La publicación del Diario del abandono de Leopoldo Brizuela representa una doble recuperación. La más reciente es descrita por Guido Herzovich en el prólogo al libro: después del fallecimiento de Brizuela en 2019, Herzovich descubrió entre sus papeles dos borradores del mismo texto “en una bolsa roja de tela”. El primero era un cuaderno escrito a mano; el segundo “ciento cuarenta hojas tipeadas, impresas y anilladas”. Brizuela trabajaba como archivista en la Biblioteca Nacional y aprovechaba su conocimiento para ordenar su propia producción. Dado el trabajo que implicaba pasar el diario a máquina, escribe Herzovich, “tenemos que suponer que fantaseó con publicarlo”.
El diario data de principios de los noventa: Brizuela lo llevó por casi un mes, entre diciembre de 1990 y enero de 1991. En sus páginas pretende otra recuperación: la de ciertos recuerdos de su infancia que lo siguen condicionando en el presente. Recién ha asumido su homosexualidad pero reconoce que su forma de entablar las relaciones las condena al fracaso. Es insoportable con sus parejas, pesado, convencido de que lo van a dejar. Eso se vuelve una profecía autocumplida: ellos no aguantan su intensidad y efectivamente lo abandonan. “Todo el comportamiento del abandónico configura, así, una voracidad absoluta”, escribe, “una incapacidad absoluta de recibir la menor seguridad”. El teléfono se vuelve una presencia perturbadora en su casa: promete una llamada del amado que quizás no llega. Su angustia se expresa en el cuerpo: le obliga a “vagar por la casa, y, finalmente, a vomitar hasta el último grano de lo que había comido”. La catarsis que hace ahora, espera, le permitirá vincularse de otra forma. Quiere estar bien.
Las cosas rara vez son tan sencillas: la voluntad de solucionar todo con un gesto contundente no puede con las obstinadas secuelas de la infancia. Brizuela lo reconoce al cerrar el diario: la relación que esperaba salvar con su escritura no prosperó. “Solo me alienta pensar que alguna vez vuelva a sentir un amor que justifique desafiar esos miedos”, escribe. Sin embargo, algo logró con el diario: ha convertido la atmósfera amenazante de sus recuerdos en una narrativa coherente. En este libro narrar la propia vida se vuelve la hazaña del héroe que se anima a enfrentar su pasado. “El texto no es la utopía alcanzada” sino “la utopía propuesta” y “como la lucha, es, antes que nada, una misión”.
Lo que le pasa a Brizuela no le pasa a él solamente: el autor se sitúa en una cultura marcada por el abandono. Es de la ciudad de La Plata y se identifica sobre todo con las mujeres españolas e italianas de la zona litoral: inmigrantes que llegaron desde lejos y –no disponiendo de la misma libertad que los varones– muchas veces se encontraron abandonadas por ellos, solas “a la orilla de la vida, aunque su deseo sea hundirse del todo en el mar”. Es imposible la plena confianza; todas las relaciones pasan a la sombra del abandono anticipado. Es por ese motivo que la madre de Brizuela no reconoce la existencia de sus hermanos, los hijos del primer matrimonio de su padre: “teme tanto al pasado de mi padre”, escribe, “como al hecho de una traición”. Por eso, de adulto Leopoldo no tolera la ausencia de sus parejas: se vuelve, para él, una espera angustiante. El amor concede al otro un “espacio único, desterrador, tiránico”.
Su identificación con las mujeres es también literaria. A modo de álbum de recortes, Brizuela llena el diario con citas, casi todas de autoras: Djuna Barnes, Alejandra Pizarnik, Diana Bellessi. En un momento admite que el diario “surgió bajo el impulso de una lectura de dos libros terriblemente generadores”: El bosque de la noche de Barnes y Novios de antaño de María Elena Walsh. “Son como las dos alas que me prestan vuelo”, escribe Brizuela. Las memorias de Walsh en particular le tocan de cerca: su experiencia del abandono dispara sus propios recuerdos. Las autoras le acompañan en la escritura, le sirven como modelos a la hora de contar su propia historia de vida.
En enero de 1991 Brizuela aún no había cumplido los treinta años; sin embargo, ya era un escritor reconocido. Su novela Tejiendo agua ganó el Premio Fortabat en 1985 y salió publicado por Emecé; en 1988 participó en el disco Grito en el cielo, junto con los nombres más conocidos del rock nacional. Aunque su intención en Diario del abandono sea la catarsis, Brizuela no deja por eso de ser escritor. Entre corchetes, intercala a lo largo del libro análisis de sus rasgos formales, su estructura, su modo de desarrollar la narración. Ironiza sobre el cliché literario del episodio traumático que lo explica todo: “eso que vengo prometiendo desde el principio, esa noche de 1968 en que, a las dos y media de la mañana, me pasó lo peor”. ¿A quién está prometido si se trata de un diario íntimo? Si Brizuela se demora en contar el peor momento de su infancia, no es solamente “porque la escritura se vuelve vacilante, agónica, insuficiente”. La demora genera suspenso: el autor está consciente de hacer una suerte de striptease literario. Esto sugiere que Herzovich tiene razón: en plena crisis, Brizuela no dejaba de pensar en un público lector.
Esta consciencia de sí mismo no le quita ni sinceridad ni fuerza expresiva a su obra. El libro evoca el disco John Lennon/Plastic Ono Band, el esfuerzo de Lennon a principios de los setenta por sincerarse con su pasado para estar mejor en el presente. Lennon aprovechó todos los recursos del estudio de grabación para desnudarse emocionalmente; como Diario del abandono, fue una catarsis hecha en vistas a su posterior difusión. Por momentos las reflexiones entre corchetes en el Diario se vuelven el cuerpo del texto, a medida que las dudas de Brizuela se multiplican. Lejos de ser defectos, esas dudas complejizan a cada paso el relato que hace de su pasado. Deja todo a la vista en su empeño de llegar a la verdad.
12 de febrero, 2025
Diario del abandono
Leopoldo Brizuela
Prefacio de Guido Herzovich
Bosque energético, 2024
196 págs.
Crédito de fotografía: Cezaro de Luca.