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Mirlo

Guillermo Saccomanno


Tomás Villegas


Cierta estirpe de escritores alza la pluma para acechar una verdad. Cualquiera sea el registro o el género –la narrativa, el ensayo, el diario– persiguen un gesto, un vestigio, que condensaría una esencia inalterable, el rostro previo a la hechura del mundo. Guillermo Saccomanno (Buenos Aires, 1948) suele escribir desde sus mismísimas entrañas para extenderse hacia el espejo refractario que son los otros, y sobre el cual la breve epifanía puede llegar a manifestarse. En tal caso, allí estará el hacedor de El buen dolor, claro, un auténtico escritor, es decir, alguien interesado en la experiencia –por minúscula o altisonante que sea, lo mismo da–, para transformarla, fundamentalmente, en literatura.

En Mirlo. Cuadernos de la amistad, su último libro, Saccomanno se dedica a reflexionar sobre un lazo tan próximo como inescrutable: la amistad. Sobre el amor viril que supo cultivar en las últimas tres décadas con un puñado de hombres y una mujer en Villa Gesell, ciudad costera en la que eligió refugiarse de los vicios de Capital –y desde la que se pregunta, obsesivamente, si tal cosa como elegir el lugar donde morir es, en efecto, posible–. Desconfiado del la memoria y el lenguaje, Saccomanno se pregunta cómo pergeñar un retrato verdaderamente fiel de sus amigos. Tal vez se trate –y en esto hay cierta continuidad con su diario anterior, el bellísimo Los días Trakl– de capturar determinado gesto antes que de insistir en una descripción supuestamente total; de asir la figura, en términos de Wittgenstein, que asciende a la superficie y que, desde el semblante del colega, Saccomanno es capaz de asir y contemplar. Ahora bien, transfigurar en lenguaje articulado ese pequeño milagro es, desde luego, otro cantar. “El secreto de la escritura, me digo” –confiesa el autor– “consiste en aceptar de antemano el fracaso de no conseguir la captación de un matiz y, no obstante, intentarlo, la birome, el cuaderno”.

Como si intentara la continuación de un dialogo trunco –porque la mayoría de sus compinches han muerto– el autor interpela de cuando en cuando a uno u otro amigo. Sabe que, en cierto sentido, la escritura supone una pequeña resurrección y aprovecha, así, a convertir en partícipe al lector de este ritual: es que la amistad y el amor exigen, afirma, lo que reclama, también, un verdadero libro.

Como muchos de sus personajes, estos seres, antes que haber arribado concienzudamente a un lugar (aquí, la zona costera), escapan, en verdad, de un territorio de origen puesto que son, en última instancia, exiliados y fugitivos de sí mismos. “Quizá la dificultad no consista tanto en ser residente o visitante” –sostiene– “sino en que nosotros, por más que persistamos en creernos de acá, por debajo, socavados por la influencia del pasado, consideramos el presente como lugar transitorio, distante y efímero a un tiempo”.

Entre los camaradas del autor se halla Juan Forn, el escritor que falleció en junio de 2021 y que había decidido abandonar las mañas capitalinas allá por el 2003, aquejado por ciertos achaques de salud para instalarse en Villa Gesell. La amistad con Saccomanno prosperó rauda, a pesar de ciertas tensiones y discusiones inevitables, por cierto, a toda relación en la que verdaderamente hay algo en juego. El vínculo con Forn es elocuente respecto de los alcances literarios. Un primer encontronazo –cuando Saccomanno le envió una novela al entonces novicio editor de Emecé– había marcado, y no de la mejor manera, el inicio de la relación. Una distancia de clase, por otro lado, generaba chispazos que azuzaban al autor de La lengua del malón, pero que, con el paso del tiempo, el mar y, sobre todo, las lecturas compartidas, supieron forjar una estima que encontraba en sendas bibliotecas un justo complemento de pareceres, autores, sensibilidades.

A mitad de los cuadernos, Saccomanno retoma una escena inolvidable. A cuatrocientos kilómetros de distancia, uno internado en la guardia de una clínica bonaerense, el otro, en la del hospital de Mar del Plata, conversan por teléfono conectados al suero. Hablan, desde ya, de literatura. “Siempre nos habíamos reído de la perspectiva de la realidad desde la ambulación de una camilla” –recuerda– “la visión de los pasillos de una clínica acostados bajo luces blancas que se desplazan vertiginosas. Los que están parados o caminando a tu lado te miran desde arriba con una curiosidad compasiva. El acostado pasa cada vez más rápido”. Varados en Villa Gesell hace décadas, el autor y sus amigos son, antes que hombres de mar, seres a la deriva. Y si Saccomanno escribe sobre ellos, y en particular sobre los que ya no están, tal vez sea menos para revivirlos que para aceptar su partida, que es, al mismo tiempo, el modo de aprender –escribiendo– a irse uno mismo.

Mirlo. Cuadernos de amistad.jpg Mirlo. Cuadernos de la amistad
Guillermo Saccomanno
Seix Barral, 2024
144 págs.


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