El valor de la novedad en el arte no responde a un capricho de la crítica, ni es, como a veces se dice, un resabio del modernismo que no termina de morir. Hay novedades menores y engañosas, desde luego, pero una originalidad radical puede fundar una política de lo sensible, una relación entre el sujeto y la historia, el lenguaje, las cosas. No es fácil, a la distancia, dimensionar el quiebre que produjeron en la literatura nacional obras como las de los Lamborghini, García Helder, Laguna o Desiderio. Antes de ellos, la poesía simplemente era otra cosa. Una escritura nueva gana terreno para lo decible, habilita una visión de mundo, pone en el mapa una sensibilidad postergada (forzando una redistribución del poder simbólico), instala una lengua, y ya se sabe que la lengua condiciona el pensamiento. Por eso emociona la aparición, muy cada tanto, de una estética como la de Lucía Seles, que asume el riesgo de plantear sus propias premisas y llevarlas al extremo.
El fenómeno Seles es todavía reciente. Si bien sus primeras tres películas surgieron hace dos décadas, fueron seguidas por un silencio largo y hubo que esperar hasta 2020 para la siguiente. En esos años, la obra se ramificó en canciones, teatro y, desde su primer libro en 2017, literatura. Quienes solo conozcan su cine reconocerán la voz de Hockey de mujer como una extensión de los cuerpos de texto que aparecen en los márgenes de la pantalla, esa especie de coro griego que puede comentar tanto la acción principal como la campera de un transeúnte que pasa por el fondo en un espacio público. Esa voz es la de Lucía Seles, la grafómana chilena que realiza “videos” y escribe, ni exactamente autora ni personaje. Suele hablarse de los heterónimos de Seles, aunque tanto ella como Selena Prat, el nombre con el que actúa, comparten el mismo estilo, lo que escapa a la noción habitual de heterónimo (en el sentido en que lo usaba Pessoa). Son más bien dobleces, capas de despersonalización. Seles domina en el ámbito de la voz, Selena Prat aparece donde prima el cuerpo. Todo esto, sumado a que hace dos décadas firmaba con otros nombres, vuelve escurridiza la categoría de autor, nunca enteramente etiquetable en catálogos online, siempre un poco fuera de lugar.
Hockey de mujer ofrece una miscelánea: “fragments” o frases sueltas, a veces tomadas de diarios personales pero depuradas de todo indicio biográfico, “quarters” o cuartetos con cierta regularidad de ritmo y rima, y hasta una sección llamada “Recordando manuscritos q no usé”, que comenta con severidad papeles viejos. La unidad compositiva es la línea –o para desambiguar: el renglón–; cada fragmento tiene la apariencia del verso libre y, aunque algunas pocas estrofas pueden formar una unidad de sentido, por lo general cada verso se vale por sí solo:
La grafomanía –elemento central del universo Seles– supone un modo de producción con sus etapas: primero una disposición abierta (la mente inquieta como caldo de cultivo), el registro (de cualquier manera), la acumulación y al fin su selección. Seles refiere continuamente un sinfín de cuadernos y manuscritos (papeles inadecuados –separadores de carpetas, hojas sueltas, etc.– porque la manía no sabe esperar), que el libro reproduce en fotos borrosas para cuidar ese modelo de autor. La escritura, siempre fragmentaria, forma series por tema y hasta puede emular (reapropiándose, desfigurando) el tono de la poesía lírica. A la posterior abundancia de material le sigue una etapa más delicada, de selección y ensamblaje. Esto aplica tanto a la escritura como al cine, donde es más evidente el trabajoso desparpajo del montaje (cortes erráticos pero muy estudiados). Así, la premisa que atraviesa el libro es honesta: una búsqueda en el archivo personal (las fechas explicitadas van de “before del 2010” hasta enero de 2025, poco antes de entrar a la imprenta) para dar con una muestra generosa de inéditos.
A simple vista, las obras de Seles aparentan un descuido amateur. En sus películas: poca o nula puesta en escena, locaciones llenas de personas desprevenidas, la cámara y su operador una y otra vez reflejados en los vidrios de autos y negocios. Lo mismo sucede con los textos, que parecen escritos con apuro, con algo de chat adolescente, mechando un inglés de agramaticalidad intencional, como en las letras de Fun People. El estilo (inconfundible y a la vez fácil y placenteramente imitable) está lleno de ornamentos pero no es barroco, en tanto no hay exuberancia, sino un ceñido recursero que se usa con rigor. Desde luego, no hay que engañarse: la construcción es siempre deliberada y responde a una lógica propia. De hecho, frases como “la nostalgia tb tiene q ser como un supermarket si o si” (con ese también que no conecta con nada, que está ahí para sugerir la continuidad de un pensamiento que no nos llega; con ese puro énfasis final que no comunica más que un estado mental y una música; con ese imperativo gratuito) son perfectas, inapelables. Son, por cierto, imposibles de apreciar por fuera del sistema; para disfrutar de Seles (como de Aira y tantos otros), primero hay que entrar y, en medio de la extrañeza, considerar las particularidades, las ideas repetidas, la semántica, los tics. De a poco, el funcionamiento de la máquina hace sentido.
Una fuerte coherencia interna en disonancia con el entorno es quizás el rasgo distintivo de la propuesta de Seles. Lo que explica su preferencia por (su casi identificación con) las construcciones desproporcionadas: enormes tanques de agua con forma de platillo volador, fachadas de castillo en negocios del conurbano, e incluso morgues, sanatorios y cementerios –elementos que se destacan del resto pero también que cargan con una imagen social negativa (por excentricidad, por kitsch, por asociación con el mal).
Los fragmentos del libro suelen poner en juego grandes emociones pero en cortocircuito. Ejemplo claro de esto es la serie dedicada a Fabricio (especie de Laura petrarquiana): “fabricio eres + fuerte q mi lavarropas y no sabes lo horrible q es eso para mi”. O también: “fabricio despreciame al menos in un sindicato no así como ahora”. Las pasiones rebotan sobre los objetos pero generalmente no motivan repercusiones, no funcionan de un modo predecible ni ceden al sentido común. Son ante todo declamativas; una oportunidad para la expresión y la escritura. Es que cuando Seles, en sus películas, utiliza los elementos del melodrama, o cuando, en sus libros, se acerca al romanticismo y a la lírica, lo hace vaciando y desactivando esas convenciones.
Hay en el libro, y en el resto de su obra, una retórica del amor propio (un hiperbólico bastarse a sí misma) que está en tensión con la salud mental. Una multiplicidad de variantes psíquicas son mencionadas una y otra vez: trastornos, bipolaridad, depresión, manías. Dice un cuarteto: “esquizofrenia tu debes ser mi aliada / avisame si un poquito me he enfermado”. El lenguaje patologizante, usado a la ligera, evidencia la desconexión entre el sujeto y lo que de él se predica. Seles –una pura manifestación, superficial y performativa– admite cualquier diagnóstico, todos intercambiables, inconsecuentes, neutralizados. Sin una esencia que la anteceda (“peuple que no tiene interior como io”), la voz poética rehuye la ficción política del individuo. De ahí quizás que tantas frases comiencen en infinitivo. ¿Quién es Lucía Seles? ¿Quién está detrás de los textos? No importa. Este complejo entramado de figuraciones subjetivas sigue una fórmula que es el reverso exacto de la literatura del yo: en vez de dedicar la escritura a la propia vida, deshacer la vida en la obra.
28 de enero, 2025

Hockey de mujer
Lucía Seles
Fadel & Fadel, 2025
212 págs.
Crédito de fotografía: Revista Rolling Stone.