“El día que mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre”. Así se abre Comerás flores, mientras que concluye: “una foto de papá en la nevera”. La invocación al padre muerto como nota de apertura y de cierre. ¿Y en medio? Un rodeo. La primera novela de Lucía Solla Sobral es un relato sobre el duelo y la pérdida, pero no solo eso. Entre la primera y la última oración del texto, la voz se dispersa, mira al costado, se ciega con luces nuevas y otras conocidas por todos. Sentir hambre, comer flores y vomitar son acciones que delinearán una coreografía, dejando traslucir la falta del padre y su pan nuestro de cada día. Porque en las primeras páginas se cuela un rezo y, líneas más adelante, se cuenta que él, tal como el artista del hambre de Kafka, había renunciado a comer y había muerto “con los ojos llenos de hambre”. El vacío y la falta –de apetito, de comida vegetariana, de trabajo estable, de cuarto propio, de afecto o de papá– funcionan como diapasón en la obra de Solla Sobral, que le valió en 2025 los reconocimientos del Premio Cálamo Mejor Libro del Año y del Premio El Ojo Crítico de Narrativa.
Con una voz ligera, Marina, una joven redactora de marketing, narra el período de su vida marcado por la ausencia de un hombre –el padre– y la presencia desmedida de otro –Jaime–. “Teníamos urgencia, como si llevásemos el contador de una bomba pegado al pecho, tic tac tic tac tic tac”. Esta urgencia se refleja en el fluir vertiginoso de la palabra –como los 200 km por hora que alcanza el auto de Jaime–, donde ingresan las voces de los personajes, a veces mediadas por Marina, otras en diálogos, en forma de mensajes de WhatsApp o de Instagram.
Tic tac tic tac... Entre Pontevedra, Santiago de Compostela y Madrid, la narradora relata su aventura amorosa: una especie de rapto donde conviven la fascinación y la asfixia. Su vínculo con Jaime implica, como toda aventura, un salto en la trama cotidiana. La exaltación y el terror de la entrega de los que habla Anne Dufourmantelle no tardan en aflorar y el yo arriesga –en el sentido de ponerse en peligro, pero también de enfrentar lo desconocido– al experimentar una vida con departamentos, restaurantes, dietas y lógicas inéditos. Es que es tanto el dolor por la muerte del padre que la narradora no únicamente se siente “fuera de la vida que había conocido hasta ese momento”, sino que prolonga ese extrañamiento al flirtear con la obsesión. La atención de y en Jaime va colmando los espacios a tal punto que el yo y su mundo flaquean y acaban por difuminarse. Se silencia a los amigos, las decisiones se toman súbitamente, el enojo y el entusiasmo se imbrican; la voz duda de lo que hace, contradice sus ideas y sus gustos, se lastima, odia y ama, miente y tiembla.
Tic tac tic tac.... La historia corre y corre a través de una sucesión de imágenes con impronta cinematográfica que, ante una carrera de 240 páginas, también necesita tomar aire. Si bien no se trata de capítulos numerados o titulados, la estructura de la novela fragmenta el relato con la irrupción de blancos o de textos más breves que cambian, por lo general, la persona y el tono. Un paréntesis. Una escucha que parece ganar más tiempo y jugar con otras dimensiones del ritmo como la repetición, la condensación, las largas enumeraciones, los dos puntos. La mayoría de los fragmentos prescinden del despliegue de acciones y el tic tac se ralentiza. Entre ellos destaca la serie de textos que comienzan con un “tengo” acompañado por dos puntos y una enumeración que se renueva (una perra, una amiga, un padre muerto); dicha repetición con variaciones da a oír el paso del tiempo con sus mudanzas y una insistencia: llevar la cuenta de lo que se tiene y lo que se pierde.
Antes que los temas –el duelo, la amistad, las relaciones tóxicas, la violencia, los trastornos alimenticios o la incertidumbre laboral–, lo más interesante de la novela irrumpe en esos momentos donde no se intenta mostrar una imagen ni una moral definitivas, donde la forma se abre paso y rompe la linealidad de la lectura. En aquellas frases que resuenan una en otra y acogen otro espesor. Esto se ve manifiesto hacia el final, cuando el personaje del padre retorna con más capas, con nostalgia y con humor; un padre que se presenta a través de la complicidad juguetona de la voz que mira de cerca y regala su atención silenciosa a un detalle como aquellos “putos pantalones de pana” que usaba su padre para salir a correr. El hambre, por supuesto, no se puede saciar; sin embargo, al menos la boca se llena de palabras que oscilan entre el orden de las flores de un herbario y lo indómito de las malezas.

Comerás flores
Lucía Solla Sobral
Libros del asteroide, 2025
248 págs.
Crédito de fotografía: Marco Mas.