• Cartografías
  • Sobrescritos
  • Pretextos
  • Secciones
  • Volver a inicio

La Sala

César Aira


Soledad Iriarte


Otra novela de Aira. Otra reseña de una novela de Aira. Al agotamiento de un proyecto que parece no tener nada más por ofrecer salvo la celebración de una gratuidad conquistada a fuerza de un imaginario de cuño propio, se superpone la anomia de una crítica que continúa reivindicando como novedad los restos de una obra que hace tiempo transita el agotamiento de sus postulados. Pensada así su obra, en conjunto –como el propio Aira insistió en ser leído–, quedarían a la sombra las particulares de cada novela y el hecho, difícil de soslayar, de que en los últimos años, en sus últimas novelas, asoma un barniz de melancolía, como si algo del pasado se hubiera vuelto al fin irrecuperable.

Su novela más reciente –siempre hay que andar a tientas con este tipo de afirmaciones, no sea cosa que alguna editorial haya publicado otra entre tanto–, La sala, propone otra forma de dar cauce a esa melancolía: la del autor frente a un texto escrito décadas atrás. Qué motivos llevaron al escritor que hizo de la “huida hacia adelante” un blasón conceptual y que se jactaba de corregir un libro con el siguiente a reflotar una novela escrita en 1996 es algo que probablemente quede sin respuesta. Es el fuera del texto que la crítica, derridianamente respetuosa, prefiere ignorar.

Claro que no es la primera vez que esto sucede –me refiero a la publicación, por parte del autor de La liebre, de una novela escrita con anterioridad. Ya había ocurrido con Lugones, novela escrita también fechada en 1990 pero publicada recién tres décadas y pico más tarde. La novedad que comporta La Sala es que, además, fue escrita en francés. Es decir que no solo Aira vuelve a un texto anterior sino que además lo traduce, se traduce a sí mismo.

Lo que es interesante de este movimiento es que, a la prosa serena, meditada, cavilosa del último Aira viene a trastocarla el desenfreno de su periodo más fecundo (si acaso puede hablarse en Aira de un periodo más fecundo que otro). Es el Aira que luego de una serie de novelas preciosas tira a la borda la calidad de la escritura. Porque no es cierto que hasta entonces no le preocupara pulir las frases. Tal vez la soltura de su muñeca no le demandara un arduo trabajo, ni requiriera de largos periodos o cláusulas para elaborar la imagen, pero no coincido –ni con el propio Aira (no el último, que en aras de desconcertar a la crítica dice haber vuelto a preocuparse por la corrección)– cuando enarbolaba una supuesta mala escritura como principio rector en sus libros. Es cierto que la falta de profundidad psicológica, la deriva alocada del relato o la proliferación de cabos sueltos atentaban contra una cierta prolijidad general, pero eso no afectaba necesariamente a la escritura. El Aira de los 90, en cambio, da un vuelco. La velocidad es ahora lo que prima, y se lleva todo por delante, incluso las frases.

Escrita el mismo año que El congreso de literatura y Las curas milagrosas del Dr. Aira, La Sala comparte con aquellas el menosprecio del verosímil (esa lógica extrema que vuelve razonable incluso el desatino más alocado) y una confianza absoluta en una deriva que avanza a trompicones por acumulación sin nexo causal. ¿Importa lo que se cuenta? Por supuesto que sí, porque aunque nunca esgrima argumentos, en las torciones de sus relatos Aira ofrece maneras de salir de los lugares comunes (incluso cuando a lo largo del tiempo esas mismas maneras terminaron por volverse un lugar común). Tal vez haya que empezar a leer a Aira como sus contemporáneos leían a Raymond Roussel: sin el abrigo del procedimiento.

Un electricista desempleado descubre, en el centro de París, un cine coreano donde se proyectan cortos en blanco y negro que consisten en planos de tumbas. En esas visitas –a las que pronto se vuelve afecto– se cruza con una anciana coreana que recuerda a Marguerite Duras, pero que resulta no ser ni coreana ni anciana, sino un francés de mediana edad, profesor de biología, que para obtener puntaje académico intenta escribir una tesis sobre el cine coreano de expiación. Bloqueado, le propone al electricista que asuma el compromiso de escribirla siguiendo un sentido común implacable: “me traba el temor de no estar a la altura, de no hacerlo bien... Mientras que a usted, que lo escribe porque sí, no lo trabará nada”.

En menos de cinco páginas ya se instala la lógica del malentendido. Y de pronto el segundo capítulo comienza así: “Estuve releyendo el primer capítulo y lo encontré bastante bien escrito”. Esta frase, sumada a cierta mirada retrospectiva por parte del narrador –que no es otro que el electricista–, sugiere que Aira hizo algo más que traducir el libro.   

Con el encargo, entonces, renace para el electricista la posibilidad de realizar el sueño dormido de ser escritor. Poco después, dos coreanos se apersonan en su buhardilla para informarle que el profesor ha muerto, aunque el acuerdo –le aseguran– puede continuar. A partir de ese momento comienzan a llevarle grandes cajas, y su nueva tarea consiste en registrar sus entradas y salidas; tarea que, ante la sospecha de una actividad ilícita, aborda mediante un método cuasi rousseliano de “disfrazar no la forma, sino el contenido”: “Inventé personajes para representar las distintas actividades que debía registrar, masculinos para los objetos que traían, femeninos para los que se llevaban”.

Da comienzo de este modo un zafarrancho imaginativo difícil de glosar si no se quiere arruinar la gracia de esta comedia de enredos que incluye a una novia coreana “cuyo discurso tenía algo de sintaxis, pero no vocabulario. Buscaba la palabra, no la encontraba, y tomaba otra dirección”, salpicada, además, por frases paradójicas como: “Así comenzó la pesadilla real. Entendí todo mal, y entendí bien: la diferencia se anulaba en la acción, en lo real”; o por los problemas al repartir de manera equitativa una herencia: “Esto procede de una cualidad implícita en la materia, que está hecha de átomos, y son muy difíciles de contar, por ser tan pequeños”. El conjunto incluye también pinceladas de poesía (“Una vez hecha realidad la fuga, los sueños me indicaron cuál era el precio a pagar por ella”), y los típicos señuelos aireanos: “El verosímil es el dispositivo para evitar la caída en el tiempo; con él, uno se queda siempre en un comienzo”.

Después de haber dado tantas vueltas al relato, tal vez Aira encontró en el retorno sobre sí mismo, sobre su propia obra, si no la manera de despertar del letargo y sacudirse la melancolía de encima, al menos una forma de escapar una vez más del encasillamiento mediante la felicidad de la invención.

28 de enero, 2025

la-sala-una-novela-francesa.jpg

La Sala. Una novela francesa
César Aira
Random House, 2025
96 págs.


Compartílo:


Para que sigamos siendo una revista semanal, gratuita y de calidad

Apoyanos

Donar

Trabajos relacionados:

Hockey de mujer

Lucía Seles
Nicolás Ricci

El valor de la novedad en el arte no responde a un capricho de la crítica, ni es, como a veces se dice, un resabio del modernismo que no termina de m...

Leer

La escritura como un cuchillo

Annie Ernaux
EnsayoJuan F. Comperatore

Al rechazar la ornamentación y desconfiar de todo aquello que embellece o singulariza en exceso la experiencia, al quitar, en definitiva, lo superflu...

Leer

Nada especial

Nicole Flattery
Magalí Di Nucci

Acumulando frases secas aunque ligeramente torcidas, sin organizarlas alrededor de un gran conflicto, Nicole Flattery......

Leer

Introducción a una verdadera historia del cine

Jean-Luc Godard
EnsayoJosé Miccio

Pasa con Godard lo que con ningún otro cineasta: el trabajo persistente y demoledor de las instituciones del conocimiento lo separó de sus colegas, ...

Leer

Suscribite para recibir novedades


2018. El diletante, Reseñas, ensayos literarios y entrevistas

  • ¡Seguinos!

Para que sigamos siendo una revista semanal, gratuita y de calidad

Apoyanos


$1000 $2000
$3000 $5000