Vidas en tránsito lleva por subtítulo Historia íntima del pasaporte y es, en efecto, una historia del pasaporte en sus múltiples dimensiones (jurídica, ontológica, tecnológica), aunque también podría subtitularse: Historia de una manía. O varias. Porque el de Mertehikian es un libro de manías.
La primera, acaso la más evidente, es la manía coleccionista. A partir del interés por un detalle en la trama de Madame Bovary (la mención de los pasaportes como umbral burocrático del deseo de fuga de Emma y su amante), el narrador investiga la historia de los pasaportes en la Europa del siglo XIX y, hurgando en la colección de manuscritos y libros raros de la Universidad de Harvard, encuentra el pasaporte de quien será el protagonista del primer capítulo de su libro: George Francis Train. Si en el nombre de la rosa está la rosa, en el nombre de Train está el tren, porque su pasaporte le sirve a Mertehikian como disparador para reconstruir la biografía de este verdadero trotamundos que amasó una fortuna en el comercio marítimo y terrestre de mercaderías, y además de entregarse a una irrefrenable manía viajera, mostraba visos de cierta megalomanía: con sus viajes, decía haber inspirado ni más ni menos que La vuelta al mundo en 80 días de Jules Verne.
A partir de ese descubrimiento, recortándose sobre el telón de fondo de un mundo con controles fronterizos cada vez más estrictos, inicia la aventura arborescente del narrador, que nos adentra en una red de bibliómanos, coleccionistas y vendedores de antigüedades. Consciente de la pérdida de la aventura en el mundo moderno que describió Simmel –aunque se cuida de mencionar esta referencia y otras que harían de su texto un ensayo menos narrativo que académico–, Mertehikian reconoce, con sutil autoironía, que la suya no es una aventura a la Verne, sino más moderada: “solo conseguí detalles que no armaban un misterio”, “No iba a cansarme nunca de detectar conexiones prescindibles, de ser un detective sin ningún crimen que resolver”. El narrador compra, casi compulsivamente, pasaportes en internet y, como un funcionario de aduanas, escudriña pasaportes en la biblioteca, para reconstruir e imaginar vidas anónimas y famosas, como la del coreógrafo ruso George Balanchine (otro megalómano, que emigró a los Estados Unidos y revolucionó el ballet moderno) o las de sus bisabuelos (que emigraron a la Argentina desde Armenia).
Sin subrayados ni estridencias, mediante una prosa suave y amable, a medida que avanza el relato, la densidad conceptual y afectiva del pasaporte, ese objeto cotidiano y excepcional a la vez, se impone. Un pasaporte, a fin de cuentas, es un objeto de colección de grado doble, no solo porque es coleccionable, sino también porque es en sí mismo una colección de sellos, firmas y visados. Tal vez uno de los hallazgos más notables del libro, que son varios, sea justamente el de revelarnos qué puede un pasaporte o, mejor dicho, qué puede un narrador sensible con un pasaporte: “A diferencia de otros documentos como licencias de conducir, tarjetas de vacunación o pólizas de seguro, los pasaportes tienen un elemento narrativo que parece explicar su formato de libro. Siempre cuentan una historia, aunque sea incompleta y antojadiza”. Vidas en tránsito nos muestra que, a pesar de sus estrictas imposiciones, el pasaporte puede ser no solo un dispositivo de control (por ejemplo, mediante la incorporación de tecnologías fotográficas que el narrador rastrea en los archivos de la Polaroid), sino también un artefacto narrativo y hasta performático. Mertehikian, lector compulsivo, lee hasta las corbatas tejanas de Balanchine en las sucesivas fotos de sus pasaportes y nos invita a interpretarlas como la paradójica performance identitaria del viajero que debe parecerse a sí mismo para sortear los controles burocráticos, pero también busca ser otro a través del viaje.
Entre todas esas historias de viajeros, emigrados y refugiados que tienen mundo o deseo de mundo, Vidas en tránsito también reserva un lugar para la pulsión antagónica: el deseo de hogar, ya sea mirando cualquier sitio como un posible hogar (Thoreau dixit), asumiendo –según el dictum de T.S. Eliot– que el hogar es donde empezamos o leyendo entrelíneas (o entresellos) el pasaporte de Wilhelmina Dunning, una científica que recorrió el mundo y quiere y no quiere volver a casa. En ese tironeo constante entre una fuerza centrífuga que las impulsa a viajar y una fuerza centrípeta que las trae de vuelta a casa, se despliegan estas vidas en tránsito. Como la del narrador, según se constata en otra de sus manías: la anglomanía, cuando se entrevista con una fonoaudióloga que ofrece un extravagante servicio de reducción de acento extranjero, del que finalmente desiste.
Por supuesto, no se trata de la manía en tanto condición clínica sino como forma de ver y ensanchar el mundo. Una especie de Cinemascope que amplía el campo de visión y, a través de un estado de hipersensibilidad creativa, se presenta como la forma ideal de captar un mundo en acelerada transformación. No es casual que el libro recurra en varios pasajes a la fantasía maníaca de ver el mundo como si fuera una película a través de los ventanales de la biblioteca. Tampoco es casual que el cine ocupe un lugar fundamental en el tercer y último capítulo: “La película más famosa de todos los tiempos es, después de todo, sobre un pasaporte”, dice Mertehikian a propósito de Casablanca y, aunque la frase pueda sonar algo exagerada, tiene razón. Incluso, se anima a precisar, los pasaportes que Humphrey Bogart e Ingrid Bergman anhelan ansiosamente se ajustan a la clásica definición hitchcockiana del “MacGuffin”: un recurso narrativo que impulsa la trama y moviliza a los personajes, pero en sí mismo es intercambiable y, en última instancia, una excusa para sostener el suspense.
Me pregunto cuál será el MacGuffin de este libro que da La vuelta al mundo en 160 páginas, si es que lo hay. Y si lo hay, ¿qué sostiene? Tal vez, Vidas en tránsito sea un libro manimaníaco y su MacGuffin, como en Casablanca, el pasaporte.
7 de enero, 2026

Vidas en tránsito. Historia íntima del pasaporte.
Lucas Mertehikian
Mardulce, 2025
168 págs.