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La mamacoca

Libertad Demitrópulos


Nicolás Ricci


Esto está camino a ser una obviedad: Libertad Demitrópulos (1922-1998) fue una de las mejores narradoras argentinas del siglo pasado. Para justificar la afirmación, bastaría Río de las congojas (1981), su libro principal, que combina, entre otras virtudes, personajes fuertes e inolvidables, un comentario lúcido sobre su presente en clave alegórica y una lengua lírica única, una especie de oralidad ficticia, arcaica y mestiza, plena de creaciones gramaticales. La autora, cuyos libros vienen siendo rescatados y difundidos en los últimos años, vivió y escribió al margen de la gran escena literaria de su tiempo. Un desdén, en todo caso, mutuo, que produjo dos cosas: del lado de ella, una obra original, cuya visión política no cedió a los tabúes de la época y cuya intuición estética, ajena a modas y fórmulas de éxito, no se normalizó por las exigencias del mundo editorial; de parte de los circuitos literarios, un reconocimiento demasiado tardío, que llegó en los últimos años de la autora y que ella recibió con desconfianza. 

La mamacoca, su última novela, póstuma e inconclusa, narra una larga lucha entre clanes en la frontera norte del país, un espacio impreciso, con sus propias reglas, una zona de mezcla, monte y selva cerrada, con asentamientos urbanos donde no se han materializado aún las promesas de la modernidad y donde prosperan, en parte por eso, las ambiciones sin escrúpulos. Demitrópulos concibe la nación como un simulacro que se desdibuja a medida que se aleja de los centros de poder político: “la frontera fue siempre más real que la Capital de la República. Cuando sopla el viento, la basura del país vecino se deposita entre nosotros”.

La primera mitad de la novela sigue a la Badaja, una prostituta que se casa y escala socialmente pero que debe independizarse al comprender que en todos los niveles sigue al servicio de sus explotadores; la segunda parte se ocupa de la niña Justina, la heredera de una familia de contrabandistas en decadencia que busca venganza. Ambas, como el pueblo entero, tienen su destino atado a un oscuro hombre de negocios que pasa a dominar el territorio luego de comprar a las autoridades y liquidar a la competencia. La anomia en la frontera da cuenta de lo precario y fallido del Estado nación, y el abandono estatal genera un terreno fértil para empresarios como Saúl Sombrío. Para muchos, él es un benefactor; es quien construye cines, hospitales y sociedades de fomento, antes incluso de pasar, prometiendo “salariazo”, a los respetables pasillos de la gobernación.

Dos elementos estructuran la novela desde su inicio: el lenguaje cinematográfico y el futuro simple, evidenciados ya en la primera línea: “Si fuera necesario, acondicionar la luz sobre los rostros que devendrán fatigados pero que no cambiarán de expresión”. Por un lado, la proyección temporal le permite al narrador contar de forma prospectiva hechos que ya sucedieron, recurso que a menudo está llevado al punto de la discordancia: “ni siquiera podrá maldecir cuando se escucharon los disparos”. Ese uso singular de la consecutio temporum acompaña la ambigua disposición temporal de la historia, que vagamente abarca los sesenta, pero que se extiende mucho más allá, quizás hasta los noventa. Por otro lado, el lenguaje del cine es el discurso otro de la narración, al que recurre en los momentos de elipsis, cada vez que un blanco separa un conjunto de párrafos. Como anotaciones escénicas, estos pasajes a veces dan indicaciones sobre la composición del cuadro, la iluminación, el movimiento de la cámara: “Efecto de profundidad de campo o de fotografía a foco. Componer dentro de un encuadre horizontal”. Pero por lo general estos pasajes de corte cumplen una función metanarrativa. Así, la novela se detiene cada tanto para pensarse a sí misma, en un tono no pocas veces dubitativo. Por ejemplo, antes de volver a narrar una escena desde otro personaje: “La técnica de la inversión. El cambiar el punto de vista sin que necesariamente se altere la historia”. O en las últimas páginas: “La acción debe proseguir pero, sin embargo, y acaso como en la vieja canción, comienza el final”. Esto parece remitir al carácter inconcluso de la novela, y quizás sea la solución de la autora para lidiar con los problemas formales: hacer procedimiento la duda sobre los procedimientos.

El cine es además la metáfora central del libro: la mirada vigilante del enemigo como un “teleobjetivo”, que todo lo ve, a través de un extenso sistema de informantes. A esa omnipresencia (“ya ha trascendido la frontera y está en todas partes, dicen que canizo pero siempre recio”), Demitrópulos opone un narrador plebeyo con aptitudes de omnisciente, que enuncia como testigo, en primera persona, pero sin intervenir en la historia como personaje. Esta modalidad contradictoria (cuyo antecedente más cercano puede buscarse en “La salud de los enfermos” de Cortázar) tiene la gracia de funcionar además sin énfasis, como apostando a pasar desapercibida en una lectura apurada.

El original de La mamacoca está fechado en 1994, es decir que la autora pasó sus últimos cuatro años con el libro en un cajón. Recién fue publicado en 2013. Ya esa primera edición reproducía hacia el final una suerte de zona abierta: un punteo en ítems de las posibilidades del relato, preguntas sobre lo que sucederá con los personajes, acaso anotaciones manuscritas en el original mecanografiado. No sabremos nunca qué tan lejos quedó el texto de su versión definitiva (su extensión, en cualquier caso, no difiere de la del resto de sus novelas).

Con laboratorios escondidos en la selva, aviones privados, periodistas perseguidos y matones a sueldo, la historia adopta características de thriller de plataformas (y no es impensable que a futuro alguien intente la adaptación). Desde luego, el funcionamiento interno de la novela no solo supera, sino que ni se asoma a los clichés del género. El acercamiento al mundo de la llamada narcoficción significaba para Demitrópulos una manera de ajustar cuentas con su propia época, unificando en un personaje la alianza entre el gobierno y las élites económicas, trazando un hilo que unía el capital al crimen y a la impunidad, a la violencia política, a las causas de la nación blanca y liberal.

1 de abril, 2026

La mamacoca.jpg

La mamacoca
Libertad Demitrópulos
Prólogo de Florencia Abbate
Marea, 2025
200 págs.


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