Una casa puede ser un refugio y, a la vez, un interrogante. Puede ofrecer la calma y la seguridad de lo conocido o puede interpelarnos frente al paso del tiempo y hacer visible aquello que mantiene encendida la llama de una vida. La casa de verano, primera novela de Masashi Matsuie –editor del grupo Shinchôsha, responsable de publicar a autores como Haruki Murakami–, se mueve con delicadeza en esa línea. Lo que, a simple vista, parece una indagación sobre el sentido de la arquitectura es, en el fondo, un relato sobre cómo se construye una existencia.
Tôru Sakanishi, un arquitecto recién egresado de la universidad, consigue entrar como pasante al estudio Murai, un estudio boutique fundado por Shunsuke Murai, discípulo de Frank Lloyd Wright, el gran renovador de la arquitectura moderna que supo pensar sus construcciones como una prolongación del paisaje. Ese vínculo –el del aprendiz y el maestro: de Wright a Murai, y de Murai a Sakanishi– marca el pulso de la historia, que puede leerse como una novela de formación. Aprender un oficio, sí, pero también aprender a ejercer una mirada: una ética del trabajo, una relación con el tiempo y una forma concreta de estar en el mundo.
Como cada verano, el plantel completo del estudio se traslada a la casa que Murai construyó a los pies del monte Asama –un volcán activo situado a unos ciento cuarenta kilómetros de Tokio, cuya presencia impone belleza y, al mismo tiempo, una amenaza latente–, con el objetivo de diseñar un proyecto especial: la nueva Biblioteca Nacional de Literatura Contemporánea de Tokio.
En ese contexto, el equipo empieza a vivir de otra manera. El ritmo propio del verano –con sus ceremonias y repeticiones, desde la apertura ritual de puertas y ventanas hasta la división de tareas, de la cocina a la limpieza– va configurando una comunidad de trabajo que tiene algo de retiro y algo de vida monacal.
Todo esto, entre árboles –el katsura, el de pimienta de Sichuán– y aves, en el marco de un paisaje que, lejos de funcionar como un simple fondo, reafirma uno de los ejes centrales de la novela: la reflexión sobre el límite entre lo dado y lo construido.
En esa línea, pasado, presente y futuro coexisten alrededor de una pregunta que vuelve una y otra vez, con distintas modulaciones: qué hacer con lo que hay. Qué conservar, qué refaccionar, qué demoler. De ese modo, la arquitectura, tema central de la novela, aparece no solo en relación con la naturaleza, sino también como una indagación sobre el sentido de construir algo que, muy probablemente, sobreviva a quienes lo diseñan.
A su vez, hay otra zona, que se despliega a lo largo de buena parte de la novela. Una trama amorosa, que suma una capa más al aprendizaje del protagonista –que no hace su ingreso al mundo adulto solo a través del trabajo, sino también movilizado por el deseo, lidiando con sus torpezas y expectativas–, pero lo más interesante de La casa de verano no está ahí. Pasa por otro lado.
Pasa, sobre todo, por el ritmo pausado que impone la estación y su liturgia. Por la atención minuciosa a los gestos. Por la observación entendida como una forma de conocimiento. En esos detalles mínimos se sostiene la novela, que, a fin de cuentas, es una meditación sutil sobre el legado y el magisterio, sobre una transmisión que se da menos en las palabras que en los silencios compartidos; una experiencia que deja la sensación de que todo oficio, cuando se asume con pasión, termina siendo, en definitiva, una manera de pensar y de habitar la vida.
18 de febrero, 2026

La casa de verano
Masashi Matsuie
Traducción: Lourdes Porta
Prólogo de Anatxu Zabalbeascoa
Libros del asteroide, 202
384 págs.