Después de dos planos detenidos, uno que muestra la vegetación de la yunga salteña junto a un fragmento de cielo gris, y otro de unos pimientos colorados secándose sobre un techo de zinc, La ciénaga empieza con la comentadísima escena alrededor de la pileta, desconcertante por los encuadres de los cuerpos recortados (no se ven cabezas sino torsos), el movimiento aletargado de esos cuerpos y los sonidos superpuestos (tintineos, truenos, ladridos). Nadie olvida el chirrido de las resposeras de hierro al ser arrastradas cansinamente por sus ocupantes a través del piso de baldosas. Ese piso, nos enteramos al leer Un destino común (Caja Negra, 2025), no existía. Alrededor de la pileta había tierra. Martel mandó a colocarlo para la filmación. También compró una heladera antigua por el particular ruido de su motor.
Ya desde entonces (La ciénaga se estrenó en abril de 2001) la obsesión por el sonido acompaña a la directora. Para que nos familiaricemos con su idea acerca de él, propone la imagen de una pileta de natación vacía. Adentro, los espectadores miran una película, inmersos en un fluido, el aire. Ese fluido elástico transporta la banda sonora y los diálogos de la película. El sonido atraviesa los cuerpos. Según la directora de Zama, eso son los espectadores: los tocados por el sonido. El sonido es lo inevitable en el cine. Podemos cerrar los ojos ante una escena de terror o desmembramiento, pero no cerrar los oídos.
En la teoría y la práctica de Martel, el uso del sonido aparece como una decisión tanto estética como política. Lo convierte en un aliado para escaparle a la narración clásica, porque le permite romper el esquema lineal causa-consecuencia por su capacidad para desplazarse en todas las direcciones. “Si las pequeñas partículas de sonido fueran eventos, la posibilidad de que se organicen en una línea se vuelve bastante arbitraria”.
Y un sonido fundamental para ella es la voz humana. Por eso trabaja los diálogos con una delicada sintonía para no caer en el costumbrismo ramplón, en la exaltación del exotismo o en el diálogo ordenado, prístino. Prefiere la yuxtaposición, las digresiones, una persona que monologa y se disuelve en el discurso y mezcla todos los tiempos verbales. Como el mito biográfico de Puig, de quien se dice que escribía en la cocina mientras escuchaba las conversaciones telefónicas de la madre, Lucrecia Martel también se vio influida por las llamadas de su mamá: cuarenta y cinco minutos de pasearla por temas disímiles y acribillarla con menciones a personas que ella desconoce. Sin embargo, horas más tarde de la llamada, o al otro día, le cae la ficha. Algo hace sentido. Así piensa la arquitectura para los diálogos de sus películas.
Para los fans de Martel, Un destino común contiene muchas perlas ocultas. Sobre el descubrimiento de Almodóvar: “Había algo familiar, una ironía, una ternura en lo espantoso”. Sobre los delirios de la filmación de Zama: “Quería que las gallinas tuvieran peluca y eso era carísimo y no se puede hacer”. Sobre el silencio (y su ars poética toda): “La definición más práctica de silencio en el cine es la ausencia de lo que uno espera. Es una traición a una expectativa, y eso es tremendamente útil. Creo que de lo que se trata narrar es de administrar las traiciones”. Sobre Mel Brooks: “¿de qué se ríen?”
El libro, dividido en dos secciones de Conferencias (presenciales y virtuales) y una de conversaciones con César Gonzalez, Claudia Simon y Leila Guerriero, repite algunos asuntos y frases, que saltan de una conferencia a otra y de una charla a la siguiente, sin importar el interlocutor. Por ejemplo, la afirmación de que vivimos inmersos en una cultura demasiado visual. La directora nos invita a revisar los libros de cine ofrecidos en las librerías para que comprobemos que la abrumadora mayoría habla de la luz, y poquísimos del sonido. Quizá hubiera sido conveniente “limpiar” un poco el texto para evitar reiteraciones. Tal vez se decidió en favor de la espontaneidad (después de todo son conferencias, quién no se repite a sí mismo), o se pensó en subrayar las ideas para el disperso lector contemporáneo: el libro en una mano; en la otra, el celular.
Por suerte, la tercera parte salta hacia el futuro. Mientras se documentaba para Zama, Martel encuentra en el texto de un expedicionario del siglo XVI, enviado a las ciudades mineras de Sudamérica, la metáfora perfecta para describir nuestro presente: “indios insomnes”. Nos cuesta descansar. Vivimos en el tiempo de las máquinas y las plataformas. Todo lo que era nuestro ya no lo es. “El que tiene suerte se toma un clonazepam, el que no tiene suerte, pero tiene Netflix, se encierra todo el fin de semana a ver catorce capítulos seguidos de una serie”.
Según ella, el fracaso más estrepitoso no es el económico o el social, sino el cultural. Las narrativas del cine y las otras no lograron modificar el curso de las cosas. El presente horrible que habitamos es en parte consecuencia de que no supimos lograr “una narración lo suficientemente compleja, con paciencia para las distintas perspectivas, que nos permita imaginar, dentro de la diversidad, algún sendero común”. Pero no se regodea en la negatividad y deplora la queja; propone, en cambio, inventar todo de nuevo, desde el lugar que nos toque. Un nuevo cine, una nueva narrativa, un nuevo arte, una nueva educación. Como una medida de autopreservación, nos invita a inventar el futuro próximo. En medio de tanta degradación y tantas escenas cotidianas de banalidad explícita, dan ganas de militar la arenga de Martel y ver a dónde nos lleva.
11 de febrero, 2026
Un destino común
Intervenciones públicas y conversaciones
Lucrecia Martel
Caja negra, 2025
224 págs.
Crédito de fotografía: Flor Cosin.