Visto desde cierto ángulo, en una guerra sólo hay perdedores. En contraposición, claro, unos mezquinos intereses económicos y geopolíticos resultan siempre victoriosos y, por esto mismo, es la humanidad la que, a veces incluso sin siquiera anoticiarse, termina por desgranarse otro poco. En López López, la reciente novela del narrador, guionista y traductor Tomás Downey (Bs. As., 1984) –que en 2021 se despachó con el valiosísimo Flores que abren de noche– se libra una guerra despiadada entre el Ejército Negro y el Naranja. Ambos bandos creen tener la razón y aspiran a liberar al pueblo que –aseveran– el otro sojuzga. La supuesta meta: alcanzar la reunificación. Una forma de belicosidad civil, entonces: los otros son hermanos, pero marchando por el camino equivocado.
En este marco, López, soldado del Ejército Negro, sobrevive a un fusilamiento. Encuentra, en la barricada enemiga, un uniforme del Ejército Naranja. Se cambia con rapidez. Se calza las medias, los calzoncillos, el pantalón, las botas. Antes de ponerse la chaqueta –que, azarosamente, es de su mismísimo talle– observa el nombre cosido en el pecho: “López”, reza. Se cuelga el bolso atiborrado de cartas que yace al lado de la ropa –este otro López, al parecer, es, o era, cartero– y se entrega a su nostos: su peculiar viaje de regreso a casa y a María, su mujer.
En el periplo –que Downey narra con elaborada economía y recurrentes imágenes visuales– López, borgeanamente, irá concibiendo su identidad y su pasado a partir de ciertas narraciones que cuenta a los camaradas de turno y en las que él mismo, probablemente, termina por creer. Percibe, en un retrato fotográfico del otro López, los rasgos de aquél como suyos, aunque levemente endurecidos. Desinteresado en producir un efecto o giro sorpresivo, Downey, con tino y habilidad, se dedica al desarrollo y al tratamiento de este pasaje, tan acompasado como indefinido.
En el viaje del héroe se suceden diversos espejismos. Un primer pelotón integrado por López halla su réplica en otro (en el que, de hecho, los nombres sufren variaciones mínimas: uno es encabezado por la sargento Williams, mientras que el segundo, por dar sólo un caso, tiene entre sus filas a Wilson, encargado de explosivos). Y a este López, el del Ejército Naranja –que pertenecía, en principio, al Ejército Negro– lo espera Maira, anagrama, claro, de María. Tres cartas, de López dirigidas a M., abren los tres capítulos. Se condensan, en esas líneas epistolares, una crítica a la guerra y una apuesta por el amor que, no obstante, va mitigándose de carta en carta puesto que, en el campo de batalla no existe punto de fuga posible: “Uno acá no elige nada. Te morís o te morís”, le escribe –el otro, el mismo– López a M. (inicial tanto de María como de Maira).
En esta guerra de tintes alegóricos, en la que todos quieren disparar pero nadie hacerse cargo de los muertos, la Causa, también borgeanamente, es la misma –pero diferente– de acuerdo con qué Ejército la abrace; y la tan celebrada hermandad de armas es producto menos de un Ideal inmaculado que de los lazos concretos que, al compartir la comida, el abrigo, el sexo, el relato, se brindan cooperativamente alrededor de un fuego y de una noche en guardia. López, como le dice un personaje al finalizar la novela, encarna, sobre todo, un símbolo: de que el héroe y el traidor, el amigo y el enemigo, uno y el otro, son perfiles de un mismo rostro. Y un recordatorio: en una guerra –como lo estipulara un escritor inglés a mitad del siglo pasado– lo importante no es mantenerse vivo, sino humano.
2 de abril, 2025
López López
Tomás Downey
Fiordo, 2025
184 págs.
Crédito de fotografía: Pablo José Rey.