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Cuadernos

Andrés Di Tella


Raúl A. Cuello


Observamos hipnóticamente la mano de Nana (Anna Karina) y su trazo de caligrafía perfecta en la carta del Vivre sa vie de Jean Luc Godard; poco importa lo que está escribiendo: sólo nos supeditamos a la forma que van tomando esas curvas que sincopadamente nos llevan al mínimo espacio que impone la continuidad de la sintaxis. Algo de esta fuerza hipnótica del estar haciéndose pervive en los Cuadernos de Andrés Di Tella (Buenos Aires, 1958) y que la editorial Entropía acaba de publicar en formato libro. Allí reside un ánimo tripartito, una voluntad que va desde lo 'documental' en su amplio espectro (aquí documental y espectro toman varias formas también), hasta lo fugaz de la anécdota, pasando por la memorabilia afectivo-familiar.

Qué ancho y raro es un cuaderno, qué vacío es ese espacio en donde cabe un mundo. O varios. Los de Di Tella habitan en el límite técnico que se genera entre Belgrano R y Villa Ortúzar, la calle de Londres en la que vivieron sus padres antes de ser sus padres, la India, California y, como si fuera poco, el mundo del cine que es a su vez un multiplicador de mundos. Este es un objeto que dejó caer el tiempo y que en ese caer le dio sentido, mas no orientación. Bien afirma Jonás Trueba en su contratapa que se trata de un mapa, sí, pero un mapa en el que las direcciones no son claras y por ello mismo la aventura reside en el arte de perderse. O de perder, como en el poema de Elizabeth Bishop que funciona como apertura a uno de sus escritos: "El arte de perder se domina fácilmente; / tantas cosas parecen decididas a extraviarse / que su pérdida no es ningún desastre." Y si bien uno termina perdiéndose en medio de un encuentro que Di Tella tiene con Francis Ford Coppola; en las actividades de escritura creativa de Dave Eggers o en un barrio de Madras en el que está filmando un documental, uno también termina por recobrar algo de la experiencia. Entonces así se explica, al menos en parte, por qué Di Tella lleva estos cuadernos: para encontrar un lugar en donde se pueda restituir esa pérdida.

En todo el libro se camina (literalmente, puesto que hay seis referencias concretas al acto de caminar) entre los intersticios que le permiten al escritor cohesionar distintos espacios de vida: del Diario de Perlov al de Ruiz, de los collages fílmicos de Jonas Mekas a la aventura improvisatoria de James Benning, incluyendo las costas sentimentales de su experiencia sensible, el autor de Fotografías nos arrastra con su cadencia alegre, limpia, de pulso continuo. Somos la tinta de esa estilográfica que Nana hace bailar sobre la página.

Creo que como lectores no le podemos pedir más a un texto.

24 de febrero, 2021

Cuadernos.Di Tella.Cine.jpg Cuadernos
Andrés Di Tella
Editorial Entropía, 2020
266 págs.


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