Para parte de la narrativa latinoamericana, el tiempo dejó de ser materia sólida y se ha convertido en una emulsión fluida. La linealidad categórica y los narradores absolutos son solo la muestra de una artificialidad vacía que encubren más de lo que proponen, y en esa licuefacción de las formas de percepción, los apocalipsis se han transformado en preguntas por la forma en que concebimos la Historia. Desde ese lugar, Joca Reiners en La muerte y el meteoro construye una visión clara: estamos en el momento de la “psicosis colonial de las Américas”.
En el universo de La muerte y el meteoro hay un Chile sumergido bajo el mar, Brasil y Colombia están en guerra contra Venezuela, en la selva amazónica, a punto de desaparecer por la depredación hipercolonialista, viven los últimos miembros de la comunidad indígena Kaajapukugi y en China están por lanzar un cohete tripulado a Marte. El apocalipsis no es el futuro, ocurre en el presente; es una catástrofe que no podemos más que narrar y que elimina toda posibilidad de acción sobre el porvenir, tal como los describe Lois Parkinson Zamora al hablar de los apocalipsis entrópicos. Y en esa confluencia de desastres tecnocapitalistas, observamos la vida de dos personajes: un policía de Oaxaca a punto de retirarse y que tiene la misión de recibir a los últimos 50 hombres kaajapukugis, y Boaventura, un antropólogo que ha dedicado su vida a estudiar a esa tribu desde un saber blanco y patriarcal. En medio del intento por comprender una cosmogonía etérea y una lengua que solo puede describirse como “alienígena”, no tardan en mostrarse como la representación de “El gran mal”.
En esta novela, Reiners establece la contraposición entre una tribu que se piensa como un único organismo en el cual la subjetividad es desplazada por lo comunitario, la lengua es heredada, el nombre es traspuesto y la individualidad se disuelve; frente a unos sujetos conflictuados por su necesidad de construir una herencia, de luchar contra el legado de sus padres, de auto legitimarse a través de una identidad única, que les es esquiva.
Pero la propuesta va más allá; en el fondo, el contraste es entre el pensamiento moderno basado en el espejismo de una autoidentificación y de una determinación ilusoria; y el tiempo ancestral que fluye a través de los cuerpos materiales para convertirse en un todo. Los sujetos modernos del control y el saber (policías y académicos) violentan sujetos y territorios para conquistar y colonizar a los otros, perpetúan la estructura patriarcal colonial e intentan desintegrar al otro para que al final quede su nombre unido a la historia y al futuro. Por otra parte, los Kaajakupugis, sentenciados a no tener descendencia al ser solo cincuenta hombres sin mujeres, sin territorio, sin cosmogonía a la cual abrazarse, existiendo como “muertos que caminan”, vistos como “caparazones sin alma” y con un pasado que se difumina un par de generaciones atrás, dejan una herencia que se podría convertir en la base ontológica del planeta.
Ailton Krenak, el gran pensador brasilero, ha señalado el libro de Reiners como una de las novelas que mejor enmarcan la colisión de los grandes problemas actuales de la Amazonía y, en consecuencia, del mundo. En un cruce entre pensamiento catastrofista, ecologismo prospectivo, antropoceno poscolonialista, el despliegue comercial de los saberes ancestrales y el aceleracionismo, Reiners propone una acción efectiva contra el lento apocalipsis actual. Y no es gratuito que sea Krenak quien lo señale: su propuesta del futurismo ancestral apunta en el mismo camino que Reiners: cambiar la estructura del tiempo permite la aparición de nuevas formas de actuar frente al fin del mundo. Conceptos como historia, legado o porvenir, solo tienen efecto en una cultura donde la linealidad y la teleología establecen estructuras de pensamiento de utilidad y beneficio. Si pensamos el futuro hacia el pasado, el tiempo como un paralelo existencial o la herencia como una fuerza que no contiene al sujeto ni a la materia, entonces la forma de relacionarnos con lo otro se convierte en una potencia del presente. Reiners lo explica con la metáfora del “mana”: una conciencia colectiva que rompe el concepto del pasado, el presente y el futuro, y que se observa a sí misma en todas sus versiones, en un plano continuo. Un tiempo concebido así, como una entidad completa, permite entrar en ontologías-otras; de ahí que también las ideas de Viveiros de Castro sobre el perspectivismo amerindio dialoguen activamente con La muerte y el meteoro: no somos más que una de las partes materiales de la naturaleza: existimos como parte de una fuerza que nos excede, nos habita y que marca nuestros deseos.
Por ello, mientras el narrador oaxaqueño quiere eliminar su apellido, destruir la casa heredada y Boaventura observa cómo su propósito de posteridad histórica se desmantela por la violencia que él mismo ha ejercido; una estructura mayor, que no piensa en la Historia en devenir, se impone como apertura hacia otras dimensiones. La novela de Reiners es un estado alterado de la literatura, uno en el cual la antropología se encuentra con la ciencia ficción, la alucinación y el policial para abrir los ojos del lector a nuevas formas de relacionalidad.
La muerte y el meteoro es un libro que no solo incomoda por presentar el papel que tiene la academia en la forma en que se han construido los saberes ancestrales para los sujetos occidentales y evidenciar el proceso de devastación y expropiación que eso conlleva, sino que propone una alternativa metafísica para enfrentar al fin del mundo. Es una novela de ciencia ficción latinoamericana, en su sentido más amplio y más preciso. Ataca la narrativa lineal que pareciera anacrónica y ajena, y construye una mixtura híbrida entre los pobladores ancestrales y los astronautas chinos; entre los viajes psicodélicos y las terraformaciones marcianas; entre los tiempos ancestrales y las perspectivas posibles después del desastre. Así, la psicosis colonial no es planteada como una enfermedad terminal, sino como el paso transitorio hacia la comprensión de que existen más formas de narración, para que abracemos la maleabilidad de la palabra prospectiva.
25 de marzo, 2026

La muerte y el meteoro
Joca Reiners Terrón
Traducción de Antonio Jiménez Morato
Las afueras, 2025
160 págs.
Crédito de fotografía: Renato Parada.