La primera tentación, la tentación facilista, sería leer Gestos mínimos en clave bélica. Si tomásemos ese atajo retórico, y de paso abusáramos de los paréntesis, podríamos decir que María Sonia Cristoff dispone sobre el territorio de este libro las tropas de sus ejércitos (hechos de lecturas, reunidos bajo su mirada gozosamente desplazada, entrenados en el enigma de la inmensidad patagónica), y con esas milicias acomete contra sus enemigos (la letra acomodaticia, la rémora del realismo decimonónico devenida literatura fósil, la aceptación sumisa de la correntada y el derrubio contemporáneos). No se lanza a la batalla sin más, desde ya; ha invertido ingentes recursos personales, intelectuales y físicos, en desarrollar sus estrategias (escapar de los centros, anotarlo todo, buscar la alquimia discursiva, hibridar los géneros, perseguir un tono) y también sus tácticas (caminar, bregar por las distancias, repensar el tiempo y oponerse al afán productivista). Y no es, aunque por momentos pueda parecerlo, una caudilla solitaria. Se apoya en la sabiduría desinteresada de sus coroneles (una mula, una chancha, una orangutana, su propia perra), y en las conversaciones con sus generales de élite (que van desde Flora Tristán hasta Sylvia Molloy, pasando por Huysmans, Chitarroni y Hebe Uhart).
Pero lo cierto es que caer en la analogía militarista, claudicar ante el campo semántico marcial, no haría otra cosa que traicionar el espíritu de estos textos que Cristoff alumbró durante los últimos veinticinco años y que ahora se publican felizmente agrupados por la editorial de la Universidad Diego Portales, de Santiago de Chile. Habrá que buscar, entonces, otras figuras u otras imágenes para bocetar, con las imprecisiones de todo lenguaje, un perfil que dé cuenta de esta antología de ensayos narrativos tan consistente en su heterogeneidad.
Por su elocuencia y por su lejanía respecto de los campos de batalla, elijamos, entre muchas posibles, una imagen que nos ofrece el ensayo que abre este mismísimo libro, el primer texto de Gestos mínimos: ahí, pronto, en la página 20, una escritora y una mula están acostadas, una junto a la otra, en un patio de la Patagonia, debajo del cielo estrellado. Comparten algo del calor que emana de sus cuerpos y están afuera, a la intemperie, expuestas a los elementos, reacomodando sus percepciones y su modo de relacionarse con el mundo. Sobre ellas, el peso oscuro del misterio cósmico; pero prefieren fijar la vista en las estrellas, siempre tan dispuestas al ejercicio de constelar símbolos. En algún momento, una de las dos, la escritora o la mula, menciona una novela que se está gestando. Y ahí, en esa imagen, en ese momento de raigambre autobiográfica pero jamás confesional, podrían condensarse varias de las líneas argumentales y conceptuales que atraviesan todo el libro.
Por un lado, porque se honra el cultivo de una “narrativa mula”, la defensa de las textualidades híbridas, aquellas que no sólo descreen de la pureza comercialmente conveniente de los géneros literarios, sino que además militan el mestizaje, la colisión o la convivencia de los lenguajes y pactos de lectura. Las que repudian ese conjunto de convenciones estructurales y retóricas que –pese demostrar en forma permanente su agotamiento– han logrado colonizar extensos espacios del campo cultural. Esas formas anquilosadas de narrar que el crítico británico James Wood denomina “realismo comercial” y Cristoff, lisa y llanamente, “la muerte de la literatura”.
En segundo lugar, porque esa imagen implica la asunción de una postura política que consiste –en principio– en detenerse. Las dos: la mula y la escritora, quietas, fuera del tiempo mensurado de la utilidad y del rendimiento. Las dos entregadas a la contemplación del cielo. Pero ese detenerse sólo es posible si antes hubo movimiento, caminata, desplazamiento, cambios en el punto de vista y, sobre todo, variabilidad de las distancias. Porque este libro es, también, una apología de las distancias. Las geográficas y las intelectuales, las del exilio intermitente y las de la emancipación subjetiva.
Por otra parte, no hay que olvidar por sobre la mula y la escritora titilan las estrellas. Pueden parecer astros sueltos. Pero en la mirada, en el ojo que las mira, las estrellas se agremian para producir semiosis: nacen cruces, centauros, escorpiones, arcos y flechas. El cielo deja de ser un rejunte de oscuridades y brillos para hacer proliferar el sentido. Y del mismo modo funciona la lógica de los dones literarios en los ensayos narrativos de Cristoff. Como una serie de genealogías solidarias donde autores de la más diversa prosapia ofrecen sus fulgores –fulgores por lo general “mínimos”, apocados, de perfil bajo– y terminan dibujando algunas de las ramas periféricas más interesantes del árbol de la escritura. Refulgen en ese cielo, como ya dijimos, Huysmans, Uhart, Molloy, Chitarroni, y también Barthes, Apuleyo, Sara Gallardo, Josefina Ludmer, María Moreno, Osvaldo Baigorria, Ursula K. Le Guin y tantos más.
Esas constelaciones que se dibujan en el cielo de Gestos mínimos son amplias, variadas, conforman una generosa guía de lecturas. Y tienen además su reflejo, o su complemento, en la proximidad que construyen, debajo, sobre un patio austral, la mula y la escritora. Una cercanía y una calidez que nos presenta, de otro modo, los lazos, las redes que sustentan las prácticas sociales (que no son, desde ya, lo mismo que las prácticas que sustentan las “redes sociales”). Nadie escribe solo, suele decirse. Nadie está solo cuando mira las estrellas junto a una mula, podría agregar Cristoff. O nadie está solo jamás, podría acotar la propia mula. Ahí, en ese contacto con lo animal que vive la escritora, y en ese contacto con lo humano que experimenta la mula, se condensan múltiples sentidos de lo gregario y de lo histórico, esas dos dimensiones fundantes tan ajadas, primero, y tan denostadas hoy.
Por último, como coda o desprendimiento de esa imagen, de esa mula y de esa escritora tendidas boca arriba mirando el cielo, podríamos agregar que funge ya no como símbolo, sino como ejemplo del talento de Cristoff para echar a rodar una fluencia que le permite cambiar de registros, de enfoques y de estrategia retórica con la naturalidad de las mareas o de los vientos. Lo dice bien Mercedes Halfon en el prólogo del libro: “Hay una extranjería, una diversidad constitutiva al interior de cada uno de los textos reunidos acá. Esa que hace que se trate de ensayos, por supuesto, pero también, a su modo, de relatos. Algunos más fuertemente narrativos, otros en los cuales la cualidad ensayística es más intensa. La gradación de colores entre ambos registros es tan amplia y sutil, que puede llegar a confundirnos. ¿Cómo es que estaba leyendo un relato sobre la azarosa convivencia de una escritora y una mula, y de pronto estoy inmersa en una álgida especulación sobre el futuro de la novela?”. La respuesta a esa pregunta, me gustaría creer, está ahí mismo, cifrada en esa escritora, Cristoff, y en esa mula, llamada Fresca, que se han reunido sobre esta Tierra para hablar de lo importante y también de lo urgente, a la luz de las estrellas.
4 de febrero, 2026

Gestos mínimos. Ensayos narrativos sobre la escritura y otras consideraciones)
María Sonia Cristoff
Prólogo Mercedes Halfon
Ediciones UDP, 2025
220 págs.