El principal interrogante que nos deja Oscura llamarada de otra luz podría enunciarse así: ¿cuánto tiempo es el que vivimos en lo imaginario, cuánto en lo real? O quizás: ¿es real lo imaginario, es imaginario lo real? No hay una respuesta, solo un atravesar de mundos que se implican y se cruzan, en los cuales tenemos un pie a cada lado y la imposibilidad de decir a cuál pertenecemos. Estos veintiún poemas nacen de esa toma de consciencia, se apoyan en ella y dejan correr por su cuerpo las aguas de dos ríos.
Tal vez la noción de lírica podría resultar ordenadora para adentrarse en esta oscuridad ardorosa, pero el mismo poema titulado “Lírica” lo desmiente al confesarnos: “quería escribir un poema lírico/ pero terminé hablando de enunciados”. Por tanto, el sujeto lírico clásico se ve desbordado por su propia imaginación, entregándose a las relaciones que las imágenes traman entre sí y por fuera de su voluntad. Con esto, la preponderancia de una voz corpórea estable se torna fragmentaria y fantasmática al extremo de por momentos volverse coral o descubrir su propia esquizia.
Sin embargo, la volatilidad, la imprevisibilidad y la regeneración que verso tras verso se apoderan de la mímesis en ningún momento pierden su orientación sensible ni su percepción piadosa. Lo que habla lo hace desde esa delicadeza verbal y afectiva que es capaz de notar que “la tierra tiembla/ multiplicándose/ en pequeños deseos”. Un flujo de duraciones se presenta ante ello y cobra las formas que su curso moldea en la lengua. Se trata de objetos y seres al alcance de nuestras concepciones pero muy, muy distantes de sus relaciones con nosotros. Por eso oímos: “Yo cortaré sus hojas/ y a la inversa de cualquier modo del fracaso/ las astillas seguirán/ en este mundo/ pero en otro tiempo”. De hojas, se obtienen astillas, y del ahora de estas, un mañana alojado en un ahuecado presente.
Cada poema es un pequeño y modesto aleph, compuesto de flashes que desafían la intuición, el espacio y el tiempo. “¿No es romántico? ¿Querías hacer un puente/ pero hiciste un astro?”, indaga la voz y su pregunta condensa de manera ejemplar esta poética. ¿Cómo pasamos del puente al astro? ¿Acaso es la mente del poeta la que suena así? ¿No será la del lector? ¿Palpitarán al unísono en la intriga? ¿O el interrogante vendría a ser el fin de todo esto, su toque del clímax? Realmente no se sabe si tendría algún sentido responder. La única certeza es haberlas recibido eléctricamente en los músculos, como la porosidad de un copo de nieve que cae y roza.
La luz de la que bebemos esta llamarada oscura es otra porque la conocemos gracias a su sombra. Eso que está por detrás de la penumbra actúa como fuente de las multiplicidades que pueblan los poemas. Se desconoce su procedencia, pero se sabe que traen consigo sus propias reglas y vínculos. El lirismo se revela como un canal que comunica cosmos. Desde su sensorio y su memoria acuna el sueño de lo existente y permite que oigamos su respiración como la de un niño en la noche: no la divisamos, no la comprendemos, solo nos encontramos expectantes ante ella y celebramos cada vez que ocurre. En esas sibilancias cada tanto se filtra una palabra, una sílaba, un nombre, y respetando sus preceptos, el poema se hace de ellos para componerse como “el corazón/ de una golondrina late/ a la velocidad de la luz/ arrasando con todo a su paso”».
1 de abril, 2026
Oscura llamarada de otra luz
Marcelo Díaz
Salta el pez ediciones, 2025
44 págs.
Crédito de fotografía: Juan Pablo González.