Hay una tierra arisca: sus coordenadas fluctúan, se deshilachan en misteriosas hebras de polvo y tiempo. Y sin embargo, es de su alma díscola que nace toda su potencia virtual.
Atraída por la gran bestia negra que sobrevolaba la noche gótica, la literatura argentina de los comienzos tal vez vio en ella una estética afín: un puente, acaso, entre la llanura pampeana, los pueblos perdidos, el desierto interminable, y la incertidumbre que se descolgaba en el mundo a través de sus climas ominosos, espectros errantes, violencia sin parangón. Ahí están las atmósferas cargadas de misterio de “El ángel caído” o “La hija del mazorquero", de Juana Manuela Gorriti; o las pinceladas fantasmales del desierto de Echeverría en “La Cautiva”, por ejemplo.
La antología de cuentos Sombra terrible. 10 cuentos del Gótico Rural Argentino, compilada por Marcelo Acevedo, rastrea aquella influencia inicial, la eleva a premisa de lectura, y nos ofrece un catálogo de autores que continuarían en su huella. Desde algunas expresiones del XIX hasta la literatura actual, “la alianza entre el modo gótico y los espacios rurales”, nos dice Acevedo en su prólogo, habría extendido su linaje oscuro hasta nuestros días.
La elección de dos textos escritos por mujeres (uno a fines del XIX, el otro a principios del XX) para iniciar el volumen, de entrada sugiere una genealogía alternativa . En “El lucero del manantial”, de Juana Manuela Gorriti, el contexto histórico del Rosismo funge como el prisma que le confiere al relato una atmosfera de pesadilla. El sueño premonitorio de María, del encuentro con un hombre de características sobrenaturales, desborda los límites de la realidad a partir de un episodio en que su caballo, de pronto desbocado, la arrastra lejos del “límite cristiano”. A punto de verse sumergida en un bosque negro, donde se mueven extrañas sombras, la figura oscura del sueño se manifiesta para salvarla. En “La loca Basilia”, Ada María Eflein recrea la violencia partidaria en la ciudad de Mendoza, donde el decreto de un caudillo declara a los unitarios enajenados y, por lo tanto, susceptibles de ser “curados”.
La influencia del gótico en la literatura argentina es innegable (Cortázar supo postular, en “Notas sobre lo gótico en el Río de La Plata”, la posibilidad de una tradición local). Pero, también podemos leer la colección a la luz de cierto clima de época. El acercamiento, hace ya varios años, de la llamada literatura de género al centro de la escena ha propiciado nuevas relecturas de la tradición, abordadas en claves simultáneas. (Por ejemplo, la propuesta gaucho punk de Michel Nieva desde la ciencia ficción; o el horror de matriz lovecraftiana de algunos textos de Diego Muzzio, como dos relecturas de la literatura gauchesca). De hecho, varias de las piezas que componen la antología pueden leerse en clave, digamos, neogótica, pero también como una posible deriva hacia el weird.
En “Salamancas”, Flor Canosa basa su relato en un caso de enjuiciamiento a dos mujeres indias acusadas de hechicería en Santiago del Estero, hacia el 1700. En el calabozo que comparten a la espera del veredicto, Lorenza le cuenta a Pancha las historias de otras mujeres que, como ellas, han sido perseguidas. La extrañeza que una practica mágica introduce en las normas de una localidad llena de prejuicios, y aún controlada por la corona española, habilita, entre otras cosas, la relectura de un saber ancestral en clave de género. El horror ante lo Otro, la crueldad de la maquinaria inquisitorial, el ingreso de los cuerpos en un territorio desconocido, de violencia y degradación, pone al relato en sintonía con algunos elementos del body horror.
“Zorro cazador de leones”, de Juan Machado, continúa en la línea de textos ambientados en el XIX, pero con un giro que resitúa el verosímil histórico durante la dictadura de Juan Manuel de Rosas: hay un soldado rosista cuyas costumbres no ingresan dentro de las categorías humanas. Rescatado al principio como un cautivo, es llevado a la estancia de Rosas. El tratamiento de los pliegues de la memoria en un ser que no responde a patrones ordinarios, produce una atmosfera nebulosa, en el que el pueblo, los hechos narrados y el paisaje, aparecen velados y desvelados de acuerdo a las intermitencias perceptivas del protagonista.
En “Parrilla”, de Vicky García, una extraña maldición que ha caído sobre un pueblo olvidado, exige su tributo. La naturaleza, que se ha vuelto en su contra, lo cerca con sus fauces abiertas. Allí, la convivencia con un entorno que el signo de lo humano no puede penetrar, establece un equilibrio tan precario como inquietante. Por su parte, en “La canción que cantábamos todos los días”, de Luciano Lamberti, una familia trata de continuar con su vida luego de unas vacaciones en la que uno de sus hijos, al volver de una breve expedición por un monte, no solo ha cambiado, sino que directamente ha sido reemplazado por otro. La convivencia con el extraño, de algún modo, hace de esa tarde en que el adolescente no retorna, un intervalo que crece, como si un afuera radical se colara en el núcleo familiar.
Ramiro Sanchiz, al comentar un pasaje de Mark Fischer sobre el género weird, observa que este es, ante todo, "una forma de relación del sujeto con el Afuera", concebido como una fisura o una irreductibilidad: la cosa que no debería existir.
Lo monstruoso, en este caso desplazado hasta lo abstracto para ensamblarse en una proliferación de objetos incomprensibles, y una fauna desligada de toda representación, acecha en “Un rebaño de Quimeras”, de Juan Mattio, con una propuesta de corte especulativo. Uno de los rastreadores de una comunidad que ha sobrevivido a algún tipo de desastre apocalíptico, recuerda el relato del hombre a cargo, luego de haber partido a la caza de “quimeras”. En la historia que nos refiere, la fractura irreconciliable con el entorno vulnera los cuerpos de los protagonistas: en efecto, como buenos rastreadores, deben interpretar los indicios del paisaje ambiguo que los rodea (pueden toparse, por ejemplo, con nudos de matemática oscura dibujada en la corteza de los árboles, o murmullos de interferencia anímica). En esta zona fronteriza, donde un rebaño de animales desconocidos puede “hacer temblar el tejido” por tratarse de semejante cantidad de “materia hipersticional”, la realidad en la habitan es el resultado de un mundo que se ha duplicado.
También en la esfera del relato postapocalíptico, “Si fuera Dios este animal sagrado”, de Roberto Chuit Roganovich, nos muestra un mundo azolado por una guerra civil. Pab y Jul escapan de los ruidos de las bombas que ensordecen el valle, y del hambre que los consume, para refugiarse en una casa abandonada sobre la colina. Mientras planean como salir de la “zona de exclusión”, Jul no deja de buscar comida y, Pab, de lustrar su escopeta. El desgaste que les infringe la tierra debastada, el hambre y la sed, producen un clima de violencia inminente, el cual, sin embargo, puede lindar con cierta experiencia de lo sagrado.
Toda antología es, no podría ser de otro modo, una cartografía. La que nos ocupa, lejos de clausurar la herencia gótica en un nuevo esquema, la relanza hacia un territorio inestable, tembloroso, donde todo parece, una vez más, a punto de suceder.
11 de febrero, 2026

Sombra terrible. 10 cuentos del Gótico Rural Argentino
VV.AA.
Compilación y prólogo de Marcelo Acevedo
AZ editores, 2025
176 págs.