Se podría decir que por donde pasó Rachilde, se armó escándalo. Marguerite Eymery (1860, Francia) habitó su larga vida –murió a los 93 años en París– desoyendo convenciones y con una tarjeta de presentación en la que se leía: Rachilde, homme de lettres. Frente a la publicación en 2025 de La torre del amor, novela que salió por primera vez en 1899, y llegó a nosotros en la excelente traducción de Diego Muzzio –prologuista también– por La parte maldita, se impone revisar el derrotero de esta autora casi desconocida, de poca circulación en español. Rachilde nació en la antigua región de Aquitania, suroeste francés, y partió con su madre a París en 1878. En la capital francesa fue luego Marguerite Vallette, al casarse con Alfred Vallette y llevar juntos y adelante el Mercure de France, revista literaria y faro, a su manera, de algunos escritores de la época, como Alfred Jarry. En esas páginas, Rachilde también ejerció la crítica literaria.
Su novela El ratoncito japonés, que jamás podría estar en las bateas de libros infantiles, fue en 1923 prologada con gracia por Alberto Insúa: “El ratoncito japonés no es una novela blanca, para señoritas quince-abrileñas, ni una novela verde, para ancianos del mismo color. Es una novela roja, color de fuego y color de sangre. Turbia y espantosa por momentos, como la vida. Como la vida cuando se la ve hasta el fondo y sin pavor, haciendo uso del microscopio y del bisturí”. Pero mucho antes, cuando irrumpe con Monsieur Venus en 1884, se gana la admiración de Oscar Wilde –no pocos afirman que Wilde le debe el impulso de su obra– y problemas judiciales a pesar, incluso, de algunas reediciones “atenuadas”. Así aparece la autora en la literatura de la época: ruidosa, potente y reconocida por algunos popes de las escenas simbolista y decadentista. El mercado, hoy, bien le echaría un ojo porque: vestida como hombre, con un nombre sin género, lanza a sus personajes a la experimentación sexual profunda, indaga en sus perversiones y rompe barreras de clase. Rachilde bien podría ser un fenómeno de marketing actual.
La torre del amor se reedita en español en 1984, con la misma traducción original de Carmen Burgos, con una portada inequívoca de La sonrisa vertical y, en el colofón, el nombre de Luis García Berlanga.
Pero, por sobre el runrún, la literatura. Y de la buena. Porque La torre del amor confirma que no estamos frente a un rescate excéntrico, sino ante una novela que entra, a fuerza de lenguaje, en un territorio ominoso en el que viven dos personajes extraordinarios.
El viejo farero Mathurin Barnabas y el joven recién llegado Jean Maleux irán en su relación cotidiana, con rutinas extremas (sobrevivir es una obligación), tejiendo una historia de iniciación y de herencia, juntos en Ar-Men, faro aislado en la costa bretona. En el mientras tanto, serán espectadores de naufragios: barcos triturados contra las rocas dejan los restos de sus tripulantes, sus marineros, sus pasajeros. Barnabas parece no haber tenido más vida ni menos años que lo que se ve: es, a ojos de Maleux –gran narrador de esta historia–, alguien ya no enteramente humano. Es, más bien, una criatura que canturrea algo que parece un estribillo: Es la torre, cuidado, la torre del amor..., y está cubierto por un gorro o boina, como si hubiera arrancado la piel de un animal. Pero no. Solo al final sabremos que eso es parte de su condición: un cazador, un coleccionista. ¿Pero de qué? Entre visiones y fantasmas (no sería un faro si no los tuviera), Maleux accederá –y nosotros con él– al terrible secreto de Barnabas, con sus múltiples sentidos: tesoro, fetiche y bestialidad como únicos posibles de una reclusión de décadas, en convivencia con la muerte y con la fascinación del mar, que ofrece sin descanso sus víctimas a los pies del faro: “La noche, más espesa, te metía sus garras de terciopelo en los ojos –escribe Rachilde–. Abajo, el mar bramaba, cantando su canción de muerte...”.
El joven Maleux, refugiado durante las noches bravas en el recuerdo de una prostituta cuando aún navegaba, en uno de sus escasos retornos a tierra, en la ciudad de Brest, precisamente, conoce a la jovencísima Marie y cree que en ese encuentro hay (todavía) una promesa: “Regresaba de un largo viaje, pues había tocado la esperanza”, dice al volver a la torre. Cree que está de paso en el faro, que es solo condición para acceder, de nuevo en tierra firme, a una vida estable, a una mejor posición. Pero la esperanza se diluye y el faro pasa a ser el único destino. Ya no habrá más regresos. El faro, gran protagonista de la novela, hace nacer a sus criaturas (sus hijos-bestia) y solo los dejará ir sin vida. Llegar al faro, entrar en él, es renunciar a lo humano.
Rachilde muestra recursos notables para narrar la ferocidad de ese aislamiento: las tormentas, la lluvia, el vendaval, la soledad. Todo es acechanza. La voz de Maleux, lo que ve, lo que percibe, lo que teme, produce en la lectura una suerte de presente absoluto. Estamos, como él, con él, en un lugar del que no saldremos indemnes.
11 de febrero, 2026

La torre del amor
Rachilde
Traducción y prólogo de Diego Muzzio
La parte maldita, 2025
194 págs.