La reedición de El pintor de delirios de Federico Ferroggiario es un acto de justicia. Por alguna razón (el amiguismo crítico, el ancestral porteñocentrismo de la vida cultural argentina), el nombre de su autor es apenas conocido fuera de Rosario y sus libros nada fáciles de conseguir en librerías del resto del país. Un verdadero despropósito tratándose de una voz que ha construido una obra tan sólida como prolífica, ajena a los protocolos cuentísticos en boga.
El volumen está estructurado en dos partes bien diferenciadas. Los primeros tres relatos (“La pierna y el juego”, “Terminal” y “Peón 4 Rey”) están situados en ambientes pequeños, con sus propios códigos internos y su proliferación de chismes. El bar aparece como lugar privilegiado en un universo donde los personajes observan, son observados y realizan conjeturas. Estos cuentos tienen algo de policial, no porque planteen un enigma a ser resuelto sino por la rigurosa construcción formal que desemboca en finales sorprendentes. Algunos parten de una situación aparentemente anodina (un hombre que no para de ganar apuestas, la llegada de una misteriosa carga al puerto) que, poco a poco, se desvirtúa hasta llegar a los límites del realismo. Están presentes, por su ambientación y por su trabajo con las posibilidades del punto de vista, William Faulkner, Juan Carlos Onetti y Miguel Briante.
La segunda parte del volumen es de ambientación, tonalidad y ritmo urbanos. No parece casual que el primero de estos cuentos, “Terminal”, se sitúe en un espacio de transición: la terminal de ómnibus de larga distancia de Rosario. Junto a “Lev Tanchevky, el pintor de delirios” y “La mansión de Sybil Vane” dibujan una “zona rosarina” que Ferroggiario prolongará en libros como Punto de fuga. Se trata de relatos tan sofisticados como los anteriores, pero con una referencialidad espacial más precisa y un humor ajeno a los mandatos de la corrección política. El abordaje de un imaginario masculino decadente y el trabajo sutil con la oralidad popular recuerda los mejores momentos de Juan José Becerra, Carlos Bernatek o Roberto Fontanarrosa.
Los personajes de estas narraciones tienen mucho de patético. Sin embargo, no están caracterizados con desprecio flaubertiano sino con una ironía más risueña que indignada. Aparecen situaciones arquetípicas (el vínculo conflictivo entre un padre y su hijo, el artista genial ajeno a toda moral) que, sin dejar de ser realistas, no apelan a los mecanismos siempre engañosos de la identificación con el lector. “La mansión de Sibyl Vane”, por ejemplo, se inicia con una situación propia del ennui indie (un joven sin proyectos que no se anima a separarse de su pareja) pero que, con el correr de las páginas, se dirige a zonas de delirio contenido hasta llegar a un irónico final feliz. Con su protagonista traductor de El retrato de Dorian Gray, puede leerse como un homenaje a esos dos realistas heterodoxos que fueron Juan José Saer y Salvador Benesdra.
Sin juvenilismos ni apelaciones generacionales, estas primeras prosas breves de Federico Ferroggiario nacieron maduras. Las complejidades formales de “La pierna y el juego”, la soltura para abordar la oralidad rosarina en “Terminal” o “Lev Tenchevsky, el pintor de delirios”, los giros inesperados pero nunca abruptos en la trama y el humor que atraviesan sus mejores páginas dan cuenta de un autor que ya encontró una voz propia que se vuelve reconocible cuento a cuento. Los comentarios con respecto a los primeros libros de autores consagrados suelen refugiarse en la condescendencia, presentándolos como el germen de la obra posterior, esa que sí valdría la pena leer. Estas prevenciones son innecesarias para El pintor de delirios, una colección de relatos que se sostiene por mérito propio y cuya reedición no puede menos que celebrarse.
4 de febrero, 2026

El pintor de delirios
Federico Ferroggiaro
2025
224 págs.
Crédito de fotografía: Damián Quaglia.