Las piezas de Eliot Weinberger (Nueva York, 1949) reunidas en Ensayos elementales constituyen en conjunto un auténtico gabinete de curiosidades, un gran libro de paráfrasis de mitos, temas y arquetipos seleccionados de las más diversas culturas, donde las excentricidades se recolocan en el tablero del sentido general del mundo y pasan a ocupar posiciones de centralidad. En ellas se aparean tradiciones en apariencia inconexas a partir de una erótica documental en la que se percibe la influencia de autores como Mircea Eliade, Lévi-Strauss, Aby Warburg, Roger Caillois y otros coleccionistas del dato menor pero significativo, del detalle revelador, de la anécdota epifánica y su inserción en las grandes estructuras narrativas de la humanidad.
El viento, las piedras, el hielo, las estaciones, los insectos y los animales totémicos... todas las materias esenciales “(elementales”, según la propuesta de la antología) se convierten en objeto de examen siempre desde perspectivas imprevisibles, por momentos desconcertantes, bajo luces y lupas y todo tipo de instrumentos de la óptica intelectual y archivística ajustados con una sensibilidad a la vez milimétrica y torrencial. Estas materias se agrupan en esquemas orbitales. Uno de ellos es el “sueño”. Un listado de sueños en el Japón del siglo XIII, el sistema de signos de los sueños de los lacandones en Chiapas o las premoniciones de un puñado de soñadores nórdicos anónimos del bajo medievo: todo ello se erige como una arqueología del pensamiento sobre el sueño, una especie de prehistoria que a la vez presupone y desplaza el psicoanálisis de la hegemonía sobre nuestro acercamiento al universo onírico.
En sus ensayos se traman y tantean encuentros y solapamientos que alumbran sintonías impensadas y que invitan a imaginar un orden disidente respecto a las líneas principales de la historia cultural, como cuando hilvana un cruce sugerente entre Catalina de Siena y los aztecas, o la doble hélice del ADN de Crick y Watson con el Huai Nan Tzu, un libro taoísta del siglo II a. C.
Eliot Weinberger es un antropólogo despojado del rigor científico, entregado a las impresiones derivadas de la fascinación. Su mirada caleidoscópica convoca al ensayo la brevedad del aforismo o el haiku (“EL SÁHARA/ Las patas de los camellos dejan en la arena huellas de hoja de loto”) y la alucinación sonora entreverada en el verso libre (“jaw-guuuu el viento pasa por la selva/ y una hoja seca cae ¡dehgueh! del árbol del pan”). Su escritura es formalmente omnívora y multifacética.
Se ha repetido que la singularidad de su obra reside en el uso de la versificación poemática en el marco del género ensayístico. Si bien la apreciación es correcta, habría que señalar que su originalidad resulta más compleja de identificar y describir que su singularidad. Esto se debe a que su originalidad es conceptual o abstracta, mientras que su singularidad es formal o concreta. Paso a explicarme. El ensayo, a la manera en que lo concibe Weinberger, no explicita su tesis, no se expone como razonamiento que despliega un hilo conductor (el tema, el asunto, etc.). El procedimiento ensayístico, así planteado, resulta disruptivo con respecto a una línea de continuidad del género que podríamos trazar desde Montaigne hasta, por ejemplo, Lydia Davis. En Weinberger, es el lector quien está invitado a imaginar una argumentación que dé sentido al conjunto de los elementos que componen el ensayo. No a razonar con el autor, según las cláusulas más o menos imaginativas o interrogativas que éste le propone. No se trata de estrategias de digresión que pueden concebirse como radicales, de circunloquios, derivaciones o líneas de fuga que abren el sentido, que multiplican las interpretaciones o que proponen una “constelación” de relaciones posibles para un asunto dado, que también. Lo suyo es eludir por completo la cardinalidad de la tesis, por tanto evitar la lógica que rige el género desde sus inicios. Ahí reside, entendemos, el núcleo de su originalidad. A partir de esta constatación surge la pregunta sobre cuál es la cualidad ineludible para que un texto determinado participe del género ensayo.
Parece claro –a la luz de estos textos– que el género resiste la versificación poemática, la condensación de los formatos hiperbreves y el despliegue abundante de onomatopeyas, ya que todo ello incide principalmente en su aspecto formal. Pero despojarse del planteamiento de una tesis nos invita a asomarnos a un abismo taxonómico del que ya sabemos que no se puede salir airoso sin agarrarse al filo candente de algún tipo de esencialismo. Estos textos son ensayos, estamos abocados a concluir, porque se proponen como ensayos, circulan como ensayos y se leen como ensayos.
La originalidad de la obra de Weinberger por un lado puede atraer a los lectores que valoran los desafíos de lectura de este tipo (que operan, digamos, al límite de las reglas del juego), pero también puede resultar disuasoria, cabe advertir, para quienes acudan al género a participar de una experiencia hermenéutica más convencional u ortodoxa.
18 de febrero, 2026

Ensayos elementales
Eliot Weinberger
Traducción de Aurelio Major
Anagrama, 2025
416 págs.