El pasado es lo irrecuperable que paradójicamente nos habita. Enlazado a la palabra, contiene en sí una materia con la que de un modo u otro, queriendo o sin querer, estamos permanentemente en contacto, porque es con ella, en relación a ella, que vamos componiendo y recomponiendo ese relato inestable, siempre provisorio, de lo que supuestamente somos. Lo que vehiculiza y produce esa materia es la memoria, ese fenómeno precario, dinámico y variable que, en razón de sus selectividades y manipulaciones, acaba siempre hablando más de quien la ejerce que del pasado al que pretende aludir. En este sentido, podemos decir que lo recordado importa menos por su fidelidad a lo ocurrido que por su gravitación en quien lo invoca, lo que convierte a la materia del pasado en algo vivo, que tiene una incidencia cierta en la trama del presente.
Si hay un artista que ha operado en su obra de manera insistente con esa materia, concebida de ese modo, es decir como algo personal que sea más que un mero testimonio de lo vivido, es el cineasta y escritor Andrés Di Tella. Aparece como el componente principal de sus documentales (sobre todo en Ficción privada, Fotografías, 327 cuadernos y Mixtape la pampa) y reaparece ahora en este libro, que es antes que nada la reconstrucción por escrito de algunos momentos del final de su infancia y de su juventud en Inglaterra, incluido un intervalo de tres años en Argentina. Igualmente, aun pese a que su materia es principalmente el pasado, no se trata de un libro de memorias, en principio porque tanto su estructura como el tratamiento del material es novelístico, y porque, además, como ocurre en sus películas, de lo que se trata no es de recrear su propia vida sino de articular un artefacto artístico a través de la indagación de cuestiones personales que lo interpelan.
El disparador es en este caso un inesperado mensaje de su mejor amigo de la infancia, George-Henri, alguien de quien no ha tenido noticia desde hace más de treinta años. Por algún motivo que queda inconfeso, propiciando un suspenso que se transfiere a la trama general del libro, el narrador Andrés Di Tella posterga la respuesta. En su lugar, como si la sorpresiva irrupción de este “aparecido” hubiera encendido el motor ya algo oxidado de la memoria, se entrega a la práctica de escribir acerca de esos años en Londres en los que fueron amigos, un período que va del 69 al 73. Como si acaso fueran capítulos de una novela, elige narrarlos a través de escenas perfectamente delineadas, que condensan en anécdotas elocuentes instancias para él relevantes de ese momento. Trazando lo que pareciera ser un mapa de referencias, lo que rememora da cuenta sobre todo de descubrimientos (deslumbramientos) que lo marcaron: Tintín, los Monty Python, la visión alucinante del vuelo de un avión en miniatura, la pasión compartida del fútbol, la “ideología de la amistad”, la llegada del hombre a la luna y el encuentro habitual en su casa, siempre abierta por la disposición fraterna de su madre, de personajes tan notables como Marta Minujín, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Jorge Lavelli, Fernando Henrique Cardozo, Daniel Cohn-Bendit y Al Alvarez, entre muchísimos otros. También, claro, hay lugar para afecciones negativas, como haber recibido un insulto racista (“Facking wog”) que lo hace tomar conciencia de lo que supone para algunos tanto su condición de extranjero como el color de su piel.
Su amistad con George-Henri se interrumpe de manera abrupta en el 73 cuando se va a vivir a Argentina, donde permanece cuatro años, hasta que en el 77 sus padres los mandan de vuelta a Londres para resguardarlo de los estragos de la dictadura. Carga consigo las secuelas del impacto que le han producido el secuestro y la desaparición de su amigo Pablo Fernández Meijide y algunos amigos de su hermano, replicado en el padecimiento de muchos otros.
Siendo que ya no es un niño, los descubrimientos del segundo período londinense son de otro orden, pero tan o más gravitantes en su vida (e incluso en su obra) que los del anterior. La efervescencia cultural de los 70 le ofrece un amplio espectro de disrupciones, y a ese proceso desestabilizante se acopla la figura tutelar de un amigo de sus padres, personaje notable que pareciera haber hecho de sí mismo una obra de arte ambulante. Por iniciativa propia, este personaje asume su instrucción estética, implicándolo en sus experimentos documentales y entregándole a modo de legado dos libros que lo ponen en contacto con un universo totalmente desconocido: Warhol de Peter Gidal y Kitsch, una antología del mal gusto de Gillo Dorfles.
Del libro acerca de la obra de Warhol le atraen sobre todo los relatos de sus películas, y eso, la vinculación fantasmagórica que establece con un material que todavía no ha visto, tiene una gravitación determinante en sus documentales. A tal punto es así que llega a decir: “a veces creo estar, todavía, tratando de reproducir esas películas imaginarias en mis propios intentos cinematográficos”.
Algo parecido le ocurre con los recuerdos que relata en este libro: más que revivirlos, lo que le interesa es establecer un vínculo provisorio pero intenso con sus fantasmagorías y, en última instancia, sondear lo que le pasa en relación a esas inexistencias. Saber por ejemplo qué le ocurre respecto al fantasma de George-Henri, ese lejano amigo con el que se reencuentra en su regreso a Londres, y a quien, para su asombro, encuentra transformado, tanto que le resulta monstruosamente irreconocible.
El enigma del comienzo de algún modo se resuelve, pero para dar lugar a un enigma aun más extenso, porque el misterio en torno a la transformación de su amigo es de una opacidad casi absoluta, tan irresoluble en todo caso como el misterio en torno a sí mismo que parece habérsele revelado a partir del divorcio por el que transita luego de treinta años de matrimonio. ¿Es acaso por eso que, como si estuviera en juego la posible disolución de su existencia, se ha embarcado en este ejercicio de evocación y exploración de su pasado? No lo sabemos, porque en este juego de resonancias y afectaciones mutuas todo es posible, y en todo caso queda al lector la tarea de atar los hilos de esta historia como mejor nos parezca. Las puntas por cierto son muchas (su infancia y su juventud en Londres, las mutaciones propias y las de su mejor amigo, su familia y en particular la figura excepcional de su madre, sus referencias artísticas y culturales, la Argentina actual y la de la dictadura, la internalización de la discriminación y la actualidad permanente de los discursos de odio, el divorcio de sus padres, e incluso ese fuera de campo que es el presente tormentoso por el que transita), y lo que se propicia en todo momento es la transversalidad de conexiones, entendiendo que ahí, en los cruces inesperados, es donde pasa lo que generalmente pasa desapercibido. Que los hallazgos adquieran en este libro la forma de un interrogante es una muestra clara de su inteligencia, que se traduce en amabilidad en tanto le ofrece al lector ser parte del asunto. Pero nada de esto, claro, sería posible sin un andamiaje formal, y en este sentido cabe subrayar que el dispositivo de abordajes múltiples que articula este libro funciona y se sostiene por el montaje preciso de sus motivos principales y por la calibración ajustada de una escritura que combina suspenso, imágenes memorables y tensión narrativa, para dar lugar a una historia tan atractiva como sugerente.
El parentesco de este libro con sus documentales es evidente, y queda en este caso demostrada una vez más la capacidad de Andrés Di Tella de componer artefactos abiertos de alta densidad significativa y emocional. Existe sin embargo una diferencia considerable, generada por la tecnología de la escritura, que este libro expone de manera palmaria. En el presente de la escritura el pasado no sólo se actualiza, también se torna levemente ficticio, y en ese juego equívoco revela los dobleces y las veladuras que lo habitan. Adquiere de ese modo un espesor insospechado, que dice sobre el presente (personal o colectivo, de quien narra o de quien lee) bastante más que lo que dicen las extenuadas y agobiantes discursividades del propio presente.
6 de mayo, 2026
Prueba de cámara
Andrés Di Tella
Entropía, 2025
262 págs.