palabras. Esa opacidad que lo acompaña, contra la que el poema lucha, y que al fin se impone, podría entenderse como la paradoja de la poesía: el poema no es otra cosa que un lugar para enmudecer. Dentro de la literatura argentina la poesía de Ortiz fue excepcional por el alcance que le dio a esa paradoja. La invención de una figura, de un idioma y de una geografía particular contribuyen a ello. El sauce, mil veces visto, mil veces vuelto motivo -como el río y el paisaje-, aspiraba a ser nombrado no solo por su fronda copiosa, su sombra cambiante a los caprichos de la luz, sino también por su aura, por esa opacidad que en lo claro resguarda a las cosas o las arroja al peligro que, de repente, canta su fragilidad. Tal vez por eso, la poesía de Ortiz sea única y merezca la lectura atenta que en él se detiene como quien se distrae no solo en el rayo que ilumina, sino también en la sombra que cambia al temblar.
La mano infinita es uno de esos libros en los que Ortiz fue tramando el deseo de obra absoluta con mayor insistencia. Publicado en edición de autor en 1951, es el séptimo de los trece títulos que harían a la edición en tres tomos –nos referimos a la que en 1971 sacara la editorial Constancio Vigil bajo el mítico nombre En el aura del sauce. En esta ocasión, su edición separada, que lleva adelante Ediciones UNL y EDUNER, permite leer el libro como lo que acaso fue en su momento inicial: el despertar de una singularidad creciente, la inflexión de un estilo que desborda, la necesaria transformación de algo que no puede detenerse, que fluye, que corre al encuentro de una presencia que sortea cualquier indiferencia. En él ya está todo por venir, y también, el cierre del recorrido que se inicia en los años treinta con la publicación de El agua y la noche. Un prólogo de Marilyn Contardi, y las siempre acertadas notas de Sergio Delgado, que dirigió las dos ediciones de su obra completa, hacen a una nueva edición que ahora –en su camino inverso: de la obra reunida, ampliada y mejorada, al libro como objeto– apuesta por nuevos lectores.
¿Pero qué encuentran esos lectores al tener entre sus manos un Junele que llega en libritos sueltos los que le quitan la gravedad de obra completa? La poesía de Ortiz podría definirse como un lento conducirse al centro del extrañamiento, una suerte de éxtasis diario. Acaso entonces los libros sueltos puedan leerse como epifanías reunidas, tenues alusiones de una totalidad apenas vistas. Poco a poco, sus motivos, casi siempre los mismos y reiterados –un paseo, la contemplación de la naturaleza, la morosidad provinciana, el dolor y la alegría del mundo– van ganando en intensidad, van creciendo en imágenes que, de lo contado, eso que podríamos definir como la fábula, devuelven no tanto un referente claro sino más bien un centelleo, el temblar vacilante, la borradura de todo contorno y toda materia ante el asombro que la contemplación desnuda. El poema, que así nace de lo inmediato, de lo circunstancial y hasta de lo rutinario, en su insistencia, en su acontecer una y otra vez, finalmente se abisma. Como señala Marilyn Contardi, en la poesía de Juanele “se inscribe el asombro y la expresión del asombro”, un asombro que, si bien está hecho de momentos aislados, tiende en el lenguaje a volverse un idioma de alusiones, una gramática vibrante, la que le permite al poema no ser tanto un conjunto de palabras, sino más bien cierto empleo del silencio que, con estas, llega cuando ya no son nada.
En “El aguaribay florido” uno puede leer esa expresión del asombro que, en un movimiento veloz, en una música muy ligera, en una pincelada precisa, fija y descompone su motivo, expande y condensa su experiencia, balbucea y nombra su concreción, que acaso evidencie oficio de poeta. Flores que regresan con las estaciones, sí, presencias ciertas que cruzan por delante de nosotros. Nada más. Y, sin embargo, todo. La primera estrofa dice así: “Muchachas de ojos de flores y de labios de flores. / En la sombra exhalada –¿de qué su dulce hálito?– / los vestidos muy ligeros, con pintas”. Lo visto, aquello por delante que tiende a ser reducido por cualquier concepto, en la poesía de Juanele se vuelve siempre exceso, insistencia que busca una imagen. ¿Son flores o niñas? ¿O flores deviniendo niñas cuando ya las niñas devienen esas flores? En la búsqueda de esa imagen, un encuentro feliz es el siguiente verso que fija, pero también, que disuelve: “Arde de abejas el aguaribay, arde”. De una dicción entonces que corre como el deslizarse mismo del agua, el poema se detiene en momentos donde todo se arremolina, donde el sonido pasa a ser protagonista, donde el mirar mismo se extraña, donde la condensación llega por un puñado de vocales que giran descomponiendo lo visto y, a la vez, presentando otra cosa. Aun así, hay algo que sigue al asombro y a la expresión, algo que Ortiz, como pocos, supo conseguir. Se trata del pensamiento del poema, esa especie de pedagogía del misterio, una verdadera militancia de lo enigmático, lo que muy lejos de reducirlo, extrañamente lo arroja a su conocimiento de lo que devela por medio de lo que vacila: “Ríen los ojos. Los labios ¿Veis las muchachas o es / la tenue sombra ebria / y bordoneada / que se alucina de muselinas claras / y de otras flores vivas –extrañas flores vivas– / riendo, riendo, riendo hacia las islas”.
Sin duda quien lea lo anterior, experimentará el interrogante de un verso que pregunta por la maravilla de la poesía: “¿Qué secreto alado o íntimo, quiebra, eterno, sobre las piedras, ese canto?” pues bien, ahí esta Ortiz de nuevo, con su secreto a leer aún intacto.
1 de abril, 2025

La mano infinita
Juan L. Ortiz
Prólogo de Marilyn Contardi
Eduner / UNL
72 págs.