“¿Para qué desviarnos de la ruta cuando empezaba a caer el día? ¿No era muy tarde ya? Me imaginé preguntándotelo, pero no lo hice. Quizás buscabas retrasar la llegada. Todo lo posible”.
Una voz interpela, le narra a una segunda persona –no al lector sino a Otro, a otro personaje– las peripecias de un viaje trunco, que se interrumpe porque toma, en apariencia, un caprichoso desvío para internarse en un pueblo rural, pobre dije que pende del collar de la ruta. Al comienzo, la narradora es una mujer, Romina, que conversa con su padre, Arturo, un fotógrafo envejecido y enfermo que pretende con esa parada, además de revelarle un secreto a su hija, concretar su obsesión: obtener con su Hassel la última gran imagen que corone su obra.
Pero en La luz queda, la novela –porque a pesar de su breve extensión, así se la designa en la portada– de Alejandro Pereyra, las voces se alternan en los capítulos componiendo una pieza coral, polifónica. Voces que se dirigen a un tercero o que se vuelcan hacia el emisor en un monólogo interior que se finge diálogo. Cada una de ellas, si se afina el oído, “habla” con una inflexión, con un registro particular y, especialmente, desde perspectivas diferentes, portadoras cada una de una historia y una mentalidad propias, atravesadas por estados de ánimo, sentimientos, saberes y experiencias distintas y, en parte, complementarias, que nos entregan de a poco los fragmentos que permitirán montar, como si se unieran secuencias de fotogramas mezclados y confundidos, la película completa. Entender el invisible cordel que vincula a la decrépita Matilde y a la esquiva Paula, las mujeres que habitan la “antigua vivienda en los arrabales” de Carmen del Sauce, con los fallidos viajeros Arturo y Romina.
Quizás sea un reduccionismo, una deriva poco rigurosa, pero que se ofrece como una ineludible tentación, asociar la técnica compositiva de La luz queda con la carrera en el mundo del cine como director de fotografía “de largometrajes nacionales y regionales” de Alejandro Pereyra. Sucede cuando se leen los cuentos y novelas de Paolo Sorrentino o al sumergirse en los relatos de Woody Allen. En cierta forma, las convenciones de este arte permean en la novela permitiendo que se imponga una(s) mirada(s) que se concentra en los detalles visuales, que diagrama cuadros, enfoques, escenografías y que torsiona las frases y el lenguaje en un dedicado empeño por “mostrarle” al lector la sólida “realidad” que las palabras tratan de volver visibles.
Posiblemente no se trate de una reelaboración de la búsqueda del realismo saeriano, sino de la exploración del recurso de la écfrasis, –de los cuadros que se describen (y narran) con profusión de detalles– que triunfa en el estilo de Pereyra con resultados subjetivos, que dependerán de la atención y la sensibilidad de quien está del otro lado de la pantalla... perdón: de la página. En la empecinada elaboración de una (o varias) “poética de la mirada” y en el rigor de la prosa, del léxico preciso, se juega el proyecto estético del autor, el objetivo de su pulsión literaria.
Lo antedicho no va en detrimento de la importancia que revisten el argumento y la trama. Porque la profusión de imágenes visuales, algunas oníricas o recuerdos deformados, de minuciosas descripciones del paisaje, no invisibiliza el sutil malestar que provocan la historia de Arturo, que apuesta a que su “última palabra modifique toda la frase”, y de ese trío de mujeres; y la revelación que, paulatinamente, pasa de ser una sospecha a una certeza que remite a una censurable aunque no infrecuente práctica que reafirma la desigualdad de género y de clase: los abusos del patrón con quienes son sus empleados.
Metáfora, alegoría del “amor”, del (des)orden mundo, de la crueldad del patriarcado, la última fotografía que debe reunir a esos tres cuerpos femeninos desnudos corriendo en el atardecer hacia un sauce, se demora en rebeldías y negaciones, en la tarde que se apaga mientras algo de la luz, queda.
25 de marzo, 2026

La luz queda
Alejandro Pereyra
Diotima, 2025
60 págs.