El deshielo es una novela corta escrita a cuatro manos que viene a nutrir el incipiente catálogo de la editorial Larría. Por la intensidad de la trama y por la concisión de la prosa, el efecto de lectura rebasa con mucho la brevedad del relato. Narra la historia de una joven madre, Felicitas, traumada por un pasado catastrófico y la indagación de ese pasado como una necesidad para continuar con su vida. Como un agujero negro en la biografía, ese pasado atrae la (casi) totalidad de la energía mental de la protagonista y narradora, y la obliga a intentar comprenderlo.
Felicitas viaja a Uruguay con su pequeño hijo Jaime. El hecho de que Jaime haya llegado a la edad que ella tenía cuando sucedió la catástrofe ha activado algo del recuerdo, ha hecho que se vuelva actual algo que estaba latente. Viaja para indagar lo que pueda del accidente y acompaña y se deja acompañar por un alpinista parco, hippie, paternal y cariñoso. Así va husmeando, preguntando, rastreando, menos con voluntad de saber que con el agobio de quien cumple una pesada tarea impuesta, una suerte de mandato propio o familiar. Y mientras husmea, escribe. La narración es también parcialmente una novela corta de artista, pues trata la lucha con los materiales y los procesos de creación, tal como Ernst Bloch caracterizó este género. Así construye “el diario de una huérfana. O su novela, mejor”. Continúa así con la tradición de su abuela, que también ha publicado un libro sobre su vida.
El libro que leemos, al igual que el que Felicitas escribe, son una indagación biográfica, familiar y detectivesca. La narradora intenta recuperar, de algún modo, los acontecimientos previos e inmediatamente posteriores de un accidente de auto en Uruguay que sufrió junto a su familia cuando ella tenía tres años. Las consecuencias más trascendentes de esa desgracia (también extraliteraria, real, verdadera aunque de proporciones inverosímiles), el accidente, son la muerte de la madre y la cuadriplejia del padre de la protagonista. El hecho es uno de los pocos del relato que sí están tomados empíricamente de la vida de uno de los autores. A su vez, la narración de Felicitas intenta recuperar la historia que no pudo ser: la vida no vivida, la que ese accidente interrumpió, los momentos no compartidos con la madre y con un padre de salud plena. En lugar de la vida que comenzó con ese accidente: sin madre, con un padre que no podía realizar una gran cantidad de actividades y, tal como lo describe la narradora, hija y protagonista, atravesando una prolongada y paulatina muerte durante gran parte de su existencia.
Felicitas se dirige entonces a Uruguay para indagar este acontecimiento fundacional, en términos biográficos y familiares. Quiere saber algo más sobre el auto blanco que chocó contra su familia y arrasó con la vida tal como la conocía hasta ese entonces. “La muerte es un auto blanco”, tal la frase con que empieza El deshielo. Al igual que en La uruguaya, de Pedro Mairal –narración con la que El deshielo dialoga–, esta novela corta ofrece una mirada novedosa, acida y mordaz, de Uruguay, en contraste con la usual perspectiva argentina del país vecino como una suerte de hermano menor o patio trasero.
En esa búsqueda del pasado, se derrumba gran parte de su presente, en particular las relaciones con su familia de procedencia –hermanos– y de orientación –especialmente con su ex pareja Pablo, pero también en parte la relación con su hijo–. La protagonista empieza a la vez una nueva historia de amor, llana, con el alpinista, una historia que, en apariencia, no promete durar más allá de los primeros calentamientos de los hielos invernales. En este derrumbe de los vínculos familiares caen naturalmente los ritos: “No puedo creer que esto me pase otra vez. No puedo creer que siga habiendo Navidades, todos los años, todos los putos años de mi vida. Detesto la navidad. Para mí la Navidad es el inicio de un arco que se traza sobre: ausencia aparente, ausencia evidente, vacaciones, que auguran felicidad, vacaciones que son un fiasco, regreso deprimida al hogar, evidente ausencia. Odio la Navidad”.
La trama es parcialmente espejada en diferentes narraciones cinematográficas y literarias. En contraste con la novela negra, hoy tan de moda, este relato de indagación, aunque no de enigma, es blanquísimo, aunque el cinismo y el humor son dos de sus ingredientes fundamentales. Si bien, como indicamos, hay algo del orden de la experiencia de uno de sus autores, El deshielo es en lo fundamental una narración de trama, de imaginación razonada, como decía Borges. Y esa trama se apoya parcialmente en la sintaxis del policial de enigma. En un comienzo remoto –más en el tiempo que en el espacio–, hay un acontecimiento mortal y misterioso. Y la trama cruza el presente del viaje de indagación (un viaje también al pasado) con la reconstrucción de ese pasado funesto, los acontecimientos de un pretérito viaje de vacaciones a Punta del Este. Las vacaciones, una irrupción momentánea de la cotidianidad de la existencia, se transforman en la topadora que arrasa con la vida conocida y que, en esa destrucción, da comienzo a una nueva vida.
La novela se mueve constantemente entre dos símbolos, el auto blanco y el deshielo: el acontecimiento que en un segundo cambia por completo y destruye como un rayo la existencia; La fatigosa tarea de tratar de elaborar y comprender qué pasó. La destrucción es lo más sencillo, Estúpido y banal: basta con un auto blanco. Es lo inhumano y caprichoso. La tarea humana de construir relaciones, de tejer historias, de comprender lo que pasa es compleja e infinita.
Liviana y aguda, la novela entretiene y a la vez Espolea al lector.
19 de marzo, 2025
El deshielo
Leticia Moneta y Felipe Benegas Lynch
Editorial Larría, 2024
129 págs.