En El contrabando ejemplar un narrador y protagonista que es y no es Pablo Maurette decide consumar un robo literario. ¿En qué consiste ese robo? En terminar y hacer pasar por propia una novela sobre la Buenos Aires del 1600 que había empezado a escribir un amigo suyo, Eduardo de la Puente, muerto unos pocos años antes. Pero elijo por el momento no decir más que eso –y entonces no revelarles qué ocurre cuando Pablo se encuentra con el manuscrito ni qué sucede de ahí en más– no solo porque al avanzar en esa dirección correría el riesgo de incurrir en demasiados spoilers sino porque pensé que es mejor empezar por otra cosa: por un efecto que me produjo la lectura de esta novela que –creo– dice más sobre ella que la mera glosa de su trama intrincada.
Durante los días en los que leí El contrabando ejemplar me enteré por el catálogo de una exposición que se puede visitar actualmente en el Museo de Bellas Artes que, en la Argentina, la presencia de piezas egipcias en colecciones públicas se remonta a 1842, cuando un ataúd de época tardía ingresó al actual Museo de Ciencias Naturales. Pero no fue ese el dato que me llamó en especial la atención sino el hecho de que ese ataúd había sido donado nada menos que por Juan Manuel de Rosas. También, por esos mismos días, vi en X una foto del “Coprolito de Lloyds Bank”: se trata del excremento humano fosilizado más grande del mundo, data del siglo IX y está en exhibición en un museo en la ciudad de York. ¿Cuál es el motivo –se estarán preguntando ustedes– por el cual este tipo nos está contado estas cosas? Pues bien: porque esos datos con los que me crucé azarosamente fueron dos de los varios que, gracias al desarreglo de las fronteras entre ficción y realidad que ella propicia, consideré que podrían estar mencionados, y que quizás estaban y los había olvidado, en la novela de Pablo. Hay razones evidentes para llegar a esa conclusión: ¿por qué en una novela en la que se nos asegura que “el primer cuadro de Francisco de Zurbarán” estuvo y se destruyó en Buenos Aires no podría haber una mención de ese ataúd egipcio del que Rosas fue su inverosímil dueño? Y en igual sentido: ¿por qué en una novela en la que nos enteramos de que “a cada quien le huele bien su pedo” no podría haber una referencia a ese excremento colosal, uno cuyo olor le debe de haber olido bien a su anónimo autor vikingo?
Pero la razón de que haya podido considerar que esas dos informaciones podían estar en El contrabando ejemplar no radica en esos argumentos que son, digamos, de orden temático. Esos dos ejemplos –podría dar varios más pero no quiero apabullar– refieren a un rasgo menos temático que formal –me animaría a decir: estructural– que me atrajo especialmente de esta novela: que sin ser un catálogo, una enciclopedia o un museo, y que sin acumular referencias al tuntún, nos convence eficazmente –“en literatura verdadero quiere decir eficaz”– de que puede abarcarlo todo; es decir, nos convence de que aquello que efectivamente se lee en sus páginas se abre con voracidad e incontinencia (una voracidad e incontinencia que transmigra de Eduardo a Pablo y, así, de la novela de uno a la del otro) a un afuera que de algún modo está presente en ellas. Y creo que ese rasgo es el que hace en primer lugar que El contrabando ejemplar sea ciertamente una novela, una verdadera novela, y no solamente una narración más o menos extensa. Porque la verdadera novela, aquella que con argumentos atendibles pero refutables ataca Borges en el prólogo a La invención de Morel acusándola de caprichosa e informe –vale decir, de monstruosa (retengan esta palabra)–, es no solamente una narración de cierta extensión sino una narración que, en su extensión cuantificable, postula una aún mayor que coquetea con lo infinito: todo el tiempo, todo el espacio, todas las vidas, todas las cosas. Y Maurette logra ese efecto de vertiginosa acumulación real o virtual, uno que ya estaba in nuce en sus novelas previas, al menos de dos maneras: por su habilidad para hacer necesarias las referencias a un montón de hechos, personas o cosas de muy diversa índole y porque, además, logra persuadirnos de que casi todo puede estar aglutinando en algo relativamente pequeño: por ejemplo, en una novela de 339 páginas; por ejemplo, en la clave decorativa de estilo corintio que adorna una ventana en la casa donde vivió Eduardo de la Puente cuando era niño y en la que están contenidos “dos mil quinientos años de historia”. Y así, gracias a esa destreza para extenderse como una mancha –como un charco de pis, según la imagen escatológica que propone Pablo–, la novela no solo replica el movimiento de apropiación que hace Pablo de un proyecto ajeno sino que además hace aquello que, según se asegura también en ella, sería un placer atávico de todo ser vivo: diseminarse, ya sea en el sentido de “una forma de permanencia que vence la muerte” o de “hacerse presente, marcar territorio”. En efecto, como si este artificio perspicuo también fuera un ser vivo, a la manera del pulpo mecánico de la portada que extiende sus extremidades hacia todos los lados, El contrabando ejemplar se disemina y abarca todo: en todo deja su marca.
En la primera página de El contrabando ejemplar el narrador principal, ese que es y no es Pablo Maurette, le confiesa al lector: “me cuestan los apócopes y los apodos, me hacen sentir obsecuente; falso, mejor dicho”. Más adelante, dos personajes muy importantes se saludan dos veces, la primera con los nombres que disimulan su identidad –en un caso de judío y en el otro de italiano– y la segunda con los que la revelan: Zebulão Mendes y Pietro Malaspina. Estos dos momentos en los que es prioritaria la cuestión del nombre propio –y entonces la identidad y el origen: dos preocupaciones fundamentales del libro– evidencian otra cualidad de El contrabando ejemplar que refuerza su condición de verdadera novela: lo que podríamos llamar la pasión onomástica de Pablo, una pasión que acaso se vincule con su preciso conocimiento de la obra del Dr. Tangalanga, otro fanático de la proliferación de nombres. Como lo enseñó Ian Watt en The Rise of the Novel, la novela se constituye como tal, entre otras cosas, gracias a la decisión de empezar a ponerles nombres y apellidos a sus personajes –Alonso Quijano, Emma Bovary, Silvio Astier... Eduardo de la Puente– como modo de que no sean meras alegorías o símbolos. Leer El contrabando ejemplar es, entre muchas otras cosas, asomarse a una galería de nombres propios cuya mera enunciación, más allá de los destinos individuales que en ellos se cifran, ya resulta atractiva.
Respecto de la cuestión de los nombres y la nominación, quiero ahora mencionar un breve fragmento en el que uno de los personajes más queribles, Emilse de la Puente, la tía Chiquita, está a punto de parir, y la médica que la atiende le pregunta “¿Tiene pensado un nombre?”. Pero Chiquita responde a esa pregunta con otra preocupación: “No quiero tener un bebé deforme, no quiero tener un milagro de la ciencia”.
Elegí ese fragmento porque permite pasar del nombre propio al tema central de El contrabando ejemplar, uno que ya mencioné al pasar: el monstruo y lo monstruoso; y esto porque en el centro de esta novela laberíntica está Gustavito, el “monstruo querandí”. La historia de Gustavito –de quiénes y cómo lo engendraron, de su nacimiento, de su muerte y del destino de sus restos– es el “centro neurálgico” de El contrabando ejemplar, según se afirma en alguna de sus páginas. Respecto de esa historia hay quienes, a mi entender equivocadamente, leyeron en ella la postulación de un origen y un destino funesto para la Argentina, considerando de esta manera a Maurette como un epígono de Martínez Estrada, lo que por cierto no estaría mal, o de Murena, lo que estaría mal pero no tan mal, como diría Guido Kaczka. No deja de asombrarme que se pueda llegar a esa conclusión luego de leer una novela que, por el contrario, pone una y otra vez en crisis –deconstruye, si se me permite el verbo– cualquier hipótesis determinista sobre la Argentina o sobre cualquier otra cosa y, además, insiste de diferentes formas en el carácter escurridizo de todo origen (lo mismo ocurre en Conversación en La Catedral, a la que El contrabando ejemplar cita, y en la que nunca se da una respuesta definitiva a la pregunta “¿Cuándo se jodió el Perú?”). Por mi parte, creo que la historia del “monstruo querandí” remite en primer lugar al carácter inevitablemente monstruoso no solo de la literatura sino además, y especialmente, de la autoría. Quiero decir: El contrabando ejemplar postula novelescamente el convencimiento de que la autoría es constitutiva e irremediablemente monstruosa (que, como Gustavito, puede tener una cabeza deforme, o dos, o tres...). Y así, como la novela que, en la novela, Pablo destruye porque era “un monstruo hecho de retazos variopintos, diverso y abigarrado, sin medida ni razón”, la novela que nosotros leemos, una que también, como aquella que se destruye, se llama El contrabando ejemplar, replica y acentúa esas cualidades monstruosas. Las replica, sí, pero con una diferencia fundamental respecto de aquella: que no se la destruye por su cualidad teratológica sino que, precisamente porque detenta esa cualidad de la que nada ni nadie puede escapar –“la normalidad es el grado cero de lo monstruoso”–, se la exhibe orgullosa ante el mundo.
Si en las primeras dos novelas de Pablo –La migración y La Niña de Oro– resultaba inevitable hacer el recuento de las influencias que se adivinan en su escritura; es decir, resultaba inevitable hacer ese obligado name dropping –otra vez los nombres propios– que da lustre a los autores noveles. Creo que esta vez –la tercera es la vencida– esa tarea no es en absoluto inevitable; de hecho, creo que a partir de esta novela puede empezar a hablarse de lo mauretteano: del territorio o de la macchia maurette. No obstante, me interesa mencionar al menos dos nombres muy dispares que, tengo la impresión, gravitan sobre esta novela. Hay, por supuesto, influencias más o menos evidentes: Borges, sin duda, o el Saer de El río sin orillas o de El entenado. Pero prefiero quedarme con otras. Una de ellas aparece mencionada en el libro: Manuel Puig. La sombra de Puig merodea no solo sobre algunos personajes, y entre ellos especialmente Eduardo y Chiquita, sino en el modo como, a la manera de todas sus novelas, también en El contrabando ejemplar los relatos se reproducen en varias versiones, se vuelven a contar, encarnan en diversas voces. La otra es la de Ricardo Rojas, para quien, como para Pablo, la literatura argentina, y entonces la Argentina, no empezó con las obras escritas luego de 1810 o de 1816 sino mucho antes: en la colonia. Pero además de esos nombres –Puig y Rojas– que filian la novela con alguna tradición sin por supuesto fijarla allí –nada está fijo en El contrabando ejemplar–, la novela mira al presente –y aun al futuro: por ejemplo ¡al año 3500!– e interviene literariamente en los debates sobre ciertas modas más o menos recientes que, como cualquier moda, produjeron obras excelentes, otras apenas buenas y otras olvidables e incluso ilegibles. Me refiero a la “literatura del yo” y, dentro de ella, a ese género llamado “autoficción”; un género cuyas premisas, que las tiene y que radican, no casualmente, en un cierto uso del nombre propio autoral, Pablo tuerce pero no rompe y, así, lleva a lugares insospechados.
Vuelvo, para finalizar, al comienzo, y entonces a lo autobiográfico que, según Pablo, es “una rama de la pornografía”. Hace casi dos años, luego de ver una película que a él no le gustó y a mí sí, Pablo me contó que estaba trabajando con un proyecto que un amigo de su familia, ya muerto, había abandonado. Se trataba de una novela histórica sobre la Buenos Aires del siglo XVII. Intento recordar con alguna precisión lo que hablamos esa noche y no consigo saber si fue exactamente eso lo que me contó o lo que en verdad me contó fue que estaba escribiendo una novela en la que el narrador retomaba el proyecto iniciado y abandonado por un amigo de la familia. Aunque lo pienso mejor y creo que lo que Pablo me contó fue lo suficientemente ambiguo como para que yo entendiera las dos cosas a la vez. Y así, retrospectivamente, advierto que ya en ese momento Pablo estaba poniendo en práctica la difuminación de las fronteras entre ficción y realidad –entre el adentro y el afuera del libro– que caracterizaría la novela en la que estaba trabajando. Y advierto, también, por qué motivo personalísimo le dio tanta importancia a “Continuidad de los parques” en Por qué nos creemos los cuentos, su libro de ensayos publicado en 2021. De alguna manera, entonces, esa noche del 19 de febrero de 2024, como el coprolito vikingo y el ataúd egipcio que mencioné al comienzo y también esta presentación y todo lo que yo o cualquiera de ustedes haya hecho en el pasado o esté por hacer en el futuro, estaba siendo asimilada por la literatura tentacular –por la literatura voraz e incontinente: por la literatura arrogantemente monstruosa– de Pablo Maurette.
24 de diciembre, 2025
El contrabando ejemplar
Pablo Maurette
Anagrama, 2025
344 págs.
Crédito de fotografía: Johanna Marghella.