Budín del cielo, la última novela de María Luque publicada por editorial Sigilo, es simple y lleva pocos ingredientes, al igual que el postre que le dio su nombre. La historia tiene como protagonista a Rosa, una mujer jubilada que recuerda sus años como docente de matemática en una escuela primaria, es amante de la cocina, amiga de los pájaros y las flores. En ésta, su segunda novela, Luque construye un personaje entrañable con el cual es difícil no encariñarse.
¿Cómo es la vida diaria de una mujer mayor? ¿qué actividades realiza? ¿cómo ocupa sus días? ¿cuáles son sus recuerdos y cuáles sus miedos? Budín del cielo nos muestra el mundo a través de los ojos de Rosa, una mujer soltera y sin hijos, de personalidad dulce y convicciones fuertes. Está acompañada de amigos, vecinos y personajes del barrio que forman parte de su día a día. Pasa las tardes horneando budines y conversando con los pájaros que están sobre los árboles, convertida en un triángulo escaleno –por la forma inclinada en la que se sienta en la reposera: con la mirada para arriba y la nuca hacia atrás– como le recomendó el médico para mejorar la joroba de la espalda. Es una maestra innata que, aun estando jubilada, sigue buscando situaciones en las cuales poder transmitir su conocimiento, aunque sus alumnos –a los que ella siempre llamó pichoncitos– ahora sean las palomas y los benteveos. A través de los recuerdos de la protagonista descubrimos cómo fue su juventud, los novios que tuvo, la pasión por su trabajo, el amor por Sandro. También está Norma, su vecina, a la cual tiene que ayudar porque tiene problemas de la vista. Hacia la mitad del libro, aparecen Margarita, Renata y El Siamés, tres ex alumnos que, ya adultos, vuelven a su vida para demostrarle que todavía quedan aventuras por delante.
Al principio el relato avanza de manera lenta, quizá con la intención de recordarnos cuál es el ritmo de la vejez. Sin embargo, la lectura fluye. La trama está acompañada por ilustraciones y pequeños poemas que le aportan frescura a la historia. Al final de algunos capítulos aparecen dibujos de reposeras, pájaros, figuras geométricas, un retrato de Sandro. En la novela Luque mezcla sus dos mundos: el de la ilustración y la escritura, confirmando que son artes que combinan a la perfección. “Amigas: las flores cantan/ La hortensia me llama, pide que me apure/ El jazmín tiene sueño, no quiere despertarse/ ¿Y las rosas? /Las rosas se fueron temprano a cocinar un budín”, dice uno de los poemas que se esconde entre el relato. Poemas que escribe Rosa a sus alumnos, a su vecina Norma, a las flores que encuentra en la plaza. Temprano en la historia descubrimos que Rosa puede entender el idioma de las aves y las flores. Escucha a los pájaros discutir sobre el armado de los nidos, el faltante de comida por la temporada de lluvias y la preocupación por un jilguero encerrado en una jaula. Como si fuesen unos amigos que vienen de visita, ella les deja migas y semillas en el balcón, les pide que no armen nidos en sus macetas y les escribe cartas que deja apoyadas sobre las plantas. Luque juega constantemente con esa línea difusa que invita a preguntarnos si la conexión que tiene Rosa con la naturaleza forma parte de su imaginación o es el principio de alguna enfermedad cognitiva.
María Luque nos regala una novela que habla sobre el aprendizaje, invitándonos a repensar la mirada que tenemos sobre la vejez. “Margarita contaba que dibujaba los fines de semana y me los mostraba los lunes, antes de que empezara mi clase. Parece que un día le dije que eso era un poema y la alenté a seguir escribiendo”, explica la protagonista en un momento de la historia, demostrando la influencia que tienen los maestros a lo largo de la vida. El personaje de Rosa, alegre y colorido –como los dibujos de la propia autora– nos recuerda que no importa la edad que tengamos, siempre hay algo nuevo por aprender y descubrir.
2 de abril, 2025
Budín de cielo
María Luque
Sigilo, 2025
168 págs.
Crédito de fotografía: María Catalina Bartolomé.