En una conferencia de 2006, Morábito dice: “la poesía es la forma en que un pueblo se pone al corriente de la diversidad de lenguas que lo rodean [...] un secreto diálogo con esas lenguas” y esta frase puede pensarse como descripción de un escritor que eligió (¿?) escribir en otra lengua que la natal. Y unos minutos después, para ilustrar su experiencia, cita estos versos “Puesto que escribo en una lengua/ que aprendí,/ tengo que despertar/ cuando los otros duermen [...] escribo antes que amanezca,/ cuando soy el único despierto/ y puedo equivocarme/ en una lengua que aprendí”, que aparecen en esta edición aumentada de Un náufrago jamás se seca publicada por Gog & Magog. Fabio Morábito nació en Alejandría en 1955 de padres italianos y vivió allí hasta los tres años, luego en Italia hasta los catorce. A esa edad sus padres deciden instalarse en México y desde entonces vive en ese país.
Volvamos a esos versos que Morábito lee en esa conferencia: “escribo antes que amanezca cuando soy el único despierto y puedo equivocarme en una lengua que aprendí”. En ellos aparece no solo la posibilidad de un equívoco –algo que en la conferencia cuenta que le fue señalado por el editor, ya que podría decirse que todas las lenguas se aprenden–, sino, sobre todo, que la elección de otra lengua para la escritura evidencia un estado de relación, de diálogo y de desplazamiento. El autor deja su italiano natal y ese movimiento puede rastrearse en los poemas de Morábito. La primera de las seis partes en que está dividido el libro termina con estos versos: “Adiós, moderno Ulises,/ adiós, adiós a todos,/ a ti, ciudad penélope,/ que al acabar tu tela/ te volverás un monstruo!”.
A la vez, esta mudanza –“Dejo que la mudanza/ se disuelva como una fiebre,/ como una costra que se cae,/ no quiero hacer ruido”– implica el arribo a nuevos lugares y por lo tanto a una nueva materialidad. El muro, los muebles, la casa, las ciudades son elementos constitutivos de sus poemas. El muro como la materialización que delimita el espacio vital: “Voy a quedarme aquí/ despacio,/ nativo y pobre,/ viendo el terreno cómo es,/ no imaginando nada,/ ni un muro, ni un ladrillo,/ a oírlo todo/ hasta saber/ dónde ha de doler menos/ una casa,/ dónde es mejor poner/ la piedra del comienzo”. La casa como ese lugar que se apropia, al igual que la voz de una lengua elegida, y la ciudad como espacio en que la relación con esas otras voces se realiza. Como lo expresan los versos del poema “Ciudad de México”: “y si al hablar cometo/ los errores de todos,/ me digo: soy de aquí,/ no me ensuciaste en vano”.
A la vez, la casa como lugar buscado también da cuenta del desplazamiento de esta voz. Morábito produce un movimiento en el que visita espacios y se instala con la impronta de quien viene de lejos generando unos versos a partir de lugares cotidianos que son producto de la fragilidad de un viajero. Una fragilidad de lengua y de lugar. Elegir la extranjería como espacio de escritura produce una inestabilidad en la que la voz, en tanto experiencia consciente y elección constante, se pregunta, entre otras cosas, por ese lugar de lengua reservado a lo más íntimo que en su caso es el italiano. ¿Qué pasará con aquellas experiencias vividas en un idioma si este se pierde en el tiempo? “Así, si tú te vas,/ idioma de mi lengua [...] ¿con qué palabras/ recordaré mi infancia,/ con qué reconstruiré/ el camino y sus enigmas?”.
De esta manera esta voz en viaje hace que ese espacio íntimo de lengua viva más intensamente porque está en relación con ese otro espacio de escritura que es el español. Ese desdoblamiento produce una tensión que es tema y por lo tanto diálogo que acompaña todo el recorrido de este libro que contiene poemas escritos entre 1984 y 2024. Cuarenta años de escritura que orbitan en torno a esta decisión fuerte y rica. Fuerte porque, si pensamos a toda lengua poética como dialecto en disputa con una lengua dominante, necesita para seguir viva de una apuesta de escritura constante que la sostenga; y rica, porque genera un estado de relación que le exige una búsqueda permanente, le demanda lucidez interpretativa y de creación. Un nuevo puerto con una nueva lengua que se decide apropiar para la escritura es una apuesta radical que el recorrido realizado por Morábito deja en claro. Se escribe en la nueva lengua que se aprende de otra manera que la primera, la natal, para hacer qué, con qué ilusión, conociendo algunos temores y descubriendo otros. Seguramente ningún recorrido de los muchos que hubo de autores que eligieron cambiar de lengua ha sido igual. Algunos han elegido e intentado escribir como un nativo, otros dejar marcas de escrituras como acentos y otros más extremos tartamudearon en esa nueva lengua.
Cité en el primer párrafo versos que hablan de un “moderno Ulises”, versos de 1984. Cuarenta años más tarde, en el último poema de este libro aparecen Ungaretti, la guerra, la violación, la búsqueda de hermandad y el desasosiego. El viaje en marcha y la elección de lengua hecha confirman el estado de tensión de esta lengua poética que en estos versos recupera una historia y, a través de un autor, una tradición para leerla y escribirla desde este presente: “porque no hay donde guarecerse/ ya, donde esconderse,/ y solo queda correr y correr/ como un rebaño de cebras”.
7 de enero, 2026

Un náufrago jamás se seca
Fabio Morábito
Gog&Magog, 2025
218 págs.