Se ha dicho ya, y en varias oportunidades: cuando se tiene verdaderamente algo que decir, ese algo encontrará –de la manera que sea– su camino a la superficie. Lo supieron en carne propia poetas y pensadores de la talla de Miguel Hernández y Antonio Gramsci, que escribieron bajo prisión y en deplorables condiciones de salud textos hoy considerados canónicos. Del mismo modo, unas cuantas celebridades literarias conocieron de primera mano el confinamiento, aunque, a criterio de la profesora, traductora y crítica italiana Daría Galateria (Roma, 1950), el asunto no parece ser cosa seria.
En Condenados a escribir, Galateria, con una prosa pícara y una palmara erudición, encauza por un sendero en regla con el imaginario romántico la experiencia –entre rejas– de diversos autores, partiendo de Voltarie, a comienzos del siglo XVIII, para terminar en el XX con la vertiginosa vida de Goliarda Sapienza. De acuerdo con Galateria, la mayoría de los escritores comentados en el libro encuentran en la prisión el espacio justo para darle rienda suelta a una imaginación imposible de fermentar en otros contextos. Como si cumplieran el deseo kafkiano, siempre postergado, de sumergirse en una cueva silenciosa con una simple lámpara y los elementos indispensable para la escritura. Alejado de todo y todos, la comida se depositaría en una puerta lo más distante posible. Sólo un contacto de por medio: Dios o el Diablo susurrándole a estos bendecidos condenados palabras inefables.
Así las cosas, el marqués de Sade goza con banquetes refinados, una terapéutica centrada en el teatro, privilegios varios y de varia carnadura; Voltaire utiliza su tiempo para redactar La Henriada, su extenso poema épico, que leería, asegura la autora, todo el continente; la figura de Casanova se acrecienta considerando la ambigüedad de las causas que lo llevan a prisión y su posterior –y espectacular– fuga; Stevenson pasa dos horas y medias en una prisión francesa porque los códigos de vestimenta del país lo señalan como un incontestable vagabundo; y, en su proceso, gracias a las irónicas estocadas verbales que lo caracterizan, Oscar Wilde se mete en el bolsillo –momentáneamente– al público: terminará preso en la cárcel de Reading.
Entre muchos otros, hacen su aparición el incorregible Genet y el genial –e incómodo Céline–; Paul Verlaine y Dino Campana; Apollinaire y Malcolm Lowry. Condenados a escribir no se demora en las condiciones materiales de la escritura ni en la forma en que el paso por las rejas afectó –de la manera que fuera– al autor y a su obra. Antes bien, se interesa por anécdotas peculiares, giros absurdos o inesperados y de efectos cómicos, que entretejieron, como una comedia de enredos, la experiencia vital de los célebres escritores. Un ocurrente contrapunto a una experiencia dramática por definición; casi un conjuro –con el humor como salvavidas–, en un momento histórico en el que la palabra libertad suena a injusticia, incluso, a condena.
24 de marzo, 2026

Condenados a escribir. Escritores entre rejas
Daria Galateria
Traducción de Francisco Campillo
Impedimenta, 2025
288 págs.