Rombo, la nueva novela de Esther Kinsky (Renania, 1956), tiene como tema central los terremotos ocurridos en la región de Friuli, noreste de Italia, durante mayo y septiembre de 1976. La escritora toma como motor estos dos movimientos de la tierra para crear, mediante una sucesión de entrevistas y entradas enciclopédicas, una obra que, recurriendo a la memoria de siete sobrevivientes, cuenta –o intenta contar– la magnitud que tamaña tragedia tuvo en la población.
Al principio, Kinsky nos pasea por el territorio utilizando un lenguaje obstinado en describir –casi a la manera en que un mero cartógrafo lo haría–, la geografía: ríos, montañas, extensiones y declives. Con cualquier otro libro, el lector puede tener la expectativa de que con un par de páginas de detalles la fotografía aparezca. Sin embargo, aquí, la autora, por algún criterio muy suyo, y a riesgo de hacer surgir el tedio, toma la decisión de ensañarse largamente con las particularidades topográficas de la región, lo que podría hacernos pensar en alguna bitácora de viaje de un siglo y medio atrás, tal como la expedición del perito Francisco Pascasio Moreno a la Patagonia o símil, aunque sin tamaña proeza por contar. Finalmente, el fragmento, la imagen, pareciera verse, pero el mapa total, no. Cabe preguntarse si este efecto es algo buscado, voluntario. Los terremotos desunen, derrumban, provocan restos y desorden; caos que, si bien total, puede parcializarse por sectores. ¿Quiso la autora, con este texto, emular una sensación similar a la de rocas superpuestas, escombros a los que la casualidad surgida de una desgracia termina uniendo? No parece ser este el caso, pues el libro en su totalidad resulta previsible y ordenado. En él encontraremos apartados de corta extensión dentro de siete partes generales que los contienen. La principal temática la constituyen los testimonios en primera persona de algunos sobrevivientes. Estas entrevistas, que rememoran, tras muchos años, la tragedia –y que son la constante a lo largo de todo el libro, hasta el final–, se intercalan de manera reiterada por subdivisiones, demasiado breves para llamarlas capítulos, de cuatro especies: leyendas del lugar, costumbres, descripciones de fotografías y artículos del estilo “Composición; tema: La vaca”, en las cuales se describe enciclopedicamente la flora y la fauna (v. gr.: “El eléboro retoña bajo la nieve y es la primera flor tras el invierno...”; “La víbora es una serpiente venenosa autóctona. Encuentra cobijo en los numerosos huecos y grietas de las rocas.”).
Casi al final del libro, se lee: “Un terremoto es como si algo formidable se moviera en sueños. O como si un gigante sintiera malestar mientras duerme. Y, al despertar, engendra un nuevo orden de las cosas en el mundo”. Sin embargo, en Rombo estos fenómenos naturales no son utilizados para construir un texto errático e intrigante, confuso o alborotado, sino lo contrario. De alguna manera, la autora intenta poner en orden ese nuevo orden al que los terremotos dan lugar. Clasifica la variedad; muestra categorías. Kinsky también parece decirnos: “Ponemos a las personas con sus memorias por aquí, a los animales de la zona por allá, y estos de más acá son los mitos”.
¿Podría esto resultar entretenido de leer? ¿O tal vez un desafío de lectura? Sí, ambas cosas. Pero con Rombo no sucede ni lo uno ni lo otro. La ocasión no se aprovecha; se desperdicia. Dejando de lado el hecho de que las historias de los sobrevivientes resultan finalmente muy parecidas entre sí, no encontramos prácticamente conexión entre ellas, como tampoco desarrollo ni diferenciación. Son siete las voces entrevistadas, siete voces demasiado cercanas, a las que, por momentos, una cierta intención literaria al hablar de sus memorias las convierte en expresiones forzadas.
En tiempos en los que la creación resulta más fácil y accesible, ya por los recursos culturales y tecnológicos disponibles, ya por alguna otra circunstancia ajena al ámbito artístico (en las primeras páginas del libro la autora agradece el “generoso apoyo del senado de Berlín” para la publicación), deberíamos poder librarnos de la posibilidad de que, mientras leemos un texto, se nos aparezca la imagen del escritor o escritora frente a su portátil, buscando en internet definiciones que copiará y apenas intervendrá, o, en el mejor de los casos, y el más romántico, partiendo en dos la pesada enciclopedia británica para informarse sobre si el chotacabras deposita sus huevos sobre el suelo o dentro de un nido.
El vocablo rombo designa, aparentemente, el estruendo que antecede a un terremoto.
En Rombo, la novela, no encontraremos ruido grande ni chico. La promesa de una sacudida literaria de la mano de la multipremiada escritora paga apenas con un aburrido remezón.
19 de marzo, 2025
Rombo
Esther Kinsky
Traducción de Richard Gross
Periférica, 2024
256 págs.