• Cartografías
  • Sobrescritos
  • Pretextos
  • Secciones
  • Volver a inicio

Yo era un cuadro

Horacio Zabaljáuregui


Horacio Maez


Yo era un cuadro, de Horacio Zabaljáuregui, es ante todo un tramado que se sumerge en la historia personal y política de la Argentina. Una postal de época –el título lo anuncia–, evocada desde el presente. Un desandar, un conjunto de recuerdos, una sucesión de preguntas, un profundo e incierto recorrido guiado por la memoria. Se trata del sexto libro de poesía de Zabaljáuregui, quien viene publicando sin prisa desde 1980, año en el que apareció Fragmentos Órficos.

Yo era un cuadro está constituido por un poema inicial y tres partes. Salvo en la segunda, en la que elige breves prosas para darnos una postal del viejo Hospital de Clínicas, demolido en 1975, donde se sucedían la efervescencia política y la vida de barrio; salvo en esa parte, la fluidez de los versos combinada con descripciones precisas otorga equilibrio a la arquitectura de los poemas. Una arquitectura que tiende a lo circular, dado que el primer y el último poema son, a la vez, afluente y brazo del río.

Y esa fluidez de los versos, que se presentan con extensiones cambiantes, está constituida por una cadencia que se apoya en la repetición de ciertos sonidos: “Son los años de la insolación: / ¿se escuchan los rápidos, el trueno en la garganta? / ¿se escucha la caída libre, en estilo libre, en verso libre? / ¿hay una figura para el vértigo?”, dice en “Figuraté”. Y más adelante, en el mismo poema: “A la hora de la hora / el intenso instante, / la brasa que enciende la pradera”. De esta manera, le otorga a los versos un discurrir ligero que expresa la liquidez y la imposibilidad de retener el tiempo que se escapa y vuelve como memoria en todo el libro: “Perón ha muerto. / El recuerdo de un recuerdo. / El eco del viento / en ese invierno” (del poema “Allá en la torre, sobre la confitería Berna”).

Otra característica del poemario son las descripciones precisas que, guiadas por un principio de economía, cuidan de no disolverse en el detalle: “Perlongher con anteojos a lo Lennon, pelo por los hombros, disputa un lugar en la lista de oradores de la asamblea”. (“Detritus de la crecida”) o “Calle Florida filman la Mary / Monzón y la Giménez. / Yo en un bar leo las clases de Ludmer / y los veo pasar” (“Qué hubo”). Así logra que los poemas vayan de lo narrativo sin excesos a la fluidez sin ripios.

Todo esto desde lo formal, ¿y en cuanto al sentido? Zabaljáuregui no se detiene en aclaraciones cuando cifra una época. Así la Mary, Monzón, la Giménez conviven con Ludmer, Shklovski, Pappo, Trotski o Kovacci. Da cuenta de los años y un ambiente con apenas unos nombres. De gente, personajes o lugares que refuerzan el principio de mínima narración dejando que el lector haga su parte.

En este libro vive el extrañamiento, su primer poema lo dice claramente: “en el principio está el extrañamiento”. Muchas veces esto se manifiesta en forma de preguntas (“¿Dónde yace la memoria?”), pero en ocasiones son delicados destellos que forman o son parte de un verso (“el vórtice será el vértigo”). Un extrañamiento que late en el yo y que podemos especular produce el movimiento vital de este conjunto de poemas. No como búsqueda de respuestas, sino como una vitalidad que puja por sí misma. Algo que los años de insolación, como llama el autor a ese período, dejaron vivo en forma de amalgama.

Amalgama de tensiones que conviven generando en los poemas una fricción controlada. El tiempo, las posibilidades, el deber ser, la reflexión, la memoria se entrelazan construyendo no sólo un ambiente de época, sino y sobre todo un círculo que emana y atrae. Una fuerza centrípeta y centrífuga que todo lo procesa para volver a uno de sus estados, la posibilidad. “Otra vía, el camino que no tomaste / la música que nunca hiciste; / La otra sed”. La otra sed, aquello que no fue vuelve no como reproche o insatisfacción, sino como derrotero de una conciencia que se detiene junto al río. Ahí nacen estos poemas, a orillas del río Uruguay, a orillas de la memoria, y también ahí confluyen: “Es un caracol el Uruguay”; y en su desplegarse recorren todas las aristas de lo posible para concluir: “Años a la sombra. / Recuerdos. / Talados, / al fin de cuentas. / Tanto me asombra la vejez”.

17 de enero, 2023

Yo era un cuadro. Bajo la luna.jpg Yo era un cuadro
Horacio Zabaljáuregui
Bajo la luna, 2023
64 págs.


Compartílo:


Para que sigamos siendo una revista semanal, gratuita y de calidad

Apoyanos

Donar

Trabajos relacionados:

La mano infinita

Juan L. Ortiz
PoesíaCarlos Surghi

El poema jamás dice lo que dice. Si lo dijera se traicionaría a sí mismo. En todo caso, en lo dicho deja testimonio de su vacilación. De la primer...

Leer

Una casa sola

Selva Almada
NovelaJohn Bell

El dicho «Si estas paredes hablaran» puede expresar una curiosidad ingenua sobre la historia de un lugar o ser una especie de indirecta sobre las vi...

Leer

La mamacoca

Libertad Demitrópulos
NovelaNicolás Ricci

Alguna vez esto va a ser una obviedad: Libertad Demitrópulos (1922-1998) fue una de las mejores narradoras argentinas del siglo pasado....

Leer

Oscura llamarada de otra luz

Marcelo Díaz
PoesíaLeandro Llull

El principal interrogante que nos deja “Oscura llamarada de otra luz” podría enunciarse así: ¿cuánto tiempo es el que vivimos en lo imaginario...

Leer

Suscribite para recibir novedades


2018. El diletante, Reseñas, ensayos literarios y entrevistas

  • ¡Seguinos!

Para que sigamos siendo una revista semanal, gratuita y de calidad

Apoyanos


$1000 $2000
$3000 $5000