La urna con las cenizas va por las calles de la ciudad costera. En andas, un hombre lleva los restos de su madre al mar, para arrojarlos torpemente en el oleaje. Después, vuelve, se sienta en un bar y deja que la memoria recupere esas calles, esos edificios, con los ojos de la ausente, en un homenaje silencioso.
La despedida final, como ocurre muchas veces, marca el inicio del relato.
Sin embargo, en Sobre un cuerpo ausente, la narración rompe la usual retrospectiva para poner en primer plano la voz de la protagonista, a través de cartas que, sin fecha pero ordenadas cronológicamente, se dirigen a una amante, otra mujer que apenas conseguimos imaginar, destinataria de esa especie de crónica y confesión que, carta a carta, despliega la mujer que firma E.B. (que modificará esa firma, al final, en un repliegue hacia las formas establecidas); una crónica que da cuenta de los años de la dictadura, pero que para ella será un período de límites no históricos, sino familiares: se inicia con un resistido abandono de la ciudad frente al mar para instalarse en La Plata (“¡Una ciudad de pobres”!), y dura los años de formación de su hijo –Toti, también llamado el Franchute– en el Liceo Naval. Esas cartas tienen la entonación del diario íntimo, reforzada por el hecho de que son cartas no respondidas. Apasionadas al principio, van haciéndose distantes, y permiten que emerja con toda su fuerza la subjetividad más compleja de la novela, la de esa mujer cuya lectura de la realidad política es aquiescente o resignada, la mirada de quien comparte con la dictadura nociones generales de clase que no está en condiciones de cuestionar, subyugada por un mundo omnipotentemente masculino, como queda claro en la carta exasperada que narra el encuentro sexual con el Almirante, escena que es al mismo tiempo gesto de autoafirmación y síntesis del credo de la clase dominante argentina: la recursividad de la antinomia nacional Civilización-Barbarie.
En contrapunto con este epistolario, la crónica de los años del hijo en el Liceo naval está narrada en tercera persona; en ella lo escolar no pasa por lo académico, sino por la construcción de una masculinidad rancia, de un “nosotros” que pone enfrente a las mujeres, pero que también define los límites entre los “civilacos” y los militares. Porque el método pedagógico es simple y se resuelve en la dinámica Superior-Subordinado: año tras año, los cadetes son educados en el arte de soportar la vejación, a la espera de la recompensa que supondrá, para los que resisten, poder ejercerla sobre los subalternos futuros. Aquí estar ausente es haber faltado, es haber cometido una falta. En este sentido, el hecho de que la novela transcurra, en parte, durante la guerra de Malvinas, y el hecho sorprendente de que los cadetes del Liceo no hayan sido llamados al frente, que no hayan entrado en combate, señala una ausencia de otra naturaleza, falta moral que parece vivirse como castración, puesto que “coger con una chica...” y “matar un inglés” se aúnan en la fantasía mutilada de los cadetes.
Sobre un cuerpo ausente se cierra con un regreso de Toti, el Franchute, al Liceo, “a donde todo comenzó”, para hallarse allí como un extraño, en medio de la decadencia de las instalaciones, en las que se ejercitan obstinadamente gestos del pasado; en perfecta armonía con la entonación elegíaca del comienzo es, de hecho, la coda del inicial “regreso de la madre” a su ciudad de origen.
La prosa depurada de Duizeide se vuelve punzante cuando recurre al léxico de la navegación, lúcida cuando incorpora citas de la literatura y el rock nacionales, sorprendente cuando encuentra la voz femenina; su ritmo sintáctico, que sabe adoptar notas melancólicas, puede también llevar la lengua hacia el delirio. El equilibrio resultante de esta verdadera travesía verbal convierte a Sobre un cuerpo ausente en un relato de la memoria, en discusión con la historia y la tradición argentinas, y en una novela de enorme belleza, formal y simbólica.
14 de enero, 2026

Sobre un cuerpo ausente
Juan Bautista Duizeide
La flor azul, 2025
248 págs.