El título remonta su origen a un momento histórico: es la parte ínfima, breve, de una conferencia que, en 1939, José Ortega y Gasset pronunció en Buenos Aires. La frase “Argentinos, ¡a las cosas!” precede al libro de Martín Kohan y, simultáneamente, lo nombra.
La elisión del verbo no atenúa el imperativo. Se trata de una afirmación vehemente que nos insta, nos interpela, a la acción, aunque no especifique cuál. Pero a la vez, el sustantivo, tan amplio de por sí, e incluso mucho más amplio en nuestro territorio, nos paraliza, nos inmoviliza ante la duda: ¿cuáles “cosas”? y ¿cómo? A este dilema –anticipado mediante el doble epígrafe que suma, al enunciado de Ortega y Gasset, la pregunta de Vladimir Nabokov “¿A qué cosas, exactamente?”– es al que irá respondiendo Martín Kohan con su libro.
A lo largo de veinticinco ensayos, que por momentos nos recuerdan las aguafuertes de Roberto Arlt, Kohan se hace eco del enunciado y lo responde en clave literaria. Las “cosas” son variadas: aparecen mencionados –sería mucho más preciso y justo decir relatados– símbolos, objetos, espacios. Todos y cada uno de ellos resignificados por la historia y el uso, pero fundamentalmente por la mirada del escritor. Ahí, precisamente en esa conjunción, se encuentra el principal atractivo del libro: Kohan nombra lo conocido –o algo vinculado a eso que nombra nos es conocido–. Pero no lo hace desde un primer momento, sino que nos va descubriendo, a los lectores, eso de lo que va a hablar y que anuncia, en todos los casos, mediante un sustantivo concreto pero a la vez genérico. Los títulos –“Un auto”, “Una ruta”, “Un hotel”, “Un vestido”, entre otros– están además, en todos los casos, precedidos por artículos indefinidos. Como anticipándonos que aquello de lo que va a discurrir es importante según quien lo mire. El escritor, como es esperable, ya ha pensado de antemano en ese quien que lo mire –o lo lea, para ser más precisos–. Se trata de un libro que tiene un público bien definido: argentinos y lectores. Para cada uno de nosotros, lectores argentinos, luego de leer los ensayos correspondientes, el artículo indefinido dejará de tener sentido. Pasará, en consecuencia, a transformarse en el vestido o en la piedra.
El juego con el lenguaje, el análisis del lenguaje y lo que se dice, no se circunscribe únicamente a los títulos, sino que es parte fundamental de la mayoría de los ensayos. Kohan se detiene en las formas en que los argentinos fuimos nombrando objetos como, por ejemplo, la “piedra movediza” de Tandil, de la que escribe que “no se le asigna, como cabría, el adjetivo 'moviente' o el adjetivo 'móvil'”. Detenerse en los términos, en los nombres, y problematizarlos, es solo una de las formas mediante las cuales el escritor propone el diálogo, el ida y vuelta, con el lector. También el humor, la palabra distendida. Esta es otra característica fundamental de este libro, cuyos ensayos revisten, la mayoría de las veces, el tono de un diálogo, de una charla café o mate mediante– entre viejos conocidos.
Uno de los principales méritos del libro es justamente ese, que más allá de ser un libro, y por lo tanto atenerse a la inmovilidad de la escritura, nos transporta a la oralidad. Porque las reflexiones de Kohan sobre la historia y sobre lo argentino, están atravesadas permanentemente por los discursos y las menciones a lo que otros, antes, ya han dicho: Piglia, con la historia de las derrotas, Borges con su fundación mitológica, por mencionar solo dos. Pero también con otro tipo de palabras –letras de canciones patrias, enunciados proferidos por personajes históricos o sentencias recurrentes en el habla popular–. Porque el diálogo –o el debate– también se propone –o se busca fundamentalmente– con los lectores. El escritor nos cuenta, pero también nos insta, un poco como lo hacía el enunciado de Ortega y Gasset, a trascender la pasividad del lector, a querer contestarle o continuar con esa reflexión.
En Argentinos, ¡a las cosas! Kohan hace uso del oficio de escritor, saca ventaja de la ausencia del imperativo en esa frase de Ortega y Gasset y aprovecha la elisión del verbo para responder con total libertad. Por eso, según su conveniencia, filosofa, historiza, reflexiona acerca de diferentes elementos de la cultura argentina, pero siempre desde una mirada atravesada por la literatura. La respuesta que ofrece a cada una de esas “cosas” será, como no podía ser de otra manera, literaria. Porque si hay algo de lo que hace uso Kohan es de su maestría como escritor. O mejor dicho, como lector y escritor. Cada uno de sus ensayos está vinculado, o está pensado como la construcción de un relato literario. Hace literatura con las cosas que nos hacen argentinos.
4 de marzo, 2026

Argentinos, ¡a las cosas!
Martín Kohan
Seix Barral, 2025
216 págs.
Crédito de fotografía: Manuel Cascallar.