El dicho «Si estas paredes hablaran» puede expresar una curiosidad ingenua sobre la historia de un lugar o ser una especie de indirecta sobre las vidas de sus habitantes. En los dos casos la frase contiene preguntas implícitas: ¿Los lugares registran de alguna forma lo que sucede allí? ¿Un sitio puede ser elocuente? ¿El pasado deja rastros? En su nuevo libro Una casa sola, Selva Almada responde que sí a esas preguntas: narra casi dos siglos de la historia argentina desde la perspectiva de una casa humilde escondida en el monte entrerriano. Es la casa que nos habla desde su soledad, su punto fijo.
La novela de Almada tiene un antecedente obvio en las letras argentinas, La casa de Manuel Mujica Lainez; Almada lo reconoció en una reciente entrevista con Eugenia Zicavo. Se puede leer la novela de Almada como una crítica a Manucho y por extensión una versión de la historia argentina protagonizada por un puñado de apellidos soberbios. La casa de Mujica Lainez es un palacio imponente de la calle Florida en Buenos Aires; la de Almada es el refugio de peones. La casona de Manucho es ostentosa e insegura a la vez. Se aferra al recuerdo de la familia pudiente que la habitaba y de sus decoraciones importadas de Europa como un modo de lidiar con su obsolescencia; mientras tanto un grupo de obreros la tiran abajo. La casa de Almada está del lado de los peones que la levantaron de a poco; se identifica con el tala que crece al lado –son “hermanos de leche”–, con los perros y gallinas que aún viven en el patio, con el monte que la rodea. Las dos casas viven un abandono, pero la llevan de modos muy distintos. La casona porteña se identifica de forma tilinga con sus otroras dueños. Fueron ellos los que le daban importancia en el mundo; sin ellos, no tiene identidad propia. La casita del monte es más serena: no pertenece a nadie. “Será que ni al monte ni a mí nunca nos ha gustado que nos sujeten”, afirma, “que nadie se crea nuestro amo por más papeles de propiedad que tengan”. Le caían bien sus últimos habitantes pero perdura sin ellos: forma parte del paisaje, tiene otros tiempos. Los libros representan dos modos de entender la historia argentina: una considera los excesos de la clase terrateniente como su mejor logro, la otra toma partido por los que trabajan la tierra. Se complementan.
Almada respeta las limitaciones de un protagonista que no puede moverse de lugar y las sortea a la vez. La casa no tiene forma de aclarar ciertos interrogantes. La familia de peones que vivía adentro se va un día y no vuelve; al igual que la pariente que llega buscando respuestas, la casa sólo puede especular sobre su paradero. Se pregunta si el patrón que empleaba a los Lucero fue el responsable de su desaparición, pero no puede averiguarlo. La anciana que viene en busca de los suyos quita las fotos de sus nietos de la pared; con el paso del tiempo la presencia de la familia se siente cada vez menos y la casa pierde la certeza de que “reconocería a los Lucero si volvieran a pasar por mi puerta”. A medida que el monte avanza sobre ella –“Las campanillas azules, la caballera del diablo. las trompetas de San Juan, echaron sus redes sobre techo y paredes atrapándome entre sus lazos y flores”– duda si ellos sabrían encontrarla tampoco. La casa nos cuenta la historia de la familia en parte para mitigar su soledad y su anhelo de albergar vida. Es una forma de insistir en su propia existencia. Ser testigo de sus vidas le da realidad a la suya también.
La casa no es la única conciencia que habita aquel claro en el monte. Un grupo de fantasmas la acompañan como si fuera una compañía de actores; su presencia permite a Almada abrir su narración a otras perspectivas. La compenetración de la casa con su entorno también le permite ir más allá de su punto de vista fijo y narrar en nombre del territorio. El “eco” del asesinato de Justo José de Urquiza le llegó cuando aún no era casa, “pero ya era, si se entiende, parte de esta misma tierra sobre la que el espinal se extendía leguas y leguas, mucho más allá de lo que alcanzaba la vista de cualquier hombre”. La casa relata la muerte del caudillo como si la hubiera presenciado. Los fantasmas que habitan el monte en torno a ella hablan en coro –Una casa sola pide a gritos ser llevada al teatro– en un lenguaje escabroso de varones. De a poco dejan traslucir sus historias de vida, que van desde la contienda entre federales y unitarios en el siglo XIX a la Guerra de las Malvinas. Almada alterna la narración de la casa con las picardías de aquellos hombres, cada uno elaborando su propio duelo: por el hijo que nunca volvió a ver, por las piernas que perdió en un combate. El monte entrerriano es el repositorio de un amplio espectro de voces y experiencias.
Una casa sola representa la continuación del proyecto de larga data del Selva Almada: narrar su provincia natal desde una variedad de perspectivas, con todo su calor y cercanía a la naturaleza. Es toda una hazaña cuánto logra contar en esta novela breve: tiene apenas ciento cincuenta páginas, pero Almada nos acerca al monte con su profusión de flora y fauna, a las vidas entrelazadas de peones y patrones, a un paisaje folclórico que subyace el del relato oficial. En el centro, fijos “pese a esas marchas y contramarchas”, al torbellino de la historia, siguen en pie “el tala, yo y el pedazo del monte”: las paredes que nos hablan de todo lo que han atestiguado, la casa elocuente.
1 de abril, 2026

Una casa sola
Selva Almada
Random House, 2026
160 págs.
Crédito de fotografía: Alejandra López.