La aparición de los primeros papeles póstumos del autor de “El síndrome de Pickwick” (si se quiere más puntuales, en cuanto póstumos, que sus collected poems) promete venir a reordenar el misterio eleusino que rodea a sus inéditos. Reordenar en perspectiva, con el tiempo. A discernir inconcusos (e inconclusos) de apócrifos. Hago memoria –seguramente mala–: una novela policial titulada El misterio de los dos pabellones. Otra, epistolar, titulada Las cruzadas. Un libro de notas de lectura, como este que aquí nos convoca, sobre el Borges de Bioy, pero practicadas por encargo (y con motivo de alguna fecha redonda) sobre Cien años de soledad –puedo dar tímida fe de la irrupción contrariada de nuestro autor en un Bonafide de Callao, viniendo de no ponerse de acuerdo con la correctora de estilo de un trust, aunque del libro en sí, sobre el que podría apostarse: Cien acaso fuera la raíz cuadrada de Tres (tristes tigres) no, no puedo–. Otra novela más, en este caso, el más atestiguado de entre sus inéditos, Miopía progresiva, anunciado, por ejemplo, en la solapa de la reedición de Siluetas (2010) y que trataría –quién sabe si todavía trata, y en el mismo battlefield de Maniobras nocturnas, de Cozarinsky– sobre los días de Chitarroni como colimba. También un largo ensayo rapsódico sobre Aira. O bien, y enumerado todo lo anterior, qué decir de este reporte o epitafio postal dirigido a un lector provinciano, en el año '21: “Por ahora sigo divirtiéndome con Cómo NO escribí algunos libros míos”. (Insidioso acorde suspendido entre Roussel y Bénabou el oulipiano y ¿George Steiner?)
“Este libro estaba entre las carpetas superpobladas y amontonadas en la computadora de Luis que su hijo, Pedro Chitarroni, me invitó a desmalezar, rescatar o descartar”, apunta Edgardo Scott en el prólogo de La ceremonia del desdén. Scott que “sabía del libro, como otros amigos, cuando [Luis] lo estaba escribiendo y prometiendo a su editor, Damián Tabarovsky (...) Pero Chitarroni, después de apasionarse, inspirarse y escribir incluso una gran parte de un libro, podía retenerlo (...) esperar un momento siempre menos inoportuno para publicarlo [que ninguno lo es]. Y así fue que La ceremonia del desdén quedó a la vez casi completo y esperando”. Dicho mal y pronto: quince años.
El apasionamiento y la inspiración (el impulso para una declinación suficiente) abastecieron en este caso a Chitarroni de una estructura para sus fugas. Una estructura que había que saber hallar (tener la acuidad) en un océano enunciativo. Más allá de comprender, rápidamente, que en la lectura del Borges, “con lentitud sedentaria nos acercamos al centro nunca imaginado de la literatura argentina”, Chitarroni había detectado (detecta en estas notas, que ahora, para nosotros, como Claricia, lo iluminan) que este l“ibro enorme, en todos los sentidos de la palabra, que suscitó en el momento de su publicación menos comentarios de los que habría sospechado” podía ser desglosado a partir de los objetos rituales –menos destemplados– de su liturgia, y que “llamar la atención sobre este libro paquidérmico (...) con este despilfarro de informes raquíticos, bien vale una misa”. (Llamar la atención, orar, para que de una vez por todas, el Borges se reedite y deje de ser un bien suntuario o adulterino.)
La ceremonia del desdén es, en tal sentido –y no a excepción, sino contra el tópico (la deferencia un poco áulica) de leer a Chitarroni como un tiro al aire– una miniatura rigurosa. Un juego de proporciones, escalas, equivalencias. Si se quiere, de seducción. Paquidérmico/raquítico. ¿Como el doctor Johnson y el esbelto Boswell? Dos hábitos adjetivales despectivos, en cualquier caso, que en su inversión de carga condensan –despilfarran, felicidades del conceptismo–la aventura. Hay otra (proporción, escala, equivalencia) poco observada en las recensiones de La ceremonia, o a la que uno no ha querido estar atento, precisamente, para darse el gusto de poder golpear la mesa con una preterición. Me refiero a la reproducción fiel (por parte de los editores) de la puntuación ¿provisional? del documento original. Que lo sea –un Word y no un autógrafo– lo sugiere, cuando menos, el relevo del guion largo por el doble (o hasta el triple) tipeo del corto al vuelo. En la punta del lápiz la raya no tiene escondite. Que ese Word no fuera corregido (o que lo fuera, mejor dicho, con la camaradería de patrocinar su incorrección) lo sugiere que las subordinadas, en ciertas ocasiones, se abran con tres guiones cortos y se cierren con dos, o viceversa. No es una especulación menor, acaso sólo errónea. Tampoco un tecnicismo insignificante. Menos que nada esto último. El paisaje de la página, desplegada su impedimenta de signos auxiliares (barras, llaves, corchetes, diples) recuerda a la transcripción paleográfica de un manuscrito, en la que convivirían, en un mismo plano o ilusión de linealidad, supresiones y adiciones, trasposiciones, variantes, sufragios, desarrollos y –por decirlo así– nudos en el pañuelo. Una transcripción –todo parece indicarlo– sin códice. El palimpsesto conjetural, ad hoc, de un procesador de textos. O bien –getting back to the point– el paisaje tipográfico de las transcripciones (paleográficas o genéticas, ahora dudo) que Daniel Balderston, por ejemplo –otro amigo de Luis– practica sobre los autógrafos del propio Borges, y “la idea de que el borrador inconcluso, caótico, contradictorio, repleto de variantes –como deduce Balderston– es para Borges el texto literario ideal”.
No se detendrá Chitarroni, pues (más arriba los llamé destemplados) en los rituales más cabales de la ceremonia, aunque tampoco –no necesariamente– en los cabalísticos. “Si por un rato nos distrajéramos –comenta– de la malevolencia personal y de los chismes y los ejercicios de ingenio, de cierta truculencia dramática y cierto escepticismo de declinación de la jornada...” ¿Entonces qué? La reincidencia y el leitmotiv interesarían otro ajuar. La instrucción sentimental (“el reducto de fantasías desclasadas”) que Silvina y Adolfito le deben al personal de servicio. La conciencia o complicidad implícita (guiños erráticos) del registro/existencia/elephant in the room del diario mismo. El lore de la curatela de El Séptimo Círculo. La ausencia de didascalias (“nunca un 'agregó Peyrou mientras tomaba un sorbo de té'”). Las intentonas de Adolfito por evitar los encuentros de Borges con su padre. Anécdotas como las que la abuela de Proust sacaba a relucir sobre Stendhal (de futilidad y desencanto). La tensión desbordada de ciertas conversaciones prudentes. El predominio y la sobrevaloración del gusto de la infancia (Stevenson, Wells). La detracción protocolar de los prestigios inobjetables. O asimismo las ausencias (vecindades o fantasmas) que se ciernen sobre el diario: Marx, Duchamp, el suicidio frustrado en Adrogué. Presentación de los dones para una asunción de digresiones. ¿O acaso escribir –como se lo pregunta Robert Walser– no consiste sobre todo en rondar o vagar en torno a lo esencial? (“Lo definitivo, ese de una vez por todas, le asusta”, comenta Jürg Amann –otro genio intersticial, como Luis–a Walser). ¿Pero cómo terminamos en Suiza? Bueno, está Ginebra, claro. “La literatura es un sistema de relaciones en movimiento, que mutan y se desplazan –anota Chitarroni–. Aunque la Argentina se haya tomado el trabajo de ignorarlo con cierta paciencia no muy ardiente”.
24 de diciembre, 2025

La ceremonia del desdén
Luis Chitarroni
Mardulce, 2025
113 págs.