A menudo analizar la literatura es una forma de cartografiar el propio pensamiento. Uno va elaborando un criterio propio en la medida en que piensa la producción ajena: la crítica se acerca a autores que le son afines, desecha aquellos que no le convencen, y de paso define su búsqueda estética. “Para mí un libro es como una persona en el sentido de que si no me gusta, no la trato”, escribe Hebe Uhart en uno de los textos recopilados en la nueva antología Una pequeña parte del universo. El libro –compilado por Pía Bouzas y Eduardo Muslip– reúne ensayos sobre algunos autores preferidos, y otros sobre la filosofía y sus preceptos a la hora de escribir. Sin embargo, su lectura produce una sensación de intimidad con la autora: por su estilo, que evoca la inmediatez del habla, y por la oportunidad de conocer sus gustos y las citas y anécdotas a las que vuelve una y otra vez.
Los textos son íntimos aún de otro modo: muchas veces Uhart se vale de la autobiografía para ilustrar lo que quiere decir. Esto va configurando un universo: la tía loca que sentía la pérdida de su mamá y la de la cacerola como de igual peso; la infancia de Uhart en Moreno, el suburbio de Buenos Aires donde creció; sus impresiones de los alumnos en sus talleres literarios. A menudo encara la vida con cierta ambivalencia: publica libros pero le mistifica la industria editorial; estudia Filosofía pero confiesa, “alrededor de los diecinueve años yo no me interesaba por la filosofía”. Estamos frente a una inteligencia inquieta, la que motivaba muchos de los viajes que describe en sus crónicas. Comparte con los filósofos la labor de “desmontar los lugares comunes que subyacen en el pensamiento de los anteriores”; en el campo de la escritura esto se traduce en la búsqueda de “la palabra exacta para contar un hecho, sentimiento o lo que fuere”. En ambos casos se trata de la fidelidad a las propias percepciones: al darle forma al pensamiento, las palabras nos permiten conocerlo con mayor exactitud.
Por otro lado, el énfasis de Uhart en la filosofía –ocupa la tercera parte de Una pequeña parte del universo– es curioso porque la argumentación es el punto flaco de estos textos: tal vez de toda su obra como autora. Muchos terminan de forma abrupta, como si dijera, encogiéndose de hombros, «Hasta acá llegamos». En parte eso se explica por la naturaleza de algunos escritos: fueron repartidos entre sus alumnos o rescatados de su disco duro. Son vestidos de entrecasa, no para salir a la calle. Sin embargo, otros fueron ponencias o publicados en antologías y terminan de igual forma. Parte del encanto de sus crónicas es justamente la falta de una tesis: Uhart va a algún pueblo, comenta lo que encuentra allí, y cierra con su vuelta a casa. El cierre rotundo no va con su forma de abordar la escritura. Su procedimiento con los autores y filósofos que comenta es parecido: avanza por el texto en discusión, citando constantemente, como si nos compartiera los subrayados en su ejemplar o lo leyéramos juntos. No se trata de sacar conclusiones sino de leer con precisión.
Uhart no se lleva bien con la abstracción. En el ensayo “Simone Weil y los escritores” se refiere a su encuentro –narrado en el libro Viajera crónica –con una docente boliviana y su hijo, rumbo a La Paz. Escribe:“ Leí montones de libros sobre América Latina, su desarrollo económico y las causas que lo impiden. De casi todo me he olvidado. De la maestra boliviana y de su hijito, nunca”. La experiencia directa en toda su especificidad le interpela mucho más que la pretensión de hacerla encajar en un sistema. De la filosofía de Weil Uhart rescata sobre todo una forma de prestar atención: “El bien”, escribe, “es aquello que da más realidad a los seres y las cosas”. Para ella atender al mundo es una postura ética: es reconocerse como parte “de un todo, y no como un todo”. La abstracción vendría a ser su opuesto, una forma de l“a imaginación colmadora de vacíos”. Inventamos sistemas porque no somos capaces de habitar plenamente la realidad. Uhart comparte el recelo de Felisberto Hernández frente a ese modo de pensar: “Los temas responden a conceptos, y los conceptos son inventados y lugares comunes: él se resistió a la generalidad del concepto para ser fiel a sus percepciones y sensaciones”.
Como Hernández –uno de sus modelos– Uhart valora la especificidad en el campo de la literatura también. Los lectores de sus crónicas ya conocerán su forma de deleitarse con el habla: Uhart viaja en gran medida para escuchar cómo se expresan, en cada lugar, los afiches, los refranes, los titulares en los diarios. Los autores que reivindica en Una pequeña parte del universo suelen compartir ese “oído absoluto para registrar el habla callejera”. Las cualidades que Uhart elogia en otros son a menudo las que caracterizan su propia obra. Como Hernández, se fija en detalles aparentemente intrascendentes porque entiende que “todo está en todo y las cosas inanimadas también se vinculan entre sí según sus lugares, posiciones, circunstancias de luz u oscuridad”. Elogia al uruguayo Juan José Morosoli por su forma de representar a la gente del interior de su país: “los personajes de Morosoli tienen toda la concreción de sus conflictos, de su historia y de sus dramas reales”. Puede estar describiendo sus propias crónicas sobre los pueblos rioplatenses. Como Enrique Wernicke, ella “ama y comprende lo criollo”. Le fascinan los modos de hablar de los pueblos en gran medida porque son reveladores de sus formas de ser. Con los textos sobre estos autores y los otros reunidos en Una pequeña parte del universo Uhart nos construye un mapa de sus convicciones sobre la literatura. Leyendo nos da las claves para entender su manera de escribir. Se trata sobre todo de prestar atención.
2 de abril, 2024
Una pequeña parte del universo
Hebe Uhart
Compilado por Pía Bouzas y Eduardo Muslip
Adriana Hidalgo
304 págs.
Crédito de fotografía: Martín Rosenzveig.